Maletas listas y desinfectante en mano: los estadounidenses viajan a pesar de que la preocupación por el coronavirus se ha incrementado

Marc Lacey
Un hombre usa una pantalla táctil para registrarse en un vuelo en el Aeropuerto Nacional Reagan en Arlington, 27 de febrero de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)

EN EL AIRE SOBRE ESTADOS UNIDOS — En una tarde reciente, vi una escena en una esquina apartada del Aeropuerto Internacional de Newark Liberty que podría llamarse el amor en los tiempos del coronavirus.

Dos pasajeros de JetBlue iban a una boda en Florida. Sus miradas proyectaban un amor profundo. Sus labios se tocaban y solo las máscaras quirúrgicas los separaban.

Tiffani Ablanedo, de 22 años, de Kearny, Nueva Jersey, y su novio, Colby Cunha, de 23 años, de Newark, no estaban practicando la distancia social entre sí. Pero, puesto que cada vez más casos de coronavirus se están reportando en todo el mundo, sí tenían muy presente la transmisión del virus debido al contacto con desconocidos.

“Si hay un lugar en donde me voy a contagiar, es el aeropuerto”, dijo Cunha, quien es entrenador de futbol para jóvenes, a través de una máscara. “Se está esparciendo por el mundo y el mundo pasa por aquí”.

Ablanedo, que da clases de arte y manualidades a niños, asintió y luego se levantó el cubrebocas para morderse las uñas, un comportamiento tabú en los tiempos que corren. “Estoy preocupada”, dijo, “pero no tan preocupada”.

Si la vida está siendo alterada por el brote del COVID-19, la enfermedad causada por el nuevo coronavirus, los viajes en avión son una actividad en la que podemos observar ese cambio. Los pasajeros con síntomas como de un resfriado han sido desalojados de aviones y trasladados directamente a los hospitales, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades han aconsejado a los viajeros de la tercera edad que eviten los vuelos largos, y tres oficiales de la Administración de Seguridad en el Transporte que trabajan en el Aeropuerto Internacional de Mineta San José en California dieron positivo en los análisis para el virus. No fue un pánico absoluto lo que observaron los periodistas de The New York Times en aeropuertos y aviones durante los últimos días, sino algo más sutil.

Hubo una sensación de angustia inefable de que el enemigo invisible podría estar acechando en la cercanía. O quizá volando por el aire, impulsado por un estornudo o una tos.

Por favor, póngase su gel antibacterial

Al momento de viajar en avión hay tantas cosas que son rutinarias. Guardar las maletas. Amarrarse el cinturón. Y ahora los sistemas de comunicación pública están dando una nueva orden: Por favor póngase su gel antibacterial.

Pero ni creas que vas a encontrarlo en las tiendas del aeropuerto. Incluso los dispensadores comunales de gel antibacterial que se encuentran en muchas estaciones de los aeropuertos tenían poco.

Dentro de un avión existía la preocupación palpable de que la señora del asiento 16B podría estar infectada. O el señor en el 24C. ¿Acaso ese estornudo que acaba de escucharse podría ser el que haga subir al avión a un grupo de funcionarios vistiendo equipo protector?

El sábado un vuelo de Alaska Airlines de Newark a Seattle estaba casi lleno, una señal de que los viajeros no tenían miedo de ir a un punto focal del virus en Estados Unidos. O tal vez solo fue el indicador de que los boletos de último minuto se estaban vendiendo a un precio de ganga: 329 dólares.

Abordo, muchos pasajeros usaban cubrebocas normales. Pero luego estaba la mujer de sudadera verde que tenía una vistosa mascada magenta y verde limón que se había puesto sobre su nariz y boca como si fuera un asaltador de banco.

A lo largo del vuelo, una joven mujer yacía recargada en la ventana y se movía intranquila con los ojos cerrados. Una vez que el avión aterrizó y la gente se estaba saliendo, empezó con una tos incontrolable, que intentó calmar con desesperación, volteando a ver a sus compañeros ansiosa y preocupada. Su parte de la cabina se sumió en un silencio total.

‘Les juro que no tengo coronavirus

En un vuelo que salía de Atlanta, un pasajero de Washington, D.C., que estaba de camino a una boda en Monterrey, México, estornudó fuertemente al abordar el avión. Jadeó y se disculpó pero con nadie en especial.

“Les juro que no tengo coronavirus”, dijo.

Un vuelo la semana pasada de Omaha, Nebraska, donde un hospital ha tratado más de una docena de casos de coronavirus, con destino a Chicago, donde un puñado de personas en el área han salido positivas en las pruebas del virus, resaltó solo por la normalidad que se percibía.

Conforme los pasajeros abordaban el jet regional de American Airlines que casi estaba lleno, un pasajero batalló con violencia para meter una maleta grande en el compartimiento superior. La azafata le pidió a todos los que necesitaran ir al baño que lo hicieran antes del despegue.

La única mención de los cubrebocas, que nadie llevaba puestos, fue durante el discurso de qué hacer si la cabina pierde presión atmosférica.

Y cuando un pasajero tosió en ese vuelo durante el descenso final del avión, nadie pareció darse cuenta.

En el aeropuerto de Sioux Falls, Dakota del Sur, una mujer en el baño se lavó las manos durante casi un minuto completo, frotando cuidadosamente entre los dedos hasta que desaparecieron bajo la espuma blanca.

Al otro lado del pasillo en la tienda de conveniencia, una mujer compró una de las escasas botellas de desinfectante para manos mientras la cajera tosía.

Cuando se estaba cerrando la puerta de un vuelo de American Airlines de Sioux Falls a Chicago, el hombre del asiento 4B terminaba una llamada de negocios y le pedía al colega con el que hablaba que estableciera un centro de mando para el COVID-19 y así mantener a los clientes informados sobre el virus y cualquier efecto posible en la entrega del producto. En algún lugar del cielo sobre Iowa o Minnesota, una mujer les ofreció a los pasajeros cercanos a ella los bocadillos que había comprado. Nadie le aceptó la minibarra de chocolate Clif o las galletas Milano.

Máscaras sobre bocas, narices… y mentones

Casi no se veían cubrebocas en el Aeropuerto Internacional de O’Hare en Chicago, uno de los aeropuertos con más tránsito en el mundo. Los pocos que las llevaban las tenían mal puestas.

Una mujer que estaba esperando para abordar un vuelo tenía una máscara N95, las que se recomiendan para los profesionales de la salud que entran en contacto con el virus, pero la tenía abajo de su boca, cubriéndole el mentón, mientras hablaba con otra persona.

En un vuelo de Los Ángeles a Denver, un equipo de fútbol femenino ocupó gran parte del pequeño avión, y casi todas las adolescentes llevaban máscaras faciales de tela negra. Una integrante del equipo repartió un paquete de toallitas húmedas para bebés y las jugadoras limpiaron los asientos antes de sentarse.

This article originally appeared in The New York Times.

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