LITORAL

FRAGMENTO DE MARGUERITE YOURCENAR

Memorias de Adriano

… Mi vida había vuelto al orden, pero no así el imperio. El mundo que acababa de heredar semejaba a un hombre en la flor de la edad, robusto todavía, aunque mostrando a los ojos de un médico imperceptibles signos de desgaste, y que acabara de sufrir las convulsiones de una grave enfermedad. Las negociaciones se reanudaron abiertamente; hice correr la voz en todas partes de que Trajano en persona me las había encomendado antes de morir. Suprimí de un trazo las conquistas peligrosas, no sólo la Mesopotamia donde no habíamos podido mantenernos, sino Armenia, demasiado excéntrica y lejana, que me limité a conservar en calidad de estado vasallo. Dos o tres dificultades, que hubieran prolongado por años una conferencia de paz si los principales interesados hubieran tenido interés en dilatarla, fueron allanadas gracias a la habilidad del comerciante Opramoas, que gozaba de la confianza de los sátrapas. Traté de infundir a aquellas negociaciones todo el ardor que otros reservan para el campo de batalla; forcé la paz. La parte contraria la deseaba por lo menos tanto como yo mismo; los partos sólo pensaban en reabrir sus rutas comerciales entre la India y nosotros. Pocos meses después de la gran crisis, tuve la alegría de ver formarse otra vez a orillas del Oronte la hilera de las caravanas; los oasis se repoblaban de mercaderes que comentaban las noticias a la luz de las hogueras y que cada mañana, al cargar sus mercaderías para transportarlas a países desconocidos, cargaban también cierto número de ideas, de palabras, de costumbres bien nuestras, que poco a poco se apoderarían del globo con mayor seguridad que las legiones en marcha. La circulación del oro, el paso de las ideas, tan sutil como el del aire vital en las arterias; el pulso de la tierra volvía a latir.

La fiebre de la rebelión disminuía a su turno. En Egipto había alcanzado tal violencia que fue necesario reclutar con todo apuro milicias de campesinos a la espera de nuestros esfuerzos. Encargué inmediatamente a mi camarada Marcio Turbo que restableciera el orden, cosa que hizo con prudente firmeza. Pero el orden en las calles apenas me bastaba; quería, de ser posible, restaurarlo en los espíritus, o más bien hacerlo reinar en ellos por primera vez. Una visita de una semana a Pelusio se pasó en equilibrar la balanza entre los griegos y los judíos, eternos incompatibles. No vi nada de lo que hubiera deseado ver: ni las orillas del Nilo, ni el museo de Alejandría, ni las estatuas de los templos; apenas si hallé la manera de consagrar una noche a las agradables orgías de Canope. Seis interminables días se pasaron en la hirviente cuba del tribunal, protegido del calor de fuera por largas cortinas de varilla que restallaban al viento. De noche, enormes mosquitos zumbaban en torno a las lámparas. Trataba yo de demostrar a los griegos que no siempre eran los más sabios, y a los judíos que de ninguna manera eran los más puros. Las canciones satíricas con que esos helenos de baja ralea hostigaban a sus adversarios no eran menos estúpidas que las groseras imprecaciones de las juderías. Aquellas razas que vivían en contacto desde hacía siglos, no habían tenido jamás la curiosidad de conocerse ni la decencia de aceptarse. Los extenuados litigantes que se marchaban al final de la noche, volvían a encontrarme al alba en mi sitial, ocupado en aventar el montón de basura de los falsos testimonios; los cadáveres apuñalados que me traían como pruebas eran muchas veces los de los enfermos muertos en su cama o robados a los embalsamadores. Pero cada hora de apaciguamiento era una victoria, precaria como todas; cada arbitraje en una disputa representaba un precedente, una prenda para el porvenir. Poco me importaba que el acuerdo obtenido fuese exterior, impuesto y probablemente temporario; sabía que tanto el bien como el mal son cosas rutinarias, que lo temporario se prolonga, que lo exterior se infiltra al interior y que a la larga la máscara se convierte en rostro. Puesto que el odio, la tontería y el delirio producen efectos duraderos, no veía por qué la lucidez, la justicia y la benevolencia no alcanzarían los suyos. El orden en las fronteras no era nada sí no conseguía persuadir a ese ropavejero judío y a ese carnicero griego de que vivieran pacíficamente como vecinos.

La paz era mi fin, pero de ninguna manera mi ídolo; hasta la misma palabra ideal me desagradaría, por demasiado alejada de lo real. Había imaginado llevar a su extremo mi rechazo de toda conquista, abandonando la Dacia; lo hubiera cumplido de no haber sido una locura alterar radicalmente la política de mi predecesor; más valía aprovechar lo más sensatamente posible las ganancias previas a mi reino, y ya registradas por la historia. El admirable Julio Basso, primer gobernador de aquella provincia apenas organizada, había muerto de fatiga como yo mismo había estado a punto de sucumbir durante mi servicio en las fronteras sármatas, aniquilado por ese trabajo sin gloria consistente en pacificar todo el tiempo un país al que se da por sometido. Ordené que le hicieran funerales triunfales, que de ordinario se reservaban a los emperadores; aquel homenaje a un buen servidor oscuramente sacrificado fue mi última y discreta protesta contra la política de conquista; puesto que era dueño de suprimirla de golpe ya no tenía motivos para denunciarla en voz alta. En cambio, se imponía una represión militar en Mauretania, donde los agentes de Lucio Quieto fomentaban la agitación, pero mi presencia inmediata no era necesaria. Lo mismo ocurría en Bretaña, donde los caledonios habían aprovechado el retiro de las tropas con motivo de la guerra en Asia, para diezmar las insuficientes guarniciones fronterizas. Julio Severo se encargó allí de lo más urgente, hasta que la liquidación de los asuntos romanos me permitiera emprender aquel largo viaje. Pero yo estaba deseoso de terminar personalmente la guerra sármata en suspenso y utilizar esta vez el número necesario de tropas para dar fin a las depredaciones de los bárbaros. En esto, como en todo, me negaba a someterme a un sistema. Aceptaba la guerra como un medio para la paz, toda vez que las negociaciones no bastaban, así como el médico se decide por el cauterio después de haber probado los simples. Todo es tan complicado en los negocios humanos, que mi reino pacífico tendría también sus períodos de guerra, así como la vida de un gran capitán tiene, mal que le pese, sus interludios de paz.

Antes de remontar hacia el norte, para liquidar el conflicto sármata, volví a ver a Quieto. El carnicero de Cirene seguía siendo temible. Mi primera medida había consistido en disolver sus columnas de exploradores númidas. Le quedaba su sitial en el Senado, su cargo en el ejército regular y el inmenso dominio de las arenas occidentales que podía convertir a gusto suyo en un trampolín o en un asilo. Me invitó a una cacería en Misia, en plena selva, y tramó un accidente en el cual, de haber tenido menos suerte o menos agilidad física, hubiera perdido seguramente la vida. Pero era preferible aparentar que no sospechaba nada y esperar con paciencia. Poco más tarde, en la Moesia Inferior, en momentos en que la capitulación de los príncipes sármatas me permitía pensar en el pronto retorno a Roma, un cambio de mensajes cifrados con mi antiguo tutor me hizo saber que Quieto, luego de volver presuroso a Roma, acababa de conferenciar con Palma. Nuestros enemigos fortificaban sus posiciones, organizaban sus tropas. Mientras tuviéramos en contra a aquellos dos hombres, ninguna seguridad sería posible. Escribí a Atiano para que obrara con rapidez. El anciano golpeó como el rayo. Fue más allá de mis órdenes, librándome de una sola vez de todos mis enemigos declarados. El mismo día, con pocas horas de diferencia, Celso fue ejecutado en Bayas, Palma en su villa de Terracina y Nigrino en Favencia, en el umbral de su casa de campo. Quieto pareció en ruta, al salir de un conciliábulo con sus cómplices, junto al carruaje que lo traía de vuelta a la ciudad. Serviano, mi anciano cuñado, que aparentemente se había resignado a mi fortuna pero que acechaba ávidamente mis pasos en falso, debió de sentir una alegría que sin duda fue la mayor voluptuosidad que tuvo en su vida. Los siniestros rumores que corrían acerca de mí hallaron nuevamente oídos crédulo.

Recibí estas noticias a bordo del navío que me traía a Italia. Me aterraron. Siempre es grato saberse a salvo de los adversarios, pero mi tutor había demostrado una indiferencia de viejo ante las consecuencias de su acto; había olvidado que yo tendría que vivir más de veinte años soportando los resultados de aquellas muertes. Pensaba en las proscripciones de Octavio, que habían manchado para siempre la memoria de Augusto, en los primeros crímenes de Nerón seguidos de tantos otros. Me acordaba de los últimos años de Domiciano, aquel hombre mediocre pero no peor que otros, a quien el miedo infligido y soportado había privado poco a poco de forma humana, muerto en pleno palacio como una bestia acosada en los bosques. Mi vida pública me escapaba ya: la primera línea de la inscripción contenía algunas palabras, profundamente grabadas, que no podría borrar jamás. El Senado, ese vasto cuerpo débil, pero que se volvía poderoso apenas se sentía perseguido, no olvidaría nunca que cuatro hombres salidos de sus filas habían sido ejecutados sumariamente por orden mía; tres intrigantes y una bestia feroz pasarían por mártires. Ordené a Atiano que se me reuniera en Bríndisi, para darme cuenta de sus actos.

Me esperaba a dos pasos del puerto, en una de las habitaciones del albergue que miraba hacia el oriente, y donde antaño había muerto Virgilio. Se asomó cojeando al umbral para recibirme; sufría de una crisis de gota. Tan pronto quedamos solos, estallé en reproches. Un reino que deseaba moderado, ejemplar, comenzaba por cuatro ejecuciones, de las cuales sólo una era indispensable; con peligrosa negligencia, se las había cumplido sin rodearías de formas legales. Aquel abuso de fuerza me sería tanto más reprochado cuanto que traería en el futuro de ser clemente, escrupuloso o justo; solo emplearía para probar que mis supuestas virtudes no pasaban de una serie de máscaras y para fabricarme una leyenda de tirano que quizá habría de seguirme hasta el fin de la historia. Confesé mis temores: no me sentía más exento de crueldad que de cualquier otra tara humana; aceptaba el lugar común según el cual el crimen llama al crimen y la imagen del animal que ha conocido el sabor de la sangre. Un antiguo amigo cuya lealtad me había parecido segura, se emancipaba aprovechándose de las debilidades que había creído notar en mí; so pretexto de servirme, se las había arreglado para liquidar una cuestión personal con Nigrino y Palma. Comprometía mi obra de pacificación; me preparaba el más negro de los retornos a Roma.

El anciano pidió permiso para sentarse, y apoyó en un taburete su pierna vendada. Mientras le hablaba, cubrí con una manta su pie enfermo. Me escuchaba con la sonrisa de un gramático que observa cómo su alumno sale del paso en un recitado difícil. Al terminal, me preguntó tranquilamente qué había pensado hacer con los enemigos del régimen. Si era necesario, se probaría que los cuatro hombres habían tramado mi muerte; en todo caso tenían interés en ella. Todo paso de un reino a otro entraña esas operaciones de limpieza; él se había encargado de ésta para dejarme las manos libres. Si la opinión pública reclamaba una víctima, nada más sencillo que quitarle su cargo de prefecto del pretorio. Había previsto esa medida y me aconsejaba tomarla. Y si se necesitaba todavía más para tranquilizar al Senado, estaría de acuerdo en que yo llegara hasta el confinamiento o el exilio.

Atiano había sido ese tutor al que se le pide dinero, el consejero en los días difíciles, el agente fiel, pero por primera vez miraba yo atentamente aquel rostro de mejillas cuidadosamente afeitadas, aquellas manos deformes que se apoyaban calmosas sobre el puño en un bastón de ébano. Conocía bastante bien los diversos elementos de su próspera existencia: su mujer, que tanto quería y cuya salud reclamaba cuidados, sus hijas casadas, sus nietos, para los cuales sentía ambiciones modestas y tenaces a la vez, como lo habían sido las suyas propias; su amor por los platos finos; su marcado gusto por los camafeos griegos y las danzarinas jóvenes. Pero me había dado prioridad frente a todas esas cosas; desde hacía treinta años, su primer cuidado había sido el de protegerme, y más tarde el de servirme. Para mí, que hasta entonces sólo había preferido ideas, proyectos, o a lo sumo una imagen futura de mí mismo, aquella trivial abnegación de hombre a hombre me parecía prodigiosamente insondable. Nadie es digna de ella, y sigo sin explicármela. Acepté su consejo: Atiano perdió su puesto. Una fina sonrisa me mostró que esperaba que lo tomara al pie de la letra. Sabía bien que ninguna solicitud intempestiva hacia un viejo amigo me impediría adoptar el partido más sensato; aquel político sutil no hubiera deseado otra cosa de mí. Pero no había por qué exagerar la duración de su desgracia; después de algunos meses de eclipse, conseguí hacerlo entrar en el Senado. Era el máximo honor que podía otorgar a un hombre de la orden ecuestre. Tuvo una vejez tranquila de rico caballero romano, gozando de la influencia que le daba su profundo conocimiento de las familias y los negocios; muchas veces fui su huésped en su villa de los montes de Alba. No importa: tal como Alejandro la víspera de una batalla, yo había sacrificado al Miedo antes de mi entrada a Roma. Suelo contar a Atiano entre mis víctimas humanas...

NTX/RML/LIT19