¿La lucha contra el coronavirus le costó a Australia su amor por la libertad?

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Policías enfrentan a trabajadores de la construcción  durante una protesta contra las restricciones en Melbourne
WILLIAM WEST

SÍDNEY.- En la guerra contra la variante delta del coronavirus, pocos países le han pedido más a sus ciudadanos que Australia.

En medio de la última cuarentena, la policía de Sídney les aplicó una onerosa multa a tres madres con cochecitos de bebé que charlaban en la plaza. En Melbourne, los patios de juegos infantiles están acordonados con cinta de la policía, y para viajar de un estado con Covid a un estado libre de Covid, los poquísimos afortunados que reciben autorización deben pasar dos semanas de aislamiento en un hotel o en un remoto y antiguo campamento minero.

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Ahora hay dos Australias. En Perth, las oficinas, los bares y los estadios están llenos y funcionan como si nada: es su recompensa por la estrategia de fronteras cerradas que convirtió al estado de Australia Occidental en una isla dentro de una isla.

Los habitantes de Sídney, por el contrario, se acercan actualmente a su semana 14 de confinamiento. Allí, los barrios de clase trabajadora, donde las tasas de contagio son más altas, sufren fuertes controles policiales, y hasta hace pocos días en la ciudad regía el toque de queda a partir de las 9 de la noche, y los vecinos tenían autorizada una sola hora de ejercicio diario al aire libre.

¿Valió la pena el sacrificio? Australia está en una encrucijada con el Covid. La confianza y el orgullo de 2020, cuando a fuerza de cuarentenas y aislamiento lograron torcerle el brazo al avance del virus, han sido reemplazados por dudas, hartazgo y una áspera batalla sobre la cantidad de libertad o de riesgo que puede permitirse en un futuro que estará definido por la variante delta.

La policía patrulla la playa de Melbourne
WILLIAM WEST


La policía patrulla la playa de Melbourne (WILLIAM WEST/)

“Es probable que el país vuelva a encerrarse en sus viejas prácticas”, dice Tim Soutphommasane, politólogo de la Universidad de Sídney. “La agenda de debate actual está signada por la insularidad y el provincianismo.”

De hecho, el mundo entero ha empezado a ver a Australia a través de esa lente, o sea a través de las acciones de esos políticos con anteojeras. Para algunos conservadores norteamericanos, Australia se ha convertido en la cárcel más grande del mundo, con ciudadanos que no pueden ni salir ni reingresar a su país, y con un gobierno que por reflejo instintivo encierra a la gente en su casa ante la menor señal del virus.

Pero muchos australianos, aunque frustrados por la situación, ven algo más. Cuando se les pregunta si el sacrificio está valiendo la pena, piensan en sus vecinos, en los líderes sociales, en los millones de personas que hacen fila para vacunarse y en las decenas de miles de australianos que sin las restricciones habrían muerto de Covid.

Para entender esa reacción, hay que explorar las dos Australias: donde el Covid mantiene a casi la mitad de la población del país atrapada en su casa, y la otra Australia, donde mal que mal han logrado mantenerse libre del virus. Y en ambas Australias se oye el mismo mensaje: quienes critican las restricciones tienen que empezar a reimaginar la libertad, ya no como esa autonomía personal tan venerada por los norteamericanos, sino como un derecho colectivo que conlleva responsabilidades. Y argumentan que una epidemia es un termómetro excelente para medir el compromiso de una sociedad con el bien común, y que si hay un país que ha fracasado estrepitosamente es Estados Unidos, y no Australia.

Una visita al pasado prepandémico

El estado de Australia Occidental tiene aproximadamente seis veces el tamaño de California, pero apenas 2,7 millones de habitantes. Allí se combinan vastos paisajes rojizos propios del planeta Marte, en el norte y este del estado, rico en minerales, con la fértil región costera del sudoeste, donde se encuentra la ciudad de Perth y que incluye la zona vitivinícola de Margaret River y las playas preferidas por los surfistas.

Al recorrer la región, hay dos frases sobre el Covid que los lugareños repiten de manera constante: “¡Qué suerte tuvimos!”, y “Es porque somos muy cumplidores y responsables.” Australia Occidental solo tuvo nueve muertos por Covid-19. Si ese estado fuese un país, tendría uno de los índices de muertos por cantidad de habitantes más bajo del mundo.

Viajar por la región es como volver al 2019: la gente se abrazo en los bares y en los estadios, los hospitales están tranquilos, y no se ven barbijos por ninguna parte.

Soldados australianos ayudan a la gente en un centro de vacunación contra el COVID-19 en Sídney
Soldados australianos ayudan a la gente en un centro de vacunación contra el COVID-19 en Sídney


Soldados australianos ayudan a la gente en un centro de vacunación contra el COVID-19 en Sídney

“Si la pregunta es por qué aguantamos las restricciones, es porque en la mayoría de los casos duraron poco tiempo”, dice Ian MacKay, experto en virus y en riesgo de la Universidad de Queensland, otro estado que actualmente disfruta de la vida sin circulación comunitaria del virus. “Lo más importante es que incluso salvamos más vidas de las que esperábamos”, agrega MacKay.

En Estados Unidos y Gran Bretaña han muerto de Covid-19 casi 2000 personas por millón de habitantes. En Australia, esa cifra está por debajo de 50. Esta semana y tal solo en el estado de Florida, han muerto más personas de Covid que en Australia durante toda la pandemia.

Nadie dice que ese abordaje de la pandemia haya sido gratuito. Rob Gough es un californiano que se mudó a Australia en 2003 y se instaló en Margaret River, donde tiene un pub muy popular junto a su esposa. Pero a Gough se le llenan los ojos de lágrimas al recordar que no pudo viajar para el cumpleaños 80 de su madre, que se celebró en Estados Unidos hace unas semanas.

“Lo único que quería era poder abrazarla”, dice Gough. Y cuando le preguntan si el sacrificio de estar aislados valió la pena, responde: “Mientras acá sigamos sin Covid, voy a apoyar las restricciones.”

La otra Australia: convivir con el Covid

En Sídney, la responsabilidad comunitaria ha sido aceptada y al mismo tiempo se ha vuelto asfixiante. Los barrios más golpeados por la enfermedad están llenos de trabajadores esenciales jóvenes, que mantienen activa la circulación comunitaria de la variante delta, aunque con una tasa de contagios muy por debajo de lo que sería sin la cuarentena actualmente en vigor.

Muchos australianos creen que el gobierno se ha extralimitado y que hay abuso de autoridad. Según ellos, hay poca evidencia científica que justifique los toques de queda, y dicen que la cuarentena se ha cobrado un precio elevado y desigual.

Médicos y policías asisten a un enfermo en Campsie, al sudoeste de Sídney
Médicos y policías asisten a un enfermo en Campsie, al sudoeste de Sídney


Médicos y policías asisten a un enfermo en Campsie, al sudoeste de Sídney

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Ante esa falta de libertad, la vacunación adquiere un carácter de urgencia. Casi el 83% de los mayores de 16 años de Nueva Gales del Sur han recibido al menos una dosis de la vacuna.

Y después de tres meses de cuarentena, en Nueva Gales del Sur el número de contagios finalmente ha comenzado a caer, y hoy se ubica en alrededor de 1000 nuevos casos por día. El miércoles pasado, Sídney levantó el toque de queda y pronto abrirán restaurantes, solo para los vacunados. En Melbourne, los patios de juegos vuelven a cobrar vida con la presencia de los niños.

Así que mientras los norteamericanos que critican a Australia centran su atención en el aumento de las muertes, muchos australianos esperan un verano con menos restricciones y menos miedo que el resto del mundo. “Podemos estar orgullosos”, dice Mackay, el experto en virus de Queensland. “Seguimos bastante bien.”

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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