Madera importada domina el mercado de México, pionero en el manejo forestal comunitario

Redacción Animal Político
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La industria forestal mexicana está dominada por la madera importada. De los poco más de 27 millones de metros cúbicos de madera en rollo que se consumen anualmente en el país, apenas 9 millones se producen localmente; así que cerca del 67 % proviene del exterior, de acuerdo con datos que reporta la Comisión Nacional Forestal (Conafor) en el informe Estado que guarda el sector forestal en México, 2019.

En términos económicos, de acuerdo con datos de la Conafor, México importa productos forestales maderables —incluyendo celulosa y papel— por un valor de 8214 millones de dólares y exporta apenas 2030 millones, lo que genera una balanza comercial deficitaria de 6184 millones de dólares.

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Everardo Martínez, presidente de la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de Productos Forestales en México (Imexfor), atribuye esta situación al estancamiento de la producción local: “la industria forestal no ha tenido crecimiento en los últimos 15 años y eso ha hecho que las necesidades del país hayan tenido que satisfacerse con la importación”.

El 76 % de la madera que se produce en el país proviene de bosques comunitarios; el resto es de predios privados y plantaciones. Y aunque México destaca a nivel nacional por ser pionero en el manejo forestal comunitario, este modelo de aprovechamiento sustentable de los bosques sigue muy acotado: de los poco más de 15 mil ejidos y comunidades que pueden considerarse forestales, solo 2943 operan algún tipo de aprovechamiento comercial de sus recursos; de ellas, poco menos de 1300 han logrado crear empresas forestales comunitarias y solo alrededor de 50 realizan procesos de transformación de segundo nivel de la madera, para producir desde triplay hasta muebles, de acuerdo con datos de la Conafor.

Además, aquellos ejidos y comunidades que han logrado llegar a la escala mayor de producción de madera enfrentan varias dificultades para ser competitivas: “Nos hace falta mejorar en nuestros procesos del aprovechamiento e industrialización de la madera, mejorar el proceso de trabajo en las comunidades para que la producción se incremente”, reconoce Israel Santiago García, director general de Empresas Forestales de Pueblos Mancomunados, en Oaxaca.

Esos retos productivos fueron cuantificados a nivel nacional por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) y la organización Reforestamos México, que en 2014 elaboraron el Índice de Competitividad Forestal Estatal, que arrojó resultados poco alentadores. Después de analizar 42 indicadores económicos, ambientales y sociopolíticos, el estudio concluyó que “no existen bosques competitivos” en México, y que incluso los tres estados mejor calificados (Coahuila, Chihuahua y Nuevo León), alcanzaron un puntaje máximo de 57 puntos sobre 100.

El reporte de IMCO y Reforestamos México advierte, sin embargo, que esa situación contrasta con la riqueza y superficie de los bosques mexicanos: por una parte, señala, México es uno de los 17 países megadiversos del mundo; por otra, “…mientras que nuestra superficie forestal es tres veces la de Finlandia, su producción es diez veces mayor a la nuestra”.

No son los únicos en llamar la atención sobre esa paradoja. En el documento sobre su Proyecto de fortalecimiento empresarial en paisajes productivos forestales, publicado en enero de 2018, el Banco Mundial calcula que México tiene la capacidad para aumentar su producción de madera “a más del doble” de su volumen actual, y asegura incluso que el país “…tiene el potencial para producir sosteniblemente 60 millones de metros cúbicos de madera en rollo”.

Es a partir de ese contexto que el Banco Mundial plantea que un crecimiento anual de la producción forestal entre 1 y 3 %, además de viable, permitiría, para 2025, cuadruplicar el número de personas que trabajaban el sector en 2015 (373 873), logrando un incremento de 23 143 empleos por año.

Los retos de la apertura comercial

El estancamiento de la capacidad productiva local no es, sin embargo, el único factor que explica la balanza comercial deficitaria del sector forestal mexicano.

De acuerdo con datos del Diagnóstico del Comercio Internacional Forestal, elaborado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y la Conafor, ese déficit también se explica por la apertura comercial que México inició en 1994, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que eliminó los aranceles de los productos forestales provenientes de Canadá y Estados Unidos. Este último es líder mundial en la producción industrial de madera en rollo.

Hoy, México es uno de los países con más acuerdos de libre comercio firmados en el mundo. Entre ellos destacan el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y la Alianza del Pacífico, México, Colombia, Perú y Chile, ya que generaron las condiciones para la importación de madera desde Sudamérica, donde Chile y Perú han emprendido ambiciosas políticas de promoción a las plantaciones forestales comerciales.

De acuerdo con datos de Global Forest Resources Assessment 2020, de la FAO, Chile cuenta hoy con 3 185 000 hectáreas de plantaciones forestales comerciales y Perú con 1 088 000 hectáreas (México tiene apenas 100 mil), en las que se cultivan árboles de rápido crecimiento que permiten producir madera a menor precio.

Los efectos de esa apertura han sido evidentes para las empresas forestales comunitarias mexicanas: “El precio que ellos manejan es mucho más bajo que el que nosotros manejamos. Sabemos que la calidad de nuestra madera es mucho mejor, pero el cliente prefiere comprar barato y comprar más”, asegura Roque Alejandro Estrada Carreón, secretario del comisariado ejidal de El Largo y Anexos, en el estado de Chihuahua, una de las empresas forestales comunitarias más consolidadas en el aprovechamiento de pino y encino del norte de México.

Al sur del país, en Oaxaca, el panorama no se percibe de manera distinta. Israel Santiago, de Pueblos Mancomunados, explica: “mucha de la madera que se importa viene de plantaciones forestales que están jugando un papel muy fuerte. Aquí en México, la mayor parte de la madera que se procesa proviene de bosques naturales. Entonces, el costo de aprovechamiento, el costo de producción de materia prima es muy alto”. Esto lo sustenta con datos comparativos: un metro cúbico de madera de importación se vende, en promedio, en 1300 pesos (58 dólares), cuando un metro cúbico de madera mexicana tiene un costo aproximado de 2603 pesos (116 dólares).

Héctor Anguiano, gerente de la comunidad forestal Nuevo San Juan Parangaricutiro, en el estado de Michoacán, recuerda que hace seis años, cuando la madera chilena comenzó a llegar a México les “pegó” por los precios bajos. Cuando su mercado se dio cuenta de que era madera “muy muy tierna, de plantaciones forestales; pero malita tanto para la construcción como para la elaboración de productos de acabado fino”, el boom de la madera chilena bajó y volvieron a buscarlos.

Desde Durango, Alfredo Corral, gerente de Grupo Sezaric, una de las empresas forestales comunitarias más exitosas del país, explica que la calidad de la madera mexicana, desarrollada con lentitud, sigue representando una fortaleza competitiva para los productores locales: “En dureza y manejo nada que ver con lo que viene de importación, porque son de plantaciones; es la bondad que nosotros tenemos y por eso hemos sobrevivido, porque hay sectores que saben de la calidad de nuestro producto, si no ya hubiéramos tenido que parar. Nuestra madera tiene muchos años de vida, la madera que viene de plantaciones es madera nueva que no tiene resistencia”.

Corral aprovecha esa diferencia para insistir en un reclamo que hacen los productores mexicanos de manera recurrente: “Las condiciones para extraer la madera en México son distintas a las plantaciones comerciales de otros países. Aquí se trata de bosques naturales, con topografía accidentada, que incrementa los costos en caminos, en extracción y en maniobras, ¿cómo es posible que no le pongan un arancel de entrada a la madera que viene de plantaciones que cortan árboles como si fuera maíz?”,

Anguiano, desde la comunidad forestal Nuevo San Juan Parangaricutiro, aclara que si bien en el caso de Chile “la comparación sirvió” para que los clientes reconocieran las diferencias de calidad, la entrada reciente de madera brasileña al mercado mexicano sí está impactando en el Norte, Sur y Occidente del país, porque se trata de una madera con características muy similares a la local.

Su percepción tiene sustento: Brasil cuenta con 485 396 000 hectáreas de bosques de regeneración natural, mientras que México tiene apenas 65 millones.

Es en parte debido a esas diferencias que la fijación de aranceles a las importaciones está lejos de contar con un respaldo unánime en México, donde las autoridades han avanzado de manera permanente en la simplificación de los trámites para la importación de madera. Everardo Martínez, presidente de Imexfor, señala que fijar aranceles sería “un error muy grave porque la producción nacional es muy limitada y no es limitada por las importaciones, es limitada de que no hay un trabajo a largo plazo para desarrollar la industria forestal en México”.

El Banco Mundial, sin embargo, ha planteado una ruta alterna, al proponer en su reporte Fiscal Instruments for Sustainable Forests, de 2019, que los productos forestales reciban un tratamiento fiscal definido no solo en función del volumen de producción sino también de los modos de producción, para incentivar prácticas sostenibles.

La propuesta del Banco Mundial coincide con los planteamientos de las empresas forestales comunitarias de México, que en distintos momentos han señalado la dificultad que enfrentan para que incluso las autoridades reconozcan la especificidad de su visión y su trabajo, que además de los criterios de eficacia productiva tienen como prioridad la creación de empleos, el manejo sostenible de los bosques, la prestación de servicios ambientales, la defensa de la biodiversidad y la inversión en servicios e infraestructura para la comunidad.

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