'Mamá se ve muy diferente': Las residencias para ancianos reabren y provocan alegrías y dolor

Sarah Mervosh
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Después de que le diagnosticaron cáncer de páncreas a su madre, Teresa Palmer, a la izquierda, llevó a su madre, Berenice De Luca Palmer, a su casa para recibir cuidados paliativos. (Jim Wilson/The New York Times)
Después de que le diagnosticaron cáncer de páncreas a su madre, Teresa Palmer, a la izquierda, llevó a su madre, Berenice De Luca Palmer, a su casa para recibir cuidados paliativos. (Jim Wilson/The New York Times)

Todos los días, durante un año, Kathy James se asomó por la ventana del centro de asistencia de su madre en las afueras de Chicago y soñó con el día en que volverían a estar juntas.

Ese momento por fin llegó en marzo, cuando James preparó una bolsa llena de fotografías familiares, un ejemplar dominical de The Chicago Tribune y un recipiente con sopa de papa, y se reunió con su madre, Renee Koerber, de 90 años, en la residencia.

Le dije: “¡Mamá, estamos en la misma habitación!”, narró James, de 63 años, con el corazón rebosante de alivio.

Lo habían logrado.

No obstante, sentadas a varios metros de distancia en un área común, donde no se les permitía abrazarse, James también se sorprendió de lo frágil que se veía su madre. Parecía cansada después de solo 15 minutos.

“Pensé que estaría muy feliz”, afirmó James. “Y me duele mucho haber perdido un año que nunca recuperaré”.

Muchas residencias para ancianos en Estados Unidos han empezado a recibir visitas de nuevo tras un año de cierres insoportables. El gobierno de Biden publicó en marzo unos lineamientos de gran alcance que permiten visitas en espacios interiores en la mayoría de los casos. Se trata de un cambio profundo que se produce en el momento en el que se intensifican las vacunaciones, que llegan a casi 100 millones de estadounidenses, incluida la mayoría de las personas en asilos para ancianos.

Sherry Sowers se toma una selfi con su madre, Helen Sowers, sentada, durante una visita en una residencia para ancianos en Worthington, Pensilvania, el 23 de marzo de 2021. (Kristian Thacker/The New York Times)
Sherry Sowers se toma una selfi con su madre, Helen Sowers, sentada, durante una visita en una residencia para ancianos en Worthington, Pensilvania, el 23 de marzo de 2021. (Kristian Thacker/The New York Times)

Aunque el director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos ha advertido esta semana sobre la posibilidad de un cuarto aumento en casos de coronavirus, las residencias para ancianos se mantienen estables hasta el momento e informan de un número drásticamente menor de casos y de fallecimientos desde el inicio de la vacunación. La mejora del panorama significa que, en todo el país, las personas vuelven a saludar a sus seres queridos en los asilos para ancianos con ramos de flores, postres caseros, barras de limón, y noticias de sus hijos y nietos.

No obstante, la apertura de las puertas también ha dejado al descubierto las nuevas consecuencias de una pandemia que ha cobrado la vida de más de 179.000 residentes y trabajadores de centros de cuidados de larga duración y ha dejado a muchos otros debilitándose en el aislamiento.

“Un año perdido es bastante”, comentó Pauline Boss , terapeuta familiar y profesora emérita de la Universidad de Minnesota.

Los asilos para ancianos ofrecen ahora un primer vistazo de lo que todos pueden afrontar al intentar volver a la normalidad después de un año de separación e inmovilidad. Algunos reencuentros pueden tener un dejo de dolor, otros de recuerdos de todo lo que ha cambiado.

Boss señaló que la experiencia de las familias que vuelven a reunirse un año después de la pandemia le recordaba la investigación que había realizado sobre los esposos que vuelven a casa con sus esposas después de la guerra, o los pacientes de cáncer que de repente se enteran de que están en remisión.

“Las cosas no vuelven a la normalidad del todo”, dijo.

Las residencias para ancianos han sido focos de la pandemia desde el principio, cuando se identificó por primera vez un brote en un centro en las afueras de Seattle. En todo el país, una tercera parte de los fallecimientos por coronavirus han estado relacionados con asilos para ancianos.

Puesto que Teresa Palmer, de 68 años, es geriatra en San Francisco, tuvo la facilidad de abogar por su madre de 103 años, Berenice De Luca Palmer, después de que las autoridades federales recomendaron en marzo de 2020 que las residencias para ancianos suspendieran las visitas. Palmer concedió entrevistas a los noticieros locales, verificó el estado de su madre a menudo a través de Zoom e incluso la acompañó a consultas médicas ocasionales.

Sin embargo, cuando Palmer entró por fin a la habitación de su madre hace poco, se sorprendió al ver que esta, quien se había encogido hasta pesar 45 kilos, pasaba todo el tiempo en cama.

Palmer trató de levantarle el ánimo a su madre, la ayudó a escribirle una carta a un primo un día y le llevó pizza para comer al día siguiente, pero al tercer día fue evidente que el problema era mucho más grave.

Palmer llevó a su madre al hospital, donde le dijeron que tenía cáncer de páncreas en estado avanzado.

“Estoy triste y molesta”, dijo Palmer, quien ha estado reflexionando sobre todo lo que su madre se perdió en el último año: viajes a la playa; girasoles en flor; comidas familiares con pasta, vino y la anciana Palmer, la matriarca de su familia italiana, presidiendo la mesa.

“Se ha perdido tiempo de calidad”, dijo Palmer, quien a partir de entonces se llevó a su madre a casa para recibir cuidados paliativos.

Para otras personas, las emociones han fluctuado entre la euforia y la preocupación.

“Mi madre se ve muy diferente”, dijo Shirley Kwong acerca de su suegra de 85 años, quien vive en un asilo para ancianos en la zona de la bahía y ha presentado un aumento en la confusión mental después de un año de separación. “Está peor que antes”.

Adriane Bower, de 59 años, pensó que su madre, Angeline Rujevcan, de 89 años, se veía mayor, quizá un poco más débil. Aun así, Bower dijo que “no cabía de contenta” de poder sentarse con ella en su residencia para ancianos en Crestwood, Illinois. Aunque no se les permitió abrazarse, ella sabía que era una de las afortunadas.

“Mi madre sobrevivió”, afirmó entre lágrimas.

Las nuevas recomendaciones federales permiten las visitas en espacios interiores en la mayoría de los casos, independientemente de que las personas se hayan vacunado.

No obstante, al igual que muchas políticas durante la pandemia, los lineamientos federales se han aplicado de manera aleatoria en todo el país. A algunas personas se les ha permitido abrazarse, tomarse de la mano y visitar a sus seres queridos en la habitación. A otros se les solicita que concierten citas de 30 minutos en áreas públicas.

Casi ningún centro ha vuelto a la normalidad por completo, y con el aumento de casos de coronavirus, algunos temen que incluso el acceso limitado pueda interrumpirse de nuevo. Según los lineamientos federales, un caso nuevo puede provocar la suspensión de las visitas en una residencia para ancianos de manera temporal, aunque estas pueden reanudarse si el brote no es generalizado.

En la ciudad de Nueva York, Henry Grullón, de 50 años, había estado esperando ávidamente para ver a su abuela, que vive en un centro de gran tamaño en el Bronx. Hasta la semana pasada, los lineamientos del estado de Nueva York exigían que las instalaciones estuvieran libres de coronavirus durante 14 días antes de permitir las visitas.

Así que fue una grata sorpresa cuando su abuela, Catalina Pérez, de 98 años, fue llevada en silla de ruedas al vestíbulo el viernes. La madre de Grullón, quien tiene 81 años y había estado desanimada por su separación, se acercó a ella llorando.

“Necesito abrazarla”, dijo su madre, Ana Grullón, que dejó de lado las normas que instan a las familias a permanecer separadas y abrazó a su madre por primera vez en un año.

“No paraba de repetir: ‘Mamá, mamá, mamá’”, comentó Henry Grullón.

Por el momento, dejó de lado su preocupación respecto a la pérdida de peso de su abuela y la aparente depresión que sufría en medio de la pandemia.

“Dios mío, fue increíble”, dijo.

A los expertos les preocupa que algunos de los cambios físicos y cognitivos que se presentaron durante la pandemia puedan llegar a ser permanentes, ya que suele ser difícil para las personas mayores recuperar la fuerza después de bajar peso o quedar postradas en cama. El año perdido ha tenido consecuencias particulares para las personas con demencia, algunas de las cuales ya no reconocen a sus familiares.

“Ese es un tiempo que no se va a recuperar con esa persona”, señaló Lori Smetanka , directora ejecutiva de National Consumer Voice for Quality Long-Term Care, un grupo de defensa de los residentes y las familias. “No sabemos cómo revertirlo”.

Aunque las visitas han traído la paz a muchos habitantes de los asilos para ancianos que temían no volver a ver a su familia, otros siguen esperando algo más: la independencia.

Antes de la pandemia, Bruce Carmona, de 63 años, salía regularmente de su centro de cuidados de larga duración en el área de Chicago: iba a conciertos, se subía al tren para ir al centro de la ciudad o simplemente salía a tomar una cerveza.

“Le metí 2000 kilómetros a mi silla de ruedas”, dijo Carmona, quien quedó paralizado en un accidente en 2018 y había llegado a disfrutar del pequeño placer de recorrer la ciudad, escuchar música country en su estéreo y sentir el viento en el rostro.

A pesar de los nuevos lineamientos, muchos residentes siguen sin poder salir de sus instalaciones para hacer viajes prolongados. Por eso, aunque Carmona está vacunado, dice que sigue confinado en su habitación.

“Si pudiera salir, eso me daría libertad”, dijo. Tal como están las cosas, señaló, “estoy en prisión”.

This article originally appeared in The New York Times.

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