Los niños no son manipuladores: esta es la clave para entender por qué "se portan mal"

Berna Iskandar
Colaboradora

Mi hijo es un grosero, cada vez que le niego algo lanza lo que tiene en la mano, grita y hace una rabieta. Es un malcriado, quiere estar todo el día en brazos, no quiere dormir solo, no me hace caso.

Estas y otras parecidas son inquietudes que me manifiestan madres y padres casi a diario. En general los adultos por falta de información tienden a juzgar erróneamente la conducta y los pedidos de los niños como capricho o malacrianza. Pero la verdad es que los niños no se portan como lo hacen porque son unos manipuladores, groseros o tiranos. Tras el comportamiento de los pequeños existen causas que hay que comprender a la luz de su edad o momento madurativo, las circunstancias que están viviendo en el presente y sobre todo por la relación o trato que reciben de sus padres o cuidadores.

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En lugar de centrarse en buscar cómo detener lo que pensamos que es una “mala conducta”, los invito a hacer una pausa reflexiva para tratar de comprender la causa real que está provocando esa conducta. Porque comprendiendo la causa, vamos a saber qué hacer en cada situación, con una respuesta hecha a la medida de las necesidades de cada niño o niña. Después de todo, los padres son quiénes los conocen mejor que nadie.

La edad o momento madurativo

Un niño puede comprender, puede hacer o no hacer lo que le decimos o lo que esperamos, según la madurez que tenga en un determinado momento. No es lo mismo transmitir un límite a un niño de tres años que a uno de 8 años. Si le dices a tu bebé de 20 meses, varias veces, que no toque el enchufe, igual va a ir a tocarlo una y otra vez. Y no se está portando mal. Está haciendo lo que es propio a su edad. Necesita saber cómo funciona el mundo nuevo al que acaba de llegar. No sabe que el vidrio se rompe y el plástico no. Tiene que tocar, manipular para aprender.

Por otra parte NO SE TOCA NUNCA es una instrucción imposible de mantener a su edad. Hasta antes de los tres años, pero más hasta los cuatro, a un niño le cuesta integrar una regla. Entonces la intervención en este caso sería tapar el enchufe, proteger el entorno y ampliar las posibilidades de movilidad y exploración segura. Pon la casa modo niño.

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La interacción con el adulto cuidador

Los niños son el reflejo directo del trato que reciben de sus padres. Cuando tu hijo está bien, con sus necesidades físicas y afectivas satisfechas oportunamente, se porta como lo haría cualquier niño normal de su edad. Si notas que está excesivamente agresivo, molesto, llora más de la cuenta, tiene rabietas constantes y muy intensas, entonces revisa si has estado muy ocupada, nerviosa o desconectada, procura compartir más tiempo de conexión, juego, brazos, sin interrupciones de labores domésticas, teléfonos, pantallas. Consiéntelo, dale todo el amor que puedas. Nadie se malcría por exceso de amor, todo lo contrario. El amor, sana, aporta equilibrio.

También te invito a revisar si estás usando métodos represivos o autoritarios para disciplinar. Los métodos basados en el castigo físico o psicológico, como la silla de pensar, amenazar, avergonzar, pegar para que el niño haga lo que esperas provocan rebeldía y agresividad. Intenta buscar bibliografía o espacios de formación donde aprender alternativas respetuosas para transmitir los límites.

Las circunstancias que rodean al niño

La llegada de un nuevo hermanito o hermanita, una mudanza, migrar a otro país, una escolarización prematura (antes de los 7 años), alguna crisis familiar o duelo, pueden hacer que tu hijo o hija se sienta estresado/a, con miedo ante los cambios que no puede manejar o gestionar. El estrés, el miedo, la herida emocional pueden provocar conductas agresivas, ansiedad, rechazo a las rutinas que ya se habían integrado.

Trata de ser comprensiva, relajar las exigencias durante ese período de crisis, acompañar con muchas palabras y gestos amorosos, proponer juegos que tengan que ver con la situación estresante. El juego puede ayudar mucho a elaborar situaciones que tu hijo está viviendo desde la angustia.

Por ejemplo, si están en una mudanza, ofrecerle juguetes como maletas, aviones donde viajaremos a la otra ciudad o país donde viviremos, camiones que transportarán las cosas de la casa, y permítele que juegue de manera libre para expresar y elaborar lo que le inquieta. Acepta sus emociones, valídalas, no las juzgues de malas o buenas. Puedes decirle, “entiendo que estés triste porque nos tenemos que ir a otro lugar, yo también lo estoy”. Apóyalo si necesita llorar, ofrécele contención amorosa, permítele expresar sus emociones sin que se haga daño ni dañe a los demás hasta que consiga volver al equilibrio. Son procesos que toman su tiempo.

Pero sobre todo, que nunca falten las palabras y los gestos amorosos para ayudar a tu hijo o hija a mitigar el miedo y el estrés que puede estar provocando su conducta alterada o agresiva.

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Berna Iskandar es divulgadora y asesora de crianza alternativa.

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