La liberación de los presos políticos en Nicaragua debe ser una meta universal | Opinión

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Años atrás el tirano Daniel Ortega se jactaba de que en su administración no había presos políticos, lo decía con cierto aire de gloria estigmatizada, falsa mesura de auto sinceridad y retórica propagandística, ya que sostenía que él lo había sido durante el somocismo.

No recuerdo donde lo leí o lo escuché pero de lo que estoy seguro es de que fue antes de la sublevación del 18 de abril de 2018. Esas palabras antipresidio fueron a parar al archivo de la amnesia pues desde esa fecha a la actualidad se ha encarcelado a cuanto ciudadano se oponga a sus designios, por el hecho de protestar en las calles, pidiendo democracia y libertad. Los hay también por portar una banderita nacional.

Y lo dicho por Ortega no era cierto. Nunca fue cierto. Desde los primeros días del publicitado triunfo del sandinismo en julio de 1979, las cárceles empezaron a llenarse de cuando somocista, allegado, simpatizante o simple trabajador del gobierno liberal derrocado, fuera acusado.

Se crearon los llamados “Tribunales Populares Antisomocistas”, en los que trabajaron renombrados profesionales del Derecho y por la tinta negra de tantas noches de cuchillos largos ahí fueron acusados, encarcelados, fugados, asesinados un sin fin de nicaragüenses que si bien es cierto en algunos casos habían pertenecido a las filas del Partido Liberal o burócratas del Gobierno, no eran criminales ni delincuentes y por lo tanto no merecían las acusaciones de las que eran señalados.

En esos días también cualquier chivato con ínfulas revolucionarias que por envidia o insidias personales denunciara a cualquier vecino de agente del sistema derrumbado, con absoluta y plena seguridad tenía sus horas en libertad contadas para ser parte de ese abultado y siniestro sistema de aplicación de justicia sandinista.

Para ser objetivos, estos temas de enjuiciamientos y encarcelamientos de parte de la revolución sandinista han sido menos conocidos que el caso de revoluciones como la de Cuba, donde ahí el propio Che Guevara les hizo el favor a muchos gatilleros.

Ahora cuando estamos comenzando el año 2022 existen en Nicaragua unos 200 presos políticos, (más el país entero para ahorrarnos palabras), de los cuales siete de ellos fueron precandidatos presidenciales, hecho que también se suma a las incontables y reiteradas violaciones cívicas y de Derechos Humanos cometidas por Daniel Ortega.

Quizás ellos no hayan sido las mejores cartas para ocupar la silla presidencial, quizás sí, pues en Nicaragua se cuecen habas y más que habas. Sin embargo todos ellos estaban en su derecho constitucional para competir y ganar limpiamente las elecciones, riesgo que “el Comandante” no iba a correr. Y así, uno a uno fueron cayendo presos.

En un país como Nicaragua donde las espuelas del atavismo del chisme justificado o no están a la orden del día, todos ellos de una u otra forma enfrentaban cierto pasado político que los contraponía ante la vastedad incierta de la llamada “opinión pública”, lo que viene a ser normal por parte de aquellos que desde jóvenes incursionan en la política.

Digamos que todos estos precandidatos presos mordieron la manzana al cometer algún pecadillo pasado.

Por ejemplo, a Cristiana muchos le achacaban desde inicios de sus aspiraciones, que no le convenía ser candidata por haber sido esposa de Antonio Lacayo, exministro de la Presidencia de su suegra Doña Violeta de Chamorro; otros le endilgaron a Noel Vidaurre que ya estaba viejo (64 años) y que por venir de las filas del Partido Conservador estaba “desfasado” ante los tiempos modernos; a Arturo Cruz, ese niño travieso que juega varias aguas entre ellas embajador de Ortega en Washington de 2007 a 2009 al inicio del segundo período; a otros como Miguel Mora su parcializado periodismo de antaño sandinista, a Medardo Mairena su incapacidad administrativa por su origen campesino, a Juan Sebastian Chamorro por llevar dicho apellido de mucha influencia desde los orígenes de la República y a Félix Maradiaga, ese brioso politólogo con desmesurados colmillos presidencialistas.

Ninguno de estos señalamientos justifica el presidio para ellos. No son terroristas como los acusa cobardemente el tirano, ni son responsables de ningún crimen en sus actuaciones.

La deuda ahora, tanto del pueblo de Nicaragua, de la Comunidad Internacional (aún desatenta ante los acontecimientos) y de los gobiernos amigos de Nicaragua, es para con ellos, hasta lograr su libertad y la reivindicación de sus derechos. ¿Presos políticos en Nicaragua? Si. Auténticos presos de la Revolución Popular Sandinista.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos.

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