Opinión: Un lobo recorre España

Diego Fonseca
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LAS ELECCIONES AUTONÓMICAS DE CATALUÑA SIGNIFICARON UN TRIUNFO IMPORTANTE PARA VOX, EL PARTIDO DE EXTREMA DERECHA, Y UNA DERROTA SIGNIFICATIVA PARA LA DERECHA TRADICIONAL. SU PRESENCIA EN EL PARLAMENTO REGIONAL NO HARÁ SINO ELEVAR LA TENSIÓN DE UN PAÍS EN CRISIS.

Cuando niño nos divertíamos con esta puya: “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está. ¿Lobo, está?”. Era un juego de persecución excitante e inquietante, un crescendo de expectativas donde había que correr o la bestia —otro niño, un adulto— te atrapaba y te comía. Nos seducía la idea de provocar a una criatura amenazante pero no teníamos dudas: nadie quería ser atrapado por el terror.

Ahora un lobo recorre España, y su amenaza no es un juego. Vox, uno de los más recientes proyectos ultraderechistas de Europa, se convirtió el domingo en la cuarta fuerza del parlamento catalán tras las elecciones autonómicas. Cuando Vox logró presencia nacional en 2019, ya quedaba claro que España no era ajena a las tentaciones de la extrema derecha populista. Que ahora esté en el parlamento de Cataluña no hará sino elevar la tensión de un país ya hipertenso por el coronavirus y la crisis.

Vox irá al choque en una de las regiones más delicadas de la política española. Nada bueno saldrá de su cruce con el independentismo cuando la coyuntura exige menos extremismos en la mesa. Ultras e independentistas catalanes juntos darán buenos titulares y tuits, pero para la vida política equivalen a un camión de gasolina estacionado encima de una hoguera.

España es un país atormentado por rencillas menores entre líderes políticos jóvenes, torpemente ambiciosos y aparentemente inhábiles para distinguir contradicciones primarias y secundarias. Buena parte de los problemas de convivencia descansan en las incapacidades de gestión del presidente Pedro Sánchez, su vicepresidente Pablo Iglesias o los líderes opositores de la erosionada derecha tradicional, Pablo Casado (del Partido Popular, PP) e Inés Arrimadas (de Ciudadanos, Cs).

Mientras ellos aprenden a jugar en un bosque con dificultades mayores —una pandemia debilitante, una crisis económica corrosiva y el desgastante circo nacionalista—, la sombra creciente del lobo de Vox dejó de ser amenaza distante para convertirse en riesgo concreto.

Cataluña es uno de los últimos territorios donde comenzó a merodear. Vox se frota las manos esperando que el gobierno que resulte allí sea problemático, por endeble o por terco. El socialismo catalán, que obtuvo la primera minoría, podría dirigir la Generalitat con respaldo de la izquierda independentista catalana y de Unidas Podemos, su socio díscolo en el gobierno nacional. En el mejor de los casos, como en la Moncloa, sería una alianza de circunstancias atada con hilos delgados. En cambio, si gobierna el catalanismo —que tiene la mayoría absoluta sumando todos sus frentes—, el mejunje volverá a tensionar España: la derecha catalana quiere independencia o independencia mientras la izquierda juega al pase largo de la negociación con Sánchez.

La convivencia independentista —como un mal matrimonio, sobrevive entre desconfianzas— o la de la izquierda pancatalana —políticamente frágil como un cristal— es una tentación para Vox. Ante las imperfecciones del parlamentarismo, la ultraderecha ofrece un tentador mundo en blanco y negro, efectivo por simplista. Vox provee algunas pocas certezas a personas agotadas de las promesas incumplidas por los políticos tradicionales. Y hay una nada menor: España como una nación de españoles, sin conflictos que discutan su integridad.

Cuarta fuerza parlamentaria, Vox suma once bancas en Cataluña para pelotear repartiendo críticas a los partidos del sistema desde la cómoda posición de quien jamás gobernó nada importante y no tiene tropiezos ejecutivos que le manchen el traje. Son Donald Trump antes de ser presidente: todos los demás están equivocados, menos yo. Pero el autoritarismo, declamado y práctico, tiene consecuencias reales.

Hay responsabilidades sistémicas en el crecimiento de los ultras. La derecha española debió escorarse para detener la fuga de votos hacia Vox pero la apuesta solo consiguió profundizar su crisis identitaria. El PP está manchado por la corrupción y sus líderes absorbidos por disputas de corto plazo. Cs, la segunda opción, perdió casi un millón de votos en los últimos cuatro años y ya nadie sabe a quién le habla. Su esquizofrenia pavimentó el camino para Vox tanto como los titubeos del PP. El público ultra cree en quien no duda.

El gobierno, en tanto, se lavó las manos. Dejó en manos del PP y Cs el control de la extrema derecha como si fuese un problema exclusivo de la oposición pero, mientras tanto, tampoco ha hecho demasiado por elevarse como una opción sólida que dé soluciones estables a los españoles. La alianza del Partido Socialista y Unidas Podemos no ha superado la noción de rejunte electoral con desencuentros públicos mayores y coincidencias programáticas menores.

Así, mientras Iglesias vive diferenciándose de un gobierno al que buscó entrar, la gestión de Sánchez es errática. No ha conseguido que los díscolos líderes del catalanismo acepten sentarse a pactar una pax romana que permita enfocarse en los problemas más apremiantes, como la crisis económica y laboral derivada de la pandemia. Más aun, el manejo de la crisis sanitaria por el gobierno español fue inicialmente negligente y jamás pudo alejar completamente la idea de improvisación.

Los independentistas catalanes, por supuesto, también tienen su dosis de responsabilidad al azuzar al lobo de Vox. Como en la derecha, miran al partido de Santiago Abascal desde cierta superioridad moral, pero han hecho mucho para ayudarle a crecer. Entre la ingenuidad y la soberbia, durante más de una década convencieron a media Cataluña de que podían ser independientes de España pronto y, con una falta de tacto asombrosa, no dejaron de acosar al gobierno español por su escisión improbable mientras miles y miles de españoles enfermaban y morían. Al final, despertaron el nacionalismo sempiterno de la España de rey y toro hasta que la ultraderecha entró a su casa por la puerta principal.

¿Qué hacer ahora? La pandemia y la crisis económica, dos asuntos urgentes, demandan acuerdos sostenibles, no rencillas ni discusiones subsidiarias. Han muerto decenas de miles de españoles y más de medio millón de personas han quedado desempleadas.

Esos factores —que también afectan a Cataluña de manera severa— son suficientes para aparcar la utopía catalanista por una generación, pues no habrá independencia en breve. Los políticos deben buscar la fórmula retórica que mejor les salve la cara y emplearse en dar respuesta a las necesidades perentorias de España. Los resultados alejan a las oposiciones destructivas. Catalanes y españoles, a las cosas. Hay lobos sueltos.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company