Máximo Kirchner se acerca a la CGT y explora un acuerdos con empresarios

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Maximo y Pablo Moyano
Maximo y Pablo Moyano

Hugo Moyano lo llamaba “Mínimo” hasta hace algunos pocos años. Le decía así de manera despectiva a Máximo Kirchner, con quien cruza hoy mensajes solo a través de su hijo Pablo, el nexo del clan camionero con el kirchnerismo duro. Tal vez se trate de cuestiones generacionales y hasta futboleras. El heredero del líder sindical llegó a acusar públicamente al jefe de La Cámpora de influir en la AFA para que descendiera Independiente, en 2013. Máximo es de Racing, los Moyano son de Independiente. El fútbol les sirvió de atajo para la reconciliación política.

Aliados a la fuerza otra vez desde 2018 para desbancar al macrismo, Máximo y Pablo Moyano cultivaron un vínculo que hoy le sirve al gremialista como credencial de peso para quedarse con una de las tres sillas de mando que se proyectan para la nueva CGT, que surgirá el 11 de noviembre próximo.

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Desde que el hijo de Cristina Kirchner adquirió poder y relevancia política, siempre se sintió más a gusto en el trato con dirigentes gremiales alternativos o de apariencia más rebelde que con el sindicalismo corportativo que encarna la CGT. Sirve como botón de muestra el armado de las listas de 2017, cuando surgió Unidad Ciudadana. Como gesto a los gremios, no a los de la CGT, el kirchnerismo puro ubicó allí a Vanesa Siley, de judiciales; Hugo Yasky, docente y jefe de la CTA, y Walter Correa, de curtidores. Los tres irán ahora por la renovación de sus bancas por el Frente de Todos. Hace cuatro años, Cristina también le había ofrecido una candidatura al bancario Sergio Palazzo, que esta vez aceptó la aventura y será otro representante del gremialismo en el Congreso. Palazzo puso ayer otra vez a disposición su gremio al servicio de la campaña con un acto en el Club Banco Nación.

En un giro, tal vez por las urgencias que impone la coyuntura económica y social, Máximo Kirchner le pidió al ministro del Interior, Eduardo Wado de Pedro, gestionar una reunión secreta con la cúpula de la CGT. Un acercamiento estratégico después de “varios encontronazos”, como describió un jerárquico cegetista.

Alberto Fernández con la CGT, el lunes pasado, en la Casa Rosada
Alberto Fernández con la CGT, el lunes pasado, en la Casa Rosada


Alberto Fernández con la CGT, el lunes pasado, en la Casa Rosada

Obsesivo con la privacidad de sus reuniones, el jefe del bloque oficialista en la Cámara de Diputados tuvo el lunes pasado un encuentro furtivo con cuatro referentes de la denominada mesa chica de la CGT, los eventuales rivales del moyanismo en caso de no acordar una conducción de unidad para la central. Fue un almuerzo de casi dos horas en una casona de San Telmo previo a la visita de los sindicalistas a Alberto Fernández, en la Casa Rosada. Máximo y Wado fueron anfitriones y recibieron con un asado a Héctor Daer, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez y José Luis Lingeri.

La charla tenía como antecedente una mutua desconfianza y enfrentamientos retóricos con nombres propios. En mayo del año pasado, con el país paralizado por la pandemia y sumido en la incertidumbre, Máximo atacó desde su banca a Rodolfo Daer, del gremio de Alimentación y hermano de Héctor, por haber pactado un acuerdo por suspensiones en una planta industrial de Mondelez. Aquel cuestionamiento también golpeó a Claudio Moroni, el ministro de Trabajo, que homologó por entonces el trato, que preveía reducción de sueldos. Por entonces, el Gobierno avaló decenas de este tipo de convenios, amparados por el artículo 223 bis de la ley de contrato de trabajo, como salida urgente para contener el empleo.

El jefe de La Cámpora también caminó con pies de plomo al encuentro corporativo que mantuvieron en julio de 2020 la CGT y la Asociación Empresaria Argentina (AEA) para debatir sobre el empleo y la pandemia. “Hicieron Zoom desde sus casas mientras les piden a los trabajadores que vayan a producir a riesgo de enfermarse”, apuntó Máximo contra los jefes sindicales. Y luego ironizó: “Me parece bien y responsable que se cuiden por la edad que tienen”. La respuesta de la CGT, por entonces, no fue en bloque. Solo el barrionuevista Carlos Acuña ensayó una crítica arrebatada, de la que luego se disculpó públicamente a pedido de Sergio Massa, su jefe político.

A pesar de estos antecedentes, y de que aún sobrevuela la intención camporista de reformar el sistema de salud y avanzar en el control de las obras sociales, la charla entre Máximo y la CGT “fue sincera y distendida”, según fuentes gremiales. Hubo un solo tramo de la conversación que reavivó tensiones y fue cuando se debatió sobre inflación y salarios . Kirchner planteó que la paritaria de los empleados estatales se había quedado “corta” e incomodó a uno de sus invitados. Lo escuchaba en silencio Andrés Rodríguez, el suscriptor de ese acuerdo que inicialmente fue de 35% en seis cuotas y que por la escalada de precios ahora se revisó con una suba adicional de 5%. Gerardo Martínez, de la Uocra, salió acaso al rescate del jefe de UPCN con una reacción casi corporativa. “Nosotros sabemos y tenemos la experiencia de negociar salarios y administrar lo nuestro. Las paritarias están abiertas de manera permanente hasta que se arregle la macroeconomía, que eso es responsabilidad de otros”.

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De izquierda a derecha, Baradel, Máximo Kirchner, Magario, Espinoza, Moyano y Yasky: aprestos electorales de la oposición


Roberto Baradel, Máximo Kirchner, Verónica Magario, Fernando Espinoza, Hugo Moyano y Hugo Yasky

Así como los empresarios más influyentes buscaron en sus encuentros con Máximo hurgar entre sus pensamientos cuál sería su eventual plan de gobierno o su perspectiva económica, sucedió algo similar con los sindicalistas. Se compartieron miradas y diagnósticos, y se acordó intentar avanzar hacia un gran acuerdo nacional después de las elecciones, con empresarios, sindicalistas y hasta opositores. Nada se definirá antes de las elecciones.

“La construcción debe ser radial, no sirve cerrarse. El eje debe ser la generación de empleo. Es necesario volver al Frente de Todos de 2019”, planteó Daer, que es uno de los promotores de una forzada conciliación entre el Gobierno y la Unión Industrial (UIA). En el almuerzo se precisó que habría unos 170 millones de dólares en condiciones de ser invertidos, pero que hay que generar la confianza para que se vuelque al mercado. Martínez insistió con la necesidad de resurgir el pacto social y dejó en claro, sin traer a colación la crítica kirchnerista por la reunión con AEA, que la CGT conservará sus puentes con las cámaras empresarias. “Si no hay empresarios, no hay trabajadores”, dijo, pragmático. El jefe de la Uocra asistió el jueves a la celebración por el Día de la Industria y se diferenció del kirchnerismo. Martínez también es uno de los que tracciona junto con Daniel Funes de Rioja un acuerdo tripartito con la UIA. Funes de Rioja se mostró ayer conciliador y abrió la puerta a un eventual acuerdo: “Con el Gobierno tenemos diferencias naturales pero tiene una mirada industrialista”.

Massa es el referente del Frente de Todos que conserva intactos sus lazos con los empresarios y sindicalistas más influyentes. Lo incorporó alguna vez a Máximo a modo de presentación a una cena secreta con banqueros, petroleros, industriales y constructores. Con el círculo rojo. Ahora, el hijo de Cristina se mueve por las suyas y construyó un canal directo, según graficó un importante empresario de una de las compañías más exitosas del país. Con la CGT, Kirchner buscó lo mismo. Una nueva emancipación del camporista.

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Ni Máximo ni sus invitados se atrevieron a alertar sobre un estallido social y económico ante la agudización de la crisis que trazó la pandemia. Sí lo hizo, en cambio, Armando Cavalieri que dijo unas horas más tarde frente al Presidente que se había llegado “a un límite de la gobernabilidad” y reclamó reformas laborales, previsionales e impositivas. Esta vez, el diagnóstico del histórico jefe mercantil no fue compartido por sus colegas cegetistas.”Nadie como nosotros puede administrar la conflictividad”, se jactó uno de los dirigentes que se reunió con Máximo. “Siempre vamos a estar para contener la gobernanza”, agregó otro. Surgió de allí una suerte de pacto no escrito para sostener a Alberto Fernández. No fue casualidad que al día siguiente Daer se haya subido al operativo reelección.

Obras sociales y Olivosgate

El almuerzo con Máximo duró solo dos horas porque se encimaba con el horario de la visita oficial de la CGT a la Casa Rosada. Quedaron temas pendientes, pero desde ambas orillas quedaron satisfechos y buscan ahora cerrar filas para un triunfo electoral. Se charló muy por arriba del manejo que tiene La Cámpora de cajas de interés para los gremios, como lo son las del PAMI y la Anses. No se tocó específicamente la intención de reformar el sistema de salud, un proyecto urdido desde el Ministerio de Salud bonaerense, aunque un sindicalista valoró casi en defensa propia la gestión de las obras sociales a cargo de los gremios. A propósito, el Gobierno les transifirió ayer $3000 millones a las prestadoras médicas para cancelar deudas con proveedores.

Tampoco nadie mencionó el Olivosgate. “De eso no se habló, el Presidente ya pidió disculpas. Es un asunto cerrado que ahora debe expedirse la Justicia”, dijo uno de los testigos, apelando a una memoria selectiva que acomoda los hechos según su conveniencia. Máximo quizás no habló del tema, pero a diferencia del sindicalista, no lo borró de su memoria. Ese 14 de julio de 2020, mientras se brindaba en la residencia presidencial, celebró el cumpleaños número ocho de su hijo Néstor Iván por videollamada, tal como contó Nicolás Fiorentino en la revista Anfibia en un interesantísimo retrato político sobre uno de los hombres más poderosos de la Argentina.

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