Luis Majul: “La Argentina, qué país extraño”

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Ayer, por unos segundos, antes de dormirme, vi un especial de Tato. Tato especial 30 años: 1960/ 1990. Ese en el que la Argentina se presenta como un extraño país que alguna vez existió, que después desapareció.

Un país que, de tanto ser malogrado por quienes lo gobernaron y habitaron, un día se lo consumió la irrelevancia y el olvido.

Hoy después de ver y escuchar algunas cosas no pude dejar de sentir que la Argentina hoy, desgraciadamente, se parece mucho a ese país.

Un país donde un policía como Luis Chocobar es condenado a dos años de prisión en suspenso por el cargo de homicidio con exceso en cumplimiento del deber y desplazado de su función por los próximos cinco años.

En los países normales un policía pasado de rosca como Derek Chauvin, el que le puso la rodilla en el cuello y mató de asfixia a George Floyd, es detenido, castigado y exonerado.

Pero uno como Chocobar, probablemente, sea condecorado.

Ahora, con ese fallo, miles de policías en todo el país van a dudar una vez más entre meterse en el medio de un ataque de ladrones o mirar para otro lado.

En un país normal la educación presencial en pandemia, las escuelas, como dice Fernán Quirós, es lo primero que se abre y lo último que se cierra.

Pero en la Argentina todavía no se había conocido la posición de Horacio Rodríguez Larreta y ya Nicolás Trotta y los funcionarios que no funcionan de la Provincia lo salían a cruzar, por las dudas.

En un país normal hubiésemos tenido parte de 12 millones de vacunas que Pfizer prometía, siendo que aportamos entre 4500 y 6000 voluntarios para la prueba. O, a lo sumo, hubiésemos recibido una explicación racional de por qué no se pudo firmar el contrato.

En este extraño país llamado Argentina, el ministro de Salud que tuvo que renunciar por el vacunatorio vip, Ginés González García, es tendencia porque acaba de decir que él mismo le hizo a Pfizer una propuesta casi indigna: una firma de responsabilidad individual de cada uno de los vacunados diciendo que no iban a hacer ningún reclamo.

En un país normal, el gobernador que grita pero no gobierna, Axel Kicillof, debería bajar un cambio hasta que se empiecen a ver los resultados de su no gestión.

En cambio el gobernador trabaja de comentarista, igual que Sergio Berni, sueña con poner una sucursal de su poder en cada intendencia, y le achaca a la oposición lo que se pasa haciendo él: sacar provecho político de la pandemia.

En un país normal, el jefe de bloque de diputados del partido mayoritario de la coalición gobernante, Máximo Kirchner le daría entrevistas sin condiciones a periodistas de todos los medios.

Pero aquí, Máximo, hijo de la vicepresidenta, casi no habla con los medios. Y cuando lo hace, como hoy, dice cosas muy peligrosas. Mezcla lo psicológico con lo ideológico. Agrede y ningunea. Por eso nosotros, que lo tenemos bien estudiado, hablamos de “Máximo peligro”, cuando a veces nos referimos a él.

En un país normal, no se festejan las llegadas de las vacunas como si fueran seguidores de Instagram, Twitter o Facebook. Y menos, si se consiguen 15 millones, y aparecen 4 millones sin haber sido vacunados, lo que releva la lentitud del ritmo de inoculación.

Y menos se festeja nada con casi 40 mil contagios diarios y casi de 77 mil muertos desde que empezó la pandemia.

Pero este no es un país normal.

Es un país extraño, muy especial, que si no empieza a cambiar probablemente un día desaparezca. Probablemente un día sea olvidado.