Cuando Lewis Hamilton dice que le falta hambre, lo que quiere es comida

Guillermo Ortiz
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IMOLA, ITALY - NOVEMBER 01: Lewis Hamilton of Mercedes and Great Britain  during the F1 Grand Prix of Emilia Romagna at Autodromo Enzo e Dino Ferrari on November 01, 2020 in Imola, Italy. (Photo by Peter Fox/Getty Images)
Photo by Peter Fox/Getty Images

El Gran Premio de Emilia Romagna (el circuito de Imola de toda la vida) dejó una noticia rutinaria y otra más sorprendente. La rutinaria fue la victoria de Lewis Hamilton, con la que deja atrás a Michael Schumacher en la clasificación histórica de carreras ganadas. La sorprendente, aunque quizá no tanto, fueron las insinuaciones del británico en rueda de prensa de que podría estar pensando en una retirada -no se sabe si temporal- de la Fórmula Uno. Hamilton, que lleva ya ocho temporadas en la escudería alemana, tiene pendiente una renovación de contrato que todo el mundo da por hecho... excepto él mismo.

El problema aparente tiene que ver con la posible decisión del director del equipo, Toto Wolff, de abandonar Mercedes al final de temporada. Wolff dice echar de menos la “vida normal”, la familia, los amigos, frenar un poco del ritmo frenético de la competición sobre cuatro ruedas. Preguntado por esta posibilidad, Hamilton dijo comprenderle y soltó un enigmático “no sé ni si yo mismo estaré aquí el año que viene”. A sus 35 años -casi 36-, es comprensible que el inglés se plantee colgar el casco: lleva ganando carreras desde 2007, en breve va a conseguir su séptimo campeonato, y cada vez quedan menos retos estadísticos que le motiven.

En ese sentido, la falta de “hambre” sería lógica, incluso compatible con sus esfuerzos y quejas extradeportivas, donde parece que centra ahora mismo la mayor parte de su energía, teniendo en cuenta que en pista se le exige más bien poco. Ahora bien, conocemos demasiado a Hamilton y a su ego -todo gran campeón tiene uno enorme- como para pensar que es del todo sincero en estas afirmaciones. Sí, la vida normal, claro. Pero si uno quiere irse, coge y se va. Lo anuncia un día y se toma un respiro sabiendo que, en fin, igual que Fernando Alonso o el propio Schumacher en su momento, lo mismo en tres años le da por volver y siempre va a haber una escudería interesada en sus servicios.

Hacer públicas estas reflexiones y con el tono en el que lo dijo sonaba a maniobra para negociar un contrato mejor. Hay que tener en cuenta que a partir de 2021 se empiezan a incorporar una serie de nuevas medidas para intentar equilibrar el nivel de la competición... y luchar contra los estragos que el coronavirus, la cancelación de numerosos grandes premios y la ausencia de público en el resto, está provocando en los distintos equipos. En resumen, no hay un duro y la FIA es consciente de ello. No hay emoción y la FIA quiere acabar con este dominio absoluto de una escudería que va a ganar su séptimo campeonato consecutivo tanto en pilotos como en constructores.

Que a Hamilton le incomoda esto lo sabemos desde el día en el que culpó directamente al órgano directivo de perjudicarle con una sanción algo estricta pero reglamentaria. Aquello resultó un lamento algo exagerado para alguien que lleva 85 puntos de ventaja sobre el segundo y ha ganado nueve de las trece carreras disputadas. Hamilton está a disgusto, pero, ¿cuándo no lo ha estado? El disgusto parece el motor de su ambición, de su éxito, a veces recuerda al Michael Jordan de “The Last Dance”, dispuesto a tomarse todo como una afrenta personal con tal de mantener la motivación. Pensar en un futuro con un nuevo contrato que probablemente no esté a la altura de lo que él cree que merece y sin un coche claramente dominador puede darle una cierta pereza.

Ahora bien, si Mercedes viene con el dinero, la historia se acaba. O, quizá, si viene otro. Puede que lo que haya hecho Hamilton en Imola sea simplemente ponerse en una subasta que cree que acabará ganando. Nada apunta a que en 2021, tras el retraso de buena parte de las medidas deportivas que se iban a implantar, Mercedes no siga siendo el mejor coche de la parrilla, pero todos confiamos en que al menos se vea una cierta emoción. Todos menos Hamilton, claro. Cuando uno es heptacampeón del mundo y un icono popular en el mundo de la moda, puede permitirse determinados órdagos: no solo a su equipo, insisto, sino al sistema en sí.

Tal vez, después de todo, el mensaje de Hamilton vaya dirigido a la mismísima FIA: “No os paséis de listos, porque yo soy vuestra imagen y me puedo marchar en cualquier momento. Yo ya no os necesito. Vosotros a mí, sí”. Todo lo que ha dicho Lewis a lo largo de su carrera ha sido con intención, premeditado y en busca de una reacción por parte de alguien. No necesita amenazar, le basta con plantarse. Cuando insinúa que le falta “hambre” para seguir compitiendo, en el fondo lo que está pidiendo es comida. Si esa comida es para él o si quiere compartir parte con Wolff, sin el que no se entiende nada de lo que ha pasado en la Fórmula Uno, es algo que está por determinar. Lo que cuesta creer es que, llegado al séptimo, Hamilton no aspire al octavo. No es esa clase de piloto. No es, siquiera, esa clase de persona.

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