Lo que me pasó dando a luz al lado del -entonces- rey de España, Juan Carlos I.

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Ser periodista y cubrir cualquier acto de la agenda de la Casa Real ha sido siempre -y antes mucho más que ahora- una pesadilla logística, con un protocolo tremendamente rígido que, entre otras muchas cosas, te obligaba a estar en la zona de seguridad como mínimo una hora antes de la aparición de los reyes, y aguantar allí hasta que se hubieran ido -lo de ir al baño mejor llevarlo hecho de casa-. Cosas de la extensa seguridad de un Jefe de Estado.

Pero, ¿qué pasa cuando el evento real coincide con tu vida personal y está en juego algo más que ir al baño?

Lo he contado en alguna entrevista, pero aquí va la versión extendida.

El día que me puse de parto de mi hija menor tuve la mala suerte de que en el mismo hospital donde tenía a mi ginecólogo e iba a dar a luz estaban operando al, entonces, rey Juan Carlos I. Al llegar al aparcamiento, con los brutales dolores de las contracciones, tuvimos que explicarle a un jovencísimo agente de la Guardia Civil qué íbamos a hacer al hospital. “Pues tener una hija, ¿no lo ve usted?, a pasar el rato no venimos”, le contesté, con la cara desencajada, en medio de una contracción. Si me estás leyendo, perdona por mi brusquedad. Cuando una mujer está de parto no calibra muy bien lo que dice.

Pudimos acceder a urgencias, y allí el médico me dijo que estaba dilatada de 4 centímetros y que aún faltaba un poco para el parto. “Pero tienes el cuello del útero muy blandito, será rápido, dilatarás bien”, me aseguró. Genial. El parto de mi primera hija había durado más de 14 horas.

Era día 24 de septiembre a última hora de la tarde.

Nos quedamos en un box de urgencias, atados a los monitores que vigilaban el estado del feto.

Pasó una hora. Y dos. Nadie venía a por nosotros.

Mi marido salió varias veces al mostrador de urgencias y nadie sabía darle explicaciones.

¿Cuándo narices me iban a subir al paritorio? Dolía mucho.

Pasadas las once de la noche, de repente entró una obstetra, me palpó y ordenó sacarme rápidamente de allí. Esto ya está listo, vamos.

Ni siquiera pudimos pasar por la habitación a dejar bolsa con la ropa del Emma, ni a que yo me pudiera quitar la ropa que traía de la calle. Fuimos volando al paritorio, con lo puesto, como esas mujeres que llegan ya con la cabeza del bebé asomando. Yo no me di cuenta, retorcida de dolor, pero mi marido sí: durante el trayecto por la primera planta del hospital nos cruzamos con un montón de escoltas de la Casa Real vigilando los pasillos.

Al entrar en el paritorio el equipo nos contó que llevaban habían operado al rey en esa planta y no permitían la circulación por los pasillos hasta que se hubiera completado la operación y su majestad estuviera ya instalado en la habitación donde se recuperaba.

Recuerdo haber gritado algo sobre el dolor durante las horas de espera. O algo peor. Es lo que tienen las contracciones, suelen nublarte el entendimiento.

Afortunadamente todo fue bien, y a las doce y veintipocos minutos de la madrugada del 25 de septiembre di a luz a una maravillosa niña de 4,200 kg. Mis compañeros de Mediaset que hacían guardia en la puerta del hospital subían a verme entre visita real y visita real al convaleciente. “Al menos, aquí estamos fresquitos”, se reían.

Hoy, casi 7 años después, soy yo la que me río con mis amigos cada vez que cuento la historia. Chupito.

Pero os juro que dolió bastante. Y no es metáfora ;-)

El hospital debería haber informado de lo que estaba pasando, y quizá hubiera tomado la decisión de irme a otro hospital.

Por cierto, di a luz en un centro privado porque allí atendía partos el ginecólogo que llevaba mi embarazo de riesgo. Si esto hubiera ocurrido en un centro público alguien tendría que haber dado explicaciones.

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