Mantel, clases y pastelería: los portugueses vuelven a disfrutar la calle

Agencia EFE

Lisboa, 18 may (EFE).- Los portugueses empiezan hoy a disfrutar la vida en la calle con la segunda fase de su desescalada, que permite la apertura de restaurantes, cafeterías y sus clásicas pastelerías, e incluso el regreso a clase para los alumnos de bachillerato, aunque con estrictas medidas de seguridad.

La jornada es vista como la primera de la "nueva normalidad", aunque la desescalada lusa comenzó oficialmente el pasado día 4, con la vuelta al trabajo de peluquerías, concesionarios, librerías y tiendas de hasta 200 metros cuadrados con salida a la calle.

Aquel comienzo, sin embargo, no convenció a muchos portugueses a regresar a las calles. Tal fue la prudencia mostrada por los ciudadanos que el primer ministro, el socialista António Costa, tuvo que garantizar públicamente que había seguridad para retomar cierta normalidad.

Aún así, algunas de las escenas cotidianas de Portugal no se han registrado hasta hoy, cuando el país suma 1.231 muertos y 29.209 contagiados, y vuelven a clase los alumnos de bachillerato, los primeros en reencontrarse con su -modificada- rutina, junto con las guarderías, también abiertas hoy.

Pertrechados con mascarillas, una treintena de adolescentes ha descubierto en qué consiste la nueva normalidad en el Instituto Español Giner de los Ríos, a las afueras de Lisboa, donde a partir de ahora seguirán un camino marcado con flechas por los pasillos, -dos carriles según se vaya o se vuelva-, hasta su aula.

Allí les esperaban pupitres con casi dos metros de separación, cada mesa con su sitio marcado en el suelo. A la entrada, bien visible, el frasco de gel desinfectante, una de las medidas ineludibles en este fase de convivencia con el coronavirus.

Junto a algunas aulas, abrían también hoy cafeterías y pastelerías, un imprescindible para los portugueses, que encuentra su mayor exponente en Pastéis de Belem, toda una institución y fábrica de los dulces más famosos de Lisboa.

Con una expectación vista en los últimos años, apenas para hacerse con un nuevo modelo de iPhone, esperaba dos horas antes de la apertura a las puertas de la pastelería José Pinto, llamado a ser el primer cliente de la nueva normalidad por un motivo de fuerza mayor.

"Estoy aquí para comprar dos docenas de pasteles de nata para el cumpleaños de un amigo", explicó a Efe Pinto, que aseguró haber atravesado la ciudad solo para este recado.

Otra clienta, más ambiciosa, se llevó diez bolsas cargadas de pasteles, y pronto la cola para acceder al local alcanzaba su longitud habitual de la época pre-pandemia, entre las sonrisas de los empleados.

También empezaron a retomar el ritmo los museos, otros de los recintos que hoy podían volver a recibir visitantes. En el caso del Museo Nacional de Arqueología de Lisboa, la expectación era grande y no se escatimaron frascos de gel desinfectante sobre las máquinas de entradas electrónicas y a la entrada de algunas salas.

"Venimos porque es gratis y hay poca gente", explicó a Efe María Manuel, que acudía acompañada de su marido, que confesaba: "No he venido en cuarenta años".

El matrimonio confiaba en ir después a almorzar a alguno de los restaurantes de la zona, cuyos trabajadores, desde bien temprano, afanaban mesas y daban los últimos retoques, ojeando con ansia desde la puerta a los escasos viandantes.

La posibilidad de que los portugueses mostrasen con estos locales el mismo recelo exhibido ante las tiendas que abrieron el 4 de mayo ha llevado hoy a Costa a dar ejemplo yendo a almorzar junto con el presidente del Parlamento, Eduardo Ferro Rodrigues, a un emblemático restaurante del centro de Lisboa.

"Debemos ir extendiendo serenamente la vida, tenemos que recuperar nuestra vida diaria, si queremos recuperarnos evitando una crisis", expuso ante varios periodistas, ante los que subrayó que la pandemia causó "un efecto brutal" en la economía lusa.

Pero mientras las autoridades apelan al consumo de los portugueses como salvavidas, hay restaurantes que, muy dependientes de los turistas, cuelgan hoy el cartel de abierto con enormes recelos, casi resignación.

Como la Esquina de Alfama, una casa de fados regentada por el cantante Lino Ramos, que tras 16 años trabajando durante las cenas y con espectáculo nocturno ahora ha decidido servir también almuerzos para poder sobrevivir.

"Vamos a intentar sobrevivir como los portugueses lo intentan, vamos a intentar hacer otras iniciativas al nivel del fado con los portugueses, hacer algunos programas de fado los fines de semana, intentar hacer el domingo por la tarde o el sábado por la tarde una tarde de fados, e intentar sobrevivir así", prometió.

Cynthia de Benito

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