Lenguaje inclusivo. ¿Incorporación de todas las identidades o imposición ideológica?

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En las escuelas porteñas de gestión pública y privada se prohibió el uso del lenguaje inclusivo
En las escuelas porteñas de gestión pública y privada se prohibió el uso del lenguaje inclusivo

Estimadas/os: Conviene hacer algunas precisiones sobre lo que se suele llamar “lenguaje inclusivo”, pero desde el punto de vista de un planteo antropológico y sin intención de entrar en las pujas políticas, siempre interesadas.

Por una parte, se habla de lenguaje “inclusivo” cuando se procura incorporar y visibilizar a las mujeres. Ellas tradicionalmente tuvieron que conformarse con estar bajo el paraguas masculino de expresiones genéricas como “el hombre”, “el trabajador”, etc. En algunos idiomas se complica más, como ocurre en el italiano. A una mujer abogada se le llama “l’avvocato Martini” (el abogado Martini). Pero si más de la mitad de la humanidad son mujeres, es razonable que estén visibilizadas en el lenguaje. Podemos expresar mejor que tienen exactamente la misma dignidad y los mismos derechos que los varones.

En este sentido, la expresión “todos y todas” que años atrás nos sonaba novedosa, ahora se ha generalizado en los discursos políticos de distintos partidos. En el ámbito eclesiástico esto no debería llamar la atención. Ya los dos Papas anteriores han usado normalmente la expresión “fratelli e sorelle”. Es que esta delicadeza hacia las mujeres no plantea dificultad alguna para una cosmovisión cristiana, porque incorpora la clásica distinción biológica entre varón y mujer, macho y hembra. Desde este punto de vista, el llamado lenguaje “inclusivo” solo puede generar escozor en algunos puristas de la lengua.

¿Quién inventó el lenguaje inclusivo?

Otra cosa es cuando este lenguaje quiere ser “no binario”. Es decir, cuando impone eliminar la distinción “varón-mujer” y pretende incorporar todas las identidades posibles, cosa que en la práctica es inviable. En el fondo, la intención no parece ser la de “incorporar a todos” sino la de hacer desaparecer la concepción misma de “varón-mujer”. Se busca que lo que se llamaba “sexo” deje lugar a una construcción personal que “fabrica” la identidad que a cada uno se le ocurre. Por esa razón borran de la lengua la palabra sexo y solo utilizan la expresión “género”. Esto crea más dificultades a quienes pensamos que no construimos nosotros toda la realidad, sino que hay cosas que nos han sido dadas, que son previas a nosotros. Hay una base sobre la cual uno puede construir, pero siempre se parte de un don recibido.

Si de verdad la intención fuera incorporar a todos, nada sería suficiente. No bastaría decir “todes”, ni usar la arroba, ni la equis. Siempre algunos no se sentirían contenidos ni plenamente expresados. Por ejemplo, quienes pertenecen a la minoría mapuche podrían decir que ese lenguaje no los incorpora y podrían exigir que se utilice una expresión propia de su idioma en los discursos oficiales. La complicación del lenguaje no tendría fin. Además, muchas personas simples empezarían a sentirse culpables cada vez que abran la boca frente a una élite que les impone aprender esta nueva lengua inclusiva más difícil que el alemán.

Todavía tenemos que crecer mucho en el respeto mutuo, en la valoración de cada persona con sus diferencias, en la superación de las discriminaciones tantas veces violentas y cancelatorias. Cada uno habla como quiere y la evolución del lenguaje no se controla. Pero destrozar el idioma y pretender que todos se sometan a una determinada ideología solo podrá ser contraproducente y, por la ley del péndulo, ocasionará más intolerancia y crispación.

El autor es el arzobispo de La Plata

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