Lo que los alienígenas muertos podrían enseñar sobre la sobrevivencia humana

La literatura, el cine y la televisión están superpobladas de historias de extraterrestres que, de uno u otro modo, protegen o amenazan a la raza humana en su afán de conquistar la Tierra o proteger las libertades cósmicas, por decirlo de algún modo. Eso ha marcado profundamente el imaginario colectivo y un muy amplio porcentaje de personas creen que los extraterrestres inteligentes existen.

En lo científico no existe aún prueba alguna ya no se diga de que una civilización extraterrestre pudiese haber hecho contacto con la humanidad sino siquiera de la existencia de vida microbiana fuera de la Tierra. Con todo, hay consideraciones que sugieren que la vida tiene altas probabilidades de existir, dada la inmensidad del universo y su muy dilatada existencia de miles de millones de años, pero no hay elementos que lo prueben.

Una hipótesis sobre por qué no hay pruebas científicas de la existencia de vida extraterrestre inteligente (en realidad ni siquiera de una modalidad microbiana, es poque las civilizaciones alienígenas se autodestruyen antes de lograr la capacidad de contactar a otras especies en el universo. (Getty Creative)

Con todo, como se narra en Space.com, aunque la fascinación humana por la vida extraterrestre, y sobre todo por los alienígenas inteligentes, sean estos amistosos u hostiles, es sustantiva y si nos topáramos con ellos se daría un giro mayúsculo en todos los sentidos, es posible que sea la muerte extraterrestre, la extinción de hipotéticas civilizaciones en el espacio exterior, lo que podría dar a los humanos actuales, ya mismo, una poderosa sacudida.

Intentos de detectar vida extraterrestre se han hecho durante décadas recientes, sobre todo con la iniciativa SETI en el que poderosos radiotelescopios escudriñan el espacio en búsqueda de ondas generadas por tecnología alienígena, y la nueva capacidad de detectar exoplanetas en estrellas lejanas, incluso aquellos en las condiciones hipotéticamente propicias para la vida, mantienen abierta la expectativa de que, algún día, podría darse el mayor descubrimiento de la historia: la existencia de vida en otros planetas y, más aún, de vida inteligente.

Si eso sucediese ciertamente la humanidad recibiría un fuerte choque y algunos expertos han incluso alertado que encontrarse con una civilización extraterrestre no necesariamente es algo auspicioso, sobre todo considerando los destructivos choques de culturas disímbolas que se han dado en la historia humana y porque, presumiblemente, una especie muy avanzada podría serlo tanto que la humanidad comparada con ella sería como hormigas frente a una civilización industrial y, por ello podría mostrar el cataclísmico desdén que los humanos con frecuencia tienen hacia otros seres vivos.

Civilizaciones destruidas

Pero científicos, señala Space.com, mencionan otro tipo de sacudida que debe hacer reflexionar a la humanidad y, si se diera, lo haría seguramente de modo muy poderoso. Una razón por la que no ha podido ser detectada ninguna forma de vida inteligente en el universo es porque existe la grave posibilidad de que las civilizaciones se autodestruyan al poco de llegar a cierto desarrollo tecnológico y nunca lleguen a un estadio de desarrollo capaz de permitirle viajes o contactos a escala galáctica.

¿Consumen esas civilizaciones extraterrestres los recursos de su planeta hasta provocar un desastre que se las lleve consigo, o se destruyen quizá en guerras monstruosas o simplemente decaen sin lograr nunca capacidades de ir más allá de su entorno directo? No hay respuesta clara a esa pregunta, pero el grado de sobrevivencia en el caso de hipotéticas civilizaciones extraterrestres ha sido siempre una variable tenida en cuenta a la hora de valorar qué tan comunes o raras son.

Por el momento, que esa variable sea muy pequeña resulta plausible.

Paisaje extraterrestre. Algunos elementos de esta imagen han sido proporcionada por la NASA. Imagen: Getty Images.

Y dada la devastación medioambiental que la humanidad está actualmente desarrollando en el planeta, y la realidad de que aunque sin Guerra Fría aún existe la posibilidad de que la humanidad se aniquile así misma en un conflicto atómico, o se desplome por un trastorno climático monumental, reflexionar en la posibilidad de que civilizaciones se extingan por su propia acción o por otras razones resulta, o debería resultar, aleccionador.

Si al mirar al cielo nocturno uno se imagina que en torno a las estrellas pueden girar planetas que son los sepulcros de civilizaciones extintas, al voltear y poner los pies en la Tierra surge, o debería surgir, la convicción de preservar este mundo para que la humanidad no se añada a esa, todavía, especulativa estadística.

El pensamiento nostálgico de que la luz de las estrellas nos llega de tan lejos que algunas de ellas posiblemente se han apagado ya tiene, así, su correlato con el resplandor y el ocaso de las civilizaciones alienígenas. Si es que han existido.

O quizá existen pero guardan una discreción de magnitudes cósmicas.

Sea como sea, la vida es preciosa y única en todos sus tipos y la vida inteligente debe ser responsable para preservarse a sí misma y a todas las otras manifestaciones. En tiempos de deterioro acelerado del medioambiente y de obstinación autodestructiva, la lección de la posible vida y extinción de las civilizaciones alienígenas es contundente: la humanidad no debe sumarse a esa extraña cuenta. Estemos solos o acompañados de una u otra manera.

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