Los 8 errores de Trump que tienen en vilo a EEUU y al mundo

(AP Photo/Evan Vucci)

El 20 de enero de 2017 Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos. Ganó la elección tras una campaña repleta de ofensas, escándalos y desatinos como jamás se había visto, y con ello dejó pasmado al mundo entero.

Pero terminada la contienda y ya en la Casa Blanca, Trump ha mantenido su cáustico y ofensivo estilo, con el agravante de que sus dichos y decisiones ya en calidad de presidente tienen severas repercusiones a escala nacional y global. Lo que va de su mandato ha estado marcado por severos errores, osadías y agravios, que lo tienen como el presidente más impopular en la historia contemporánea y, sobre todo, en algunos casos implican severos riesgos para el país y el mundo.

1. La salida del Acuerdo de París y el rechazo a la ciencia medioambiental

Es una de las más cuestionadas decisiones del presente gobierno federal estadounidense, tanto porque se habría hecho a contracorriente de la abrumadora evidencia científica que vincula el calentamiento global con la actividad humana y con base en criterios ideológico-partidarios como porque en sí supone hipotecar el futuro de las próximas generaciones estadounidenses en aras de promover la ganancia cortoplacista de la industria de los combustibles fósiles.

Si al retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París se le añaden decisiones como la reversión de políticas internas de protección de la naturaleza, el aval a oleoductos que conducen combustible altamente contaminante y el deseo de abrir zonas naturales adicionales a la explotación petrolera, las decisiones de Trump en materia mediambiental han sido especialmente ominosas.

James Comey fue destituido de su puesto de director del FBI por Donald Trump en el contexto de las investigaciones de la injerencia electoral de Rusia. (The Independent/Yahoo)

2. El despido de Comey y su actitud sobre Rusia

Trump ha rechazado continuamente que se haya dado colusión entre su campaña y figuras vinculadas al régimen de Rusia, pero a lo largo de 2017 se han dado revelaciones y circunstancias que apuntan a que, al menos, hay mucho que se desconoce sobre las relaciones entre el entorno de Trump, incluida su propia familia, y el del Kremlin.

En buena medida, los escándalos han tenido un componente autoinflingido: el despido del director del FBI James Comey, al parecer porque no se plegó al deseo del presidente de aquietar las investigaciones sobre Rusia, en realidad escaló la situación y suscitó la designación de un fiscal especial que ya ha acusado penalmente al exjefe de la campaña de Trump y a su exasesor en Seguridad Nacional.

Por añadidura, su curiosa laxitud ante Rusia, como haber compartido información de inteligencia clave con altos funcionarios rusos que habrían podido comprometer al país aliado que la suministró, o su continuo rechazo a la noción, ampliamente documentada, de que agentes vinculados a Rusia desataron una punzante campaña de desinformación y confrontación durante las pasadas elecciones, amplía las suspicacias. Y lo grave es que en ello está en juego la democracia misma de EEUU.

Grupos supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, donde se reunieron de modo masivo. (Getty Images)

3. Los prejuicios y el relativismo

Trump ha ofendido, con sus palabras, sus tuits, sus acciones y omisiones a amplios grupos sociales y mostrado una inquietante renuencia a minimizar los agravios de personas o grupos de turbia trayectoria.

Su lentitud en condenar la reunión de neonazis y supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, y el asesinato cometido por uno de ellos y, en paralelo, su aparente intento de relativizar las cosas para poner al mismo nivel a los agresores y a quienes los repudiaban en defensa de la democracia consternó al país.

Y sus inconsistencias ante otras tragedias, como sus tibias reacciones en materia de cambios de política tras las masacres frente a un hotel en Las Vegas y en una iglesia en Texas, en comparación con su frenesí cuando la tragedia es perpetrada por una persona vinculada al terrorismo islamista, han provocado severos cuestionamientos sobre su falta de empatía y exceso de ego ideologizado hacia la ultraderecha y el racismo.

El terrorismo del Estado Islámico, Al Qaeda y otros grupos debe ser ciertamente neutralizado, pero mirar hacia otra parte cuando se trata de asesinatos en masa de autoría y contexto estadounidenses no aporta a su urgente y cabal atención. Por añadidura, retuitear videos abiertamente antimusulmanes difundidos por grupos de odio británicos, como lo hizo hace unos días, solo atiza odios y radicalizaciones y aparta a EEUU de aliados indispensables.

Donald Trump lanzó toallas de papel a una multitud en Puerto Rico, un gesto criticado por insensible ante la crisis humanitaria en la isla y que se sumó a los reproches que el presidente hizo contra funcionarios puertorriqueños que criticaron la respuesta federal ante el huracán María. (AP)

4. Insensibilidad y sexismo

Sus insensibles reproches hacia los puertorriqueños sumidos en la devastación causada por el huracán María mostró a Trump muy corto de la estatura de estadista que se requiere en esa clase de crisis humanitarias.

Su apoyo a Roy Moore, candidato ultraconservador al Senado por Alabama, pese a las severas acusaciones de abuso sexual y pederastia que se han formulado en su contra, han reforzado la imagen de un Trump misógino y sexista  –contra quien se han presentado también alegaciones de conducta sexual predatoria– que soslaya graves y numerosos señalamientos en aras de impulsar una agenda política sectaria. La investidura presidencial queda nuevamente mal parada, en detrimento de la institucionalidad nacional.

5. Retirada de instituciones e instrumentos multilaterales

En aras de impulsar su política de “Estados Unidos primero”, Trump ha dado la espalda a varios mecanismos de cooperación internacional de gran calado, algo similar a su retirada del Acuerdo de París pero con el añadido de que, a diferencia de ese esquema basado en metas autoestablecidas de cumplimiento voluntario, otras instituciones y mecanismos de los que Estados Unidos se ha retirado o busca revertir implican obligaciones y responsabilidades de peso.

El reciente retiro del país de un proceso de negociación internacional clave sobre migración y refugiados de la ONU, un fenómeno de implicaciones globales, en aras de privilegiar la política de inmigración y seguridad estadounidense, deja a Estados Unidos al margen de la discusión de una problemática clave para el futuro mundial que, pese al empecinamiento ideológico de Trump y su patente fobia ante lo musulmán y lo inmigrante, requiere cooperación general, con Washington incluido, para atenderla de modo auspicioso.

Otro caso es el retiro del país de la UNESCO, una institución clave en la preservación de la cultura y el patrimonio de la humanidad. EEUU se ha quejado de que esa instancia tiene un prejuicio antiisraelí y por ello Trump optó por abandonarla, si bien el distanciamiento de Washington de la UNESCO, en el ámbito presupuestal, data de la administración de Barack Obama (antes, Ronald Reagan sacó al país de la UNESCO en la década de los ’80 y fue hasta el gobierno de George W. Bush que volvió). Cabe señalar, con todo, si estar al margen de ese organismo ayuda en realidad a Israel y al entendimiento en el Medio Oriente.

Los líderes republicanos en el Congreso, Mitch McConnell y Paul Ryan, enfrentaron severos reveses en su afán de abolir y reemplazar la Ley de Salud. La intervención del presidente Donald Trump al respecto, que se enfrentó a legisladores contrarios a sus proyectos, contribuyó al fracaso de su afán legislativo. (Reuters)

6. La debacle negociadora

Trump ha presumido sus dotes negociadoras, pero en la práctica sus logros ante el Congreso son escasos (la ratificación en la Suprema Corte de Neil Gorsuch es su carta fuerte) y sus fracasos sonados. El más estrepitoso fue la imposibilidad de abolir o reformar la Ley de Salud promulgada durante la administración de Barack Obama. Ciertamente, ese fracaso se debió a desacuerdos de fondo entre los legisladores, pero puede decirse que Trump no solo no ayudó mucho a la negociación y al acuerdo, sino que lo minó con sus ataques a varios senadores y su desconocimiento de la complejidad del tema del sistema de salud estadounidense.

Al final, los afectados son los ciudadanos pues ante el fracaso en establecer una nueva legislación, la Casa Blanca ha procedido a la demolición por otras vías de Obamacare sin plantear alternativas viables, lo que pone en riesgo las opciones de acceso a cobertura médica de millones de personas. Y cabe preguntarse si el frenesí por lograr acuerdos, tanto de Trump como de los republicanos, y su expresión en una posible reforma fiscal que provocaría un agujero deficitario inmenso no resultará un tiro por la culata que pagarán todos los estadounidenses.

Kim Jong-Un, líder supremo de Corea del Norte. (AFP)

7. El escalamiento de la tensión con Corea del Norte

El bravado de Trump y su incontinencia verbal, y su espejo en el líder norcoreano Kim Jong-un, han catalizado las de por sí graves tensiones entre Estados Unidos y Corea del Norte. Y aunque ese conflicto y el afán de Pyongyang de hacerse con armas nucleares y amplia capacidad para utilizarlas no es nuevo, y otras administraciones lo han encarado sin lograr contenerlo, la contaminación de un conflicto de hondas implicaciones geoestratégicas con un encono personal entre Trumo y Kim va a contracorriente de los intereses estadounidenses y de sus aliados y, en realidad, le da ínfulas a un Pyongyang provisto de arsenales atómicos. Algo desesperante y peligroso si se considera que un enfrentamiento bélico en ese contexto, con o sin armas nucleares, sería una catástrofe con ingente pérdida de vidas. Algo que debe evitarse.

Una vista de la ciudad antigua de Jerusalem, sagrada para judíos, cristanos y musulmanes. (AP)

8. Jugar con el fuego de Jerusalén

Trump reconoció apenas hace unos días a Jerusalén como la capital de Israel, dando la espalda a la política histórica de Washington al respecto, que se ha apartado del espinoso debate sobre la sagrada ciudad. Israel la considera su capital histórica y tiene legitimidad para ello, pero los palestinos también la tienen en el sentido de considerar a Jerusalén Oriental (que estuvo bajo control árabe de 1948 hasta la Guerra de los Seis Días en 1967) como su capital.

Las pasiones y los enconos que desata la discusión sobre la posesión o repartición de Jerusalén han sido por décadas un obstáculo infranqueable, y por ello la diplomacia estadounidense la ha evitado, para colocarse en calidad de mediador e interlocutar de vías de paz (como los acuerdos de Camp David de Israel con Egipto en los ’70 o con Jordania en los ’90).

Pero se ha criticado que al reconocer a Jerusalén, algo que ha sido rechazado a escala internacional por su potencial de catalizar enconos, Trump juega con fuego, pues aísla a Washington en el diálogo sobre Medio Oriente (aunque lo acerca más a Israel) y, sobre todo, atiza el riesgo de violencia en la zona. Ya se han registrado protestas y grupos radicales podrían lanzar represalias.

Desde la propia Casa Blanca se ha reconocido que la decisión de Trump enturbia la situación en Medio Oriente, y aunque ellos quieran suponer que será algo temporal que luego podrá permitir un diálogo distinto, el temor de que este reconocimiento (al margen de su realismo o legitimidad histórica) suscite violencia es muy alto, lo que luce problemático sobre todo si se añade que, más que diplomacia, la decisión de Trump es una apuesta política con alta carga interna.

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