La lenta y silenciosa agonía de los objetos culturales

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Resignamos la posesión de nuestros objetos culturales en nombre de la practicidad. En la imagen, el cabezal y la cápsula de una bandeja giradiscos de vinilos
SHUTTERSTOCK

De la misma forma en que el diskette desapareció de las PC luego de unos 20 años de servicio (Dell anunció en 2003 que sus nuevas computadoras ya vendrían sin diskettera), la unidad para CD y DVD se va convirtiendo en una rareza. Pero mientras al diskette casi nadie lo echó de menos, los discos ópticos guardan para nosotros un tesoro, la música. Contienen también películas, y a los fines de esta columna pueden poner el cine en la misma categoría. Como sea, desde la disrupción de iTunes a la que le siguió la del streaming, los discos están pasando lentamente a la historia.

Esperen, no empiecen a juntar piedras todavía. Cuando me mudé, en 2015 (y luego de nuevo en 2017) me ocupé de transportar unos 4000 libros (libros de papel) y entre 600 y 1000 discos compactos, más un número indeterminado de vinilos y discos de pasta (que en conjunto pesan lo mismo que la pirámide de la Plaza de Mayo). Así que la idea de que los discos pasen a la historia no me gusta ni un poco. Pero esto no tiene nada que ver con la nostalgia. Tiene que ver con la propiedad privada.

La cuestión con la desaparición del disco tiene dos derivaciones. Por un lado, está la cuestión de la experiencia auditiva. Normalmente asociamos esto con la calidad, pero dejemos esa palabra de lado por un rato. Cuando me suscribí a Tidal descubrí que hacía al menos veinte años que había ido perdiendo lo mejor de la experiencia musical. Los MP3 y sus equivalentes en iTunes y Spotify me habían robado algo que para los algoritmos de compresión como MP3 es descartable, pero que los oídos perciben y que el cerebro procesa como parte de lo que llamamos escuchar música. Durante los últimos meses me he pasado todo el día con auriculares de estudio recuperando todo ese tiempo perdido. Además, anoten, borré todos los MP3 que había obtenido de mis discos compactos y –como hacen algunos amigos igual de obsesivos desde hace años– ahora solo oigo archivos en calidad de CD. Ocupan mucho lugar, pero es el mejor uso que le he dado al almacenamiento en disco desde que tengo computadoras.

Trasplante óptico

Muy bien, y qué hago con mis compactos. ¿Los convierto todos a archivos WAV o FLAC? Sí, sería lo ideal, pero son muchos y gran parte de eso está ahora en Tidal y Apple Music y, se supone que en algún momento de este año, llegará también a Spotify en calidad de compacto. Así que puedo volver a escuchar música como nunca debí dejar de hacerlo. Hay un problema acá, que analizaré después. Pero primero otro asunto. La mayoría de mis discos está en las plataformas de streaming. Pero no todos. Así que vamos a esos ejemplares raros, tal vez pocos, tal vez muchos, que ya no se consiguen. Y que es muy improbable que vayas a conseguir otra vez.

Por ejemplo, hace mucho que vengo buscando online una de las primeras versiones de la Novena de Beethoven en CD, de un sello ya desaparecido, Telarc. La historia de la Novena y los CD es deliciosa, y la conté aquí, y además esa edición fue uno de los primeros once CD que tuve, en 1986. Por lo tanto, es un disco importante para mí. ¿Está en las plataformas? No. ¿Parecidos? Sí. Pero en música, sobre todo en música clásica, parecido no es igual.

La solución parece simple: extraer la música del disco (que conservo, y está sano), guardarla en calidad de CD y hacer los backups correspondientes. Los compactos ya habían destrozado toda la belleza gráfica de los vinilos, así que no se perdía mucho por ese lado. Sí, OK, ¿pero qué va a pasar cuando ya no haya más lectoras de CD?

Eso fue lo que experimenté estos días, cuando la lectora de mi computadora principal hizo un ruidito raro y, después de muchos años de ofrecer servicios impecables, pasó a mejor vida. Previsor, había ido guardando lectoras internas, para el día en que ocurriera esto. Pero pasó tanto tiempo que ya no eran compatibles. Intenté con un motherboard vintage, pero no tenía ganas de arrancar. Cosas que pasan, uno se acostumbra.

Por lo tanto, rebusqué entre la pila de notebooks que se han ido poniendo añejas y encontré mi querida Dell roja, pesada como un tanque de guerra e igual de robusta. Pero la lectora de disco ópticos no parecía estar funcionando. Las demás ni siquiera tenían este dispositivo. Entonces di con una HP cuyo disco duro es de 1 TB (bien), pero tan lento que vuelve a la máquina inutilizable.

Así que le saqué a la Dell su disco de estado sólido (que a su vez le había sacado a otra máquina, hace un tiempo). Luego desarmé HP y reemplacé su disco de 1 TB por el de estado sólido. Antes de este trasplante tardaba casi 5 minutos en arrancar (5 minutos de verdad); ahora lo hacía en 5 segundos. Y tenía lectora de discos ópticos. Le puse un Linux y salí andando. Datito: prueben fre:ac, un excelente conversor y extractor de música que anda en Windows, macOS y Linux y que demostró ser excepcionalmente preciso.

Luego de extraer el audio de varios discos que ya no se consiguen y que muy probablemente nunca aparezcan en las plataformas de streaming (grabaciones históricas de María Yudina y Jascha Heifetz, por ejemplo), accedí a la notebook mediante la red local y copié los archivos a los discos más espaciosos de mi computadora principal (4 terabytes en total), para liberar a la HP, que seguirá cumpliendo este rol hasta que se queme el láser de la lectora. Con Foobar2000 –mi reproductor favorito– recuperé esos compactos que estuvieron muy cerca de quedar sellados para siempre dentro de sus bonitas jewel boxes.

Los míos, los tuyos, los nuestros

La otra estribación de este asunto es mucho más sensible y, a largo plazo, más importante. Dije arriba que casi toda mi discoteca está hoy online. Era obvio que esto iba a ocurrir. Y también anticipé en su momento que algún día tendríamos esas obras en calidad de CD. Es práctico, es cómodo, es el presente y es por ahora buena parte del futuro. Además, levantarse, buscar y encontrar un disco en los estantes, ponerlo en la bandeja del reproductor, apretar Play y tener que levantarse a cambiarlo luego de, máximo, 74 minutos, es un engorro. En Tidal puedo poner cinco horas de Martha Argerich con un solo clic.

La cuestión es cuánto sacrificamos para obtener este grado de confort. Daré un ejemplo muy concreto. Compré Selling England by the pound, de Genesis, en algún momento de mi adolescencia. Luego volví a comprarlo, pero esta vez en CD. Más tarde, en una disquería encontré una edición remasterizada. Soy débil en este aspecto. Así que también la compré. ¿Pero cómo escuché este disco durante los últimos años? En Spotify. O sea, volví a pagarlo. Y ahora, otra vez en calidad CD y remasterizado, en Tidal. Que también pago.

Entiéndase bien. No se trata de dinero. O no solo de dinero (es un hecho que he pagado por la misma obra al menos tres veces; ¿por qué?). Pero hay una pregunta más profunda aquí: ¿qué son los libros y los discos? ¿Son solo cosas, objetos? ¿O son algo diferente? ¿Solo soportes? No parecen ser simples objetos, como un florero o una cuchara. O máquinas. Es verdad que una cosa-cosa puede tener un valor que trasciende su ser cosa. Ese florero puede haber sido de mi madre, y entonces estará cargado de una emocionalidad que no solo le proporciona un valor que de otro modo no tendría, sino que también altera su condición de cosa-cosa.

Pero con los discos y en particular con los libros, que no necesitan de ninguna maquinaria para funcionar, esa condición es intrínseca, los define. El concepto de soporte le queda ridículamente chico a un libro o a un disco; si no entendés esto, probá de decirle a tu cónyuge que le “tenés mucho cariño”, y después me contás.

Podemos usar la etiqueta “objeto cultural”, pero de forma provisoria, porque es problemática. Cualquiera sea el nombre que le elijamos, poseemos objetos culturales. La música puede ser de Genesis, pero ese disco es mío. Salvo en escenarios muy distópicos, autoritarios, soviéticos y mesiánicos, es muy improbable que alguien decida entrar a mi casa a quitarme uno de mis objetos culturales. Pero en 2009, Amazon borró de sus Kindle la novela 1984, de George Orwell, porque había habido un malentendido con la editorial. Y hace dos años, Spotify eliminó de mi discoteca un disco de Bill Evans, por motivos semejantes (luego de varios meses, lo restituyó; pero claramente nada de esto te deja tranquilo, cuando libros y discos están entre tus posesiones más valiosas).

Hemos resignado nuestra propiedad sobre objetos culturales que atesoramos en nombre de la practicidad. Me pregunto –y me lo pregunto de verdad, no es retórica pomposa ni sarcasmo mal disimulado– si acaso no es un costo demasiado alto. Sé que nos vamos de este mundo, y sé que no podemos llevarnos nada material. Tampoco nuestros libros y nuestros discos. Pero sé que pueden darse en herencia o donarse. ¿O ya tampoco es así?

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