Una 'máquina de movimiento perpetuo': Cómo la desinformación impulsa las leyes electorales

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Seguidores del presidente Donald Trump en un mitin, el 12 de diciembre de 2020, cerca de la Corte Suprema de Estados Unidos en Washington, protestan por la que afirman que fue una elección robada. (Stefani Reynolds/The New York Times).
Seguidores del presidente Donald Trump en un mitin, el 12 de diciembre de 2020, cerca de la Corte Suprema de Estados Unidos en Washington, protestan por la que afirman que fue una elección robada. (Stefani Reynolds/The New York Times).

En febrero, cuando el representante del estado de Iowa Bobby Kaufmann se pronunció a favor de un proyecto de ley electoral restrictiva que patrocinaba, reconoció algo que en otro momento podría haber sido sorprendente: no pudo señalar ningún problema en las elecciones de noviembre que demostrara la necesidad de imponer nuevas reglas.

Sin embargo, muchos habitantes de Iowa creían que había habido problemas, dijo. Y eso fue motivo suficiente para permitir menos votaciones anticipadas, acortar el horario de las elecciones, poner nuevos límites al voto en ausencia y prohibir a los condados tener más de una urna.

“La máxima supresión de los votantes es que una gran parte del electorado no tenga fe en nuestros sistemas electorales”, dijo Kaufmann, un republicano, en defensa de su proyecto de ley, que se convirtió en ley en marzo. “Y por la razón que sea, política o no, hay miles y miles de habitantes de Iowa que no tienen fe en nuestros sistemas electorales”.

La campaña de meses del expresidente Donald Trump para deslegitimar las elecciones de 2020 no revirtió los resultados. Sin embargo, sus afirmaciones infundadas destruyeron la confianza de sus seguidores en el sistema electoral, lo cual sentó las bases para numerosos proyectos de ley liderados por los republicanos que impulsan reglas más restrictivas para el electorado.

Los proyectos de ley demuestran cómo la desinformación puede cobrar vida propia, para crear un bucle de retroalimentación que moldea las políticas de los años siguientes. Cuando las falsedades, ya sea sobre la seguridad de las elecciones, el coronavirus u otros temas, se promueven con suficiente intensidad, pueden influir en la actitud que tienen los electores hacia las políticas y los legisladores pueden citar esas actitudes como base para cambios trascendentales.

Aceptar las falsedades también pone de manifiesto el continuo poder de Trump dentro del Partido Republicano, que ha adoptado de manera generalizada sus afirmaciones sobre las elecciones y las ha utilizado como arma. Muchos republicanos, deseosos de ganarse el apoyo del expresidente, se han apresurado a defender las nuevas leyes electorales. Los que se han enfrentado a sus falsedades han pagado el precio. La representante Liz Cheney fue destituida de su puesto de liderazgo en la Cámara de Representantes el miércoles, tras repudiar lo que llamó la “gran mentira”.

Los legisladores de al menos 33 estados han citado en sus comentarios públicos la escasa confianza de los ciudadanos en la integridad de las elecciones como justificación para promover proyectos de ley que buscan restringir el voto, según un recuento de The New York Times. En varios estados —como Arizona, Florida, Georgia y Iowa— los proyectos de ley ya han sido promulgados y la legislación de Texas está a punto de serlo.

Electores en una casilla electoral en Adel, Iowa, el 5 de octubre de 2020, el primer día de votación en persona en el estado. (Kathryn Gamble/The New York Times).
Electores en una casilla electoral en Adel, Iowa, el 5 de octubre de 2020, el primer día de votación en persona en el estado. (Kathryn Gamble/The New York Times).

El fraude electoral es muy poco frecuente en Estados Unidos y tanto los funcionarios de todos los estados como los de nivel federal afirmaron que las elecciones de 2020 fueron seguras.

“Es como una máquina de movimiento perpetuo: creas el miedo al fraude a base de vapores y luego reduces los votos de la gente debido a la niebla que has creado”, señaló Michael Waldman, presidente del Centro Brennan para la Justicia de la Universidad de Nueva York. “Con fines partidistas, los políticos les contaron a sus seguidores la mentira del fraude generalizado. Los partidarios creyeron esa mentira y luego esa creencia sirvió de justificación para que los políticos dijeran: ‘Bueno, sé que no es verdad, pero miren lo preocupados que están todos’”.

Los llamamientos para cambiar las leyes electorales a causa de la percepción pública no son nuevos: informes de 2001, 2005 y 2008, por ejemplo, advirtieron sobre las posibles repercusiones de la desconfianza del electorado. En 2008, la Corte Suprema confirmó la ley de identificación de electores de Indiana, en parte basada en el argumento de que aumentaría la confianza en las elecciones estatales. Y la confianza tiende a caer al menos un poco después de cada elección entre los votantes del partido perdedor, según Charles Stewart III, director del Laboratorio de Datos y Ciencias Electorales del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

No obstante, los expertos en derecho electoral y desinformación afirman que este año hay algunas diferencias clave. En primer lugar, la escala de los esfuerzos legislativos —medidos tanto por el número de proyectos de ley presentados como por el alcance de las restricciones que proponen— es mayor que en ciclos electorales anteriores. En segundo lugar, la caída de la confianza en el sistema electoral se puede atribuir de manera directa a una campaña de desinformación. Y la caída de la confianza entre los republicanos es mucho más pronunciada que la registrada en ciclos anteriores.

En enero, Robin Vos, el presidente republicano de la Asamblea Estatal de Wisconsin, dijo a los reporteros: “Hay que mejorar el proceso cuando literalmente cientos de miles de personas en Wisconsin dudan que la elección se celebró sin acusaciones sustanciales de fraude”. La senadora del estado de Pensilvania Judy Ward, republicana, escribió en un memorando que un proyecto de ley que ella presentó liberaría las elecciones “de la sombra de duda que nubla el proceso democrático”. El senador del estado de Carolina del Norte Ralph Hise, también republicano, declaró en marzo: “Incluso si no hay motivos de sospecha, la percepción impacta la confianza y eso hay que considerarlo seriamente”.

En un correo electrónico para el Times, Hise dijo que sería un error sugerir “que los republicanos están ‘evolucionando’ sus argumentos de mala fe para tratar de suprimir votos”.

“La falta de confianza de los electores es real; la retórica en torno a las elecciones de 2020 sin duda contribuye a eso, pero existió durante muchos años antes de 2020 e impacta a los votantes de ambos partidos”, afirmó. “Los funcionarios electos tienen la responsabilidad de responder a la disminución de la confianza de los votantes y no hacerlo es peligroso para la salud de nuestra república”.

Cuando se le preguntó a Ward si consideraba que la baja confianza del electorado era motivo suficiente para nuevas leyes, respondió: “Ambos partidos debemos trabajar juntos para restablecer la confianza en nuestras elecciones, de lo contrario, me temo que mucha gente dejará de participar en el proceso debido a que ya no cree en la integridad de nuestro sistema electoral”.

El vocero de Vos no respondió a una solicitud de comentarios. Tampoco lo hizo Kaufmann, el representante de Iowa.

Los argumentos sobre la escasa confianza de los ciudadanos en las elecciones han llegado hasta el texto oficial de los proyectos de ley, como el de Georgia, que promulgó una amplia ley que limita los buzones de votación y el voto provisional, exige una identificación para votar en ausencia y hace ilegal dar comida o agua a las personas que esperan en la fila para votar, entre otros cambios.

La legislación, de 98 páginas, fue el primer paso de un esfuerzo republicano que ha dado lugar a nuevas restricciones en varios estados pendulares y que aún continúa. Puso a Georgia en el centro de una tormenta nacional, con el traslado del Juego de las Estrellas por parte de las Grandes Ligas de Béisbol y la crítica a las restricciones por parte de grandes empresas como Delta Air Lines y Coca-Cola bajo presión pública. Y la justificación que mencionan sus partidarios, tal y como se expone en una larga introducción al proyecto de ley, se relacionaba casi por completo con la confianza de los votantes.

“Después de las elecciones de 2018 y 2020, hubo una importante falta de confianza en los sistemas electorales de Georgia, pues a muchos electores les preocuparon las acusaciones de supresión desenfrenada de votantes y a otros tantos las acusaciones de fraude electoral rampante”, decía el proyecto de ley. “Los cambios realizados en esta legislación en 2021 están diseñados para abordar la falta de confianza de los electores en el sistema electoral en todos los lados del espectro político, para reducir la carga de los funcionarios electorales y para agilizar el proceso de organización de las elecciones en Georgia mediante la promoción de la uniformidad en la votación”.

Enmarcar el proyecto de ley con aquello de “todos los lados del espectro” desmintió el hecho de que el proyecto de ley fue apoyado solo por los legisladores republicanos y que, si bien contenía algunas disposiciones que ampliaban el acceso al voto, estaba encaminado principalmente a apaciguar a aquellos que creían que las “acusaciones de fraude electoral rampante” (sin decir nunca que esas acusaciones, que son falsas) eran ciertas.

Los expertos en desinformación dijeron que mejorar la confianza de los ciudadanos en las elecciones era un objetivo legislativo sensato. Pero denunciaron la circularidad del actual impulso y hasta qué punto se basaba en la desinformación.

“Es totalmente legítimo preocuparse por la integridad electoral”, afirmó David J. Becker, director ejecutivo del Centro para la Innovación y la Investigación Electoral. “Aunque el fraude no sea generalizado, es bueno que los electores sepan que se toman medidas para evitarlo. Lo que no está bien es inventar falsas amenazas e ignorar las pruebas y actuar de una manera diseñada a todas luces para obtener un resultado partidista”.

La mejor manera de combatir la falta de confianza de los electores “no es fabricar una narrativa falsa y luego recomendar una solución que supuestamente arreglaría la narrativa falsa”, sino “corregir la narrativa falsa”, dijo Becker. “Decir en voz alta: ‘Las elecciones de 2020 fueron seguras’”.

This article originally appeared in The New York Times.

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