Marcelo Toledo, después del alta: "Es un virus sin corona: puede atacar a cualquiera"

María Paula Zacharías

"Nunca había estado internado en mi vida. Me encontré de golpe adentro de una ambulancia, lleno de máscaras, completamente aislado", cuenta Marcelo Toledo, el artista argentino que viajó, volvió, se enfermó, lo internaron y ya fue dado de alta. Esta es la crónica de su experiencia con el Coronavirus. No requirió respirador, sus síntomas fueron leves, pero todavía hoy cuando habla se oye una sinfonía de toses.

El 27 de febrero Toledo viajó a Nueva York. Otro viaje más de los muchos que hace por año desde que su carrera tomó vuelo internacional. Tiene un departamento en la Gran Manzana, un marchad, Vincent Rigau, que lo espera con una fiesta organizada para presentarle coleccionistas y una invitación para la feria de arte The Armony Show. Aprovechó para alquilar un taller en Jersey City y avanzó en las gestiones para llevar la muestra que se vio en el Museo Judío local a los de Nueva York y de Berlín. Fueron diez días de intenso trabajo y vida social.

Antes de partir a Estados Unidos, había estado en contacto con turistas extranjeros en su galería de San Telmo, sobre la calle Balcarce al 1300. Con cita previa, recibe allí contingentes en visitas guiadas con cata de vinos en copas de oro y plata, muestra la cocina de su obra (cincela, forja y suelda en vivo), y comparte las reproducciones de las joyas de Evita que estuvieron en la tapa del New York Times. "El 80% de mi clientela es americana. Antes de partir recibí un grupo de treinta personas del National Geographic", cuenta.

"Viajo cinco veces al año. Vivo arriba de un avión". Esta vez, antes de salir, chequeó en sus grupos de Whatsapp de coleccionistas y galeristas locales, y no había alarmas, pero ya en Nueva York empezó a tomar recaudos al mismo tiempo que se conocía el primer caso argentino y en la Gran Manzana recién se habían detectado ocho casos. "Visité la feria varias veces, me junté con amigos, salimos a bares y a comer, fui a todos los museos", recuerda. Los últimos días ya se empezó a notar algo fuera de lo común: "Fuimos a un restaurante donde jamás hay lugar y estaba casi vacío".

Cuando el lunes 9 aterrizó en Ezeiza ya eran doce los infectados en el país y se contabilizaba un fallecido. Él se sentía bien, apenas cansado, pero no era el mismo de siempre. El miércoles fue al médico. "Pedí que me hicieran los hisopados, pero no podían porque no tenía fiebre. Me dijeron que no me preocupara, que eran síntomas de gripe o de cambio de clima o el jet lag. Pero volví y me encerré. Y llamé a mi mamá, le dije que cerrara la galería y que se fuera a su casa en Escobar, que no viera a nadie más. Tengo cinco hermanos, así que le iban a poder alcanzar comida. Y le pedí también que se alejara de papá", cuenta.

Toledo pasó por la farmacia a comprar un termómetro. Nunca superaba los 37.5 grados. El malestar seguía como un decaimiento. "Me molestaba el roce de las sábanas", dice. Corrió sillones y se atrincheró en el living para tomar distancia de su pareja. Llamó al 107 y fue una más de las 11.000 consultas computadas hasta ese entonces. Cuando la fiebre llegó a 38, por fin consiguió hablar con el SAME: le indicaron un baño de agua tibia y ver si le bajaba. Todavía no había tenido fuerzas para deshacer las valijas. La noche siguiente, hizo una consulta por videollamada con el médico de su obra social. "Hacía diez días que había vuelto de viaje y llevaba tres días con fiebre alrededor de 38. La médica decidió activar el protocolo por coronavirus. Volví a llamar al 107 y enseguida una ambulancia estuvo en camino". Cuando tocaron timbre, avisó que iba a abrirles. "No tenés que bajar, tenés que venir con nosotros", le respondieron. No lo esperaba. Manoteó el bolso de mano, el cargador del celular y encontró en la puerta un operativo que le pareció de ciencia ficción: mamelucos de astronautas, barbijos, guantes, lentes... "Parecía Star Wars", sigue todavía sorprendido. Le pusieron un barbijo y guantes de látex: "Me temblaban las manos". Enseguida quedó aislado, sin visitas, "Me hicieron los hisopados, me sacaron sangre, me sacaron una placa y me tomaron la presión. Me dieron mucha calma, pero entendí que me iba a quedar ahí, en la Clínica del Sol". El primer hisopado era para descartar Influenza. Y si daba negativo, se mandaba el segundo al Malbrán.

Dos días y medio después, dio negativo, pero encontraron que sus plaquetas estaban bajando. "Me preguntaron si no había pasado por algún país tropical, porque empezaron a sospechar que podía ser dengue. Les preocupaba además que en mis pulmones se veía una mancha, como un esmerilado. Pensé cualquier cosa. En ese momento, mi realidad cambió por completo. Esto era distinto", dice. Le hicieron una tomografía con un gran operativo de seguridad y al rato una médica lo volvió a llamar: "Vamos a empezar a darte antibióticos porque algo tenés. No sabemos qué".

Los días se hacían largos. "No podía prender la televisión. No quería escuchar las noticias. Fue un momento de introspección y de angustia". Llevaba ya tres jornadas de antibióticos y empezó a sentirse bien. El domingo al mediodía, la médica fue a verlo y le dijo que su test por Coronavirus era positivo. "En lo único que pensé fue en mis padres. Mi mamá estaba con síntomas pero me mentía, los negaba. Lo primero que hice fue llamarla". Le explicó que él ya estaba bien y que ella también iba a estarlo: "Esto es un virus que puede atacar a la gente grande con más fuerza, pero no necesariamente. Tenés tos, dolor de cabeza y malestar; esos van a ser tus síntomas. Tenés que llamar al 148 (el teléfono de la provincia de Buenos Aires) y contarles lo que pasa".

Un encuentro del orfebre Marcelo Toledo con chicos del Hospital Garraham para que conozcan su arte y trabajen con los materiales de su taller, en una imagen de archivo

Toledo no podía parar de pensar en ese día, cuando recién llegado de viaje, pasó por el taller y tomó mate, solo, como siempre. En un momento se dio vuelta y encontró que su mamá se había cebado uno y lo estaba tomando. "Ella está bien, no tuvo más síntomas. Hace unos días mi papá empezó con un poco de tos y llegó a 37.1 de fiebre. Los dos tienen más de 70 años". Ese día, vio más gente. Enumera, haciendo memoria: "Fui al banco. Hice una demostración que tenía agendada hace meses. Vino el carpintero y le di la mano, le pagué. Un cartero trajo una carta y le firmé la planilla. Fui a entrenar". Tuvo que pasar al Ministerio de Salud la lista de toda esa gente y hablaron con cada uno de ellos. Todos están aislados y alertados sobre qué hacer en caso de fiebre.

"Esto es un virus, pero es también una psicosis colectiva. Toda la gente a la que llamé empezó a sentir dolores automáticamente y a recapitular si había visto o no a sus padres. Está bien estar en alerta. Cuando te ponés a pensar en esta rueda, lo único que importa es que hay que quedarse en casa. No hay otra manera. Yo bajé del avión y toqué un carrito que después usó otra persona. El virus vive tres días en el acero: ¿la gente que tocó el pasamanos que yo toqué en el subte de Nueva York?". La ciudad siguió funcionando y hoy hay más de 30.000 personas contagiadas.

Toledo ya está en su casa. Ni bien entró a su departamento en Palermo salió a su terraza llena de plantas y regó. Le dio de comer a los peces de su estanque. Se mojó los pies. "Necesitaba recuperar esas sensaciones. En la cama del hospital pensaba que la vida se puede escapar en un instante". Ya está trabajando en su próxima muestra. "El tema no puede ser otro que este virus sin corona: puede ataca a cualquiera".