El legado del juicio político de Donald Trump: extremismo violento

Lisa Lerer
·5  min de lectura
Las puertas de vidrio rotas de la Cámara de Representantes en el Capitolio en Washington, el 12 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times).
Las puertas de vidrio rotas de la Cámara de Representantes en el Capitolio en Washington, el 12 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times).

Fue un momento extraordinario.

Cuando una turba de alborotadores irrumpió en los pasillos del Senado, Eugene Goodman, oficial de la policía del Capitolio, pasó corriendo cerca del senador Mitt Romney y le ordenó de manera frenética que buscara un refugio. El exnominado presidencial por el Partido Republicano se echó a correr en la dirección opuesta. Es muy probable que tuviera una razón para correr: el día anterior, los simpatizantes de Trump habían abucheado y acosado a Romney de camino a Washington, coreando: “Traidor, traidor, traidor” en un avión concurrido.

El mundo había visto muchas imágenes de ese doloroso día. Sin embargo, casi todas se enfocaban en los atacantes mismos. Durante el juicio político contra Donald Trump en el Senado, vimos un nuevo ángulo: miembros del Congreso corriendo por sus vidas.

Escuché casi todos los momentos del juicio mientras me movía por mi apartamento con el correr de las horas. Primero estuve en mi sala y lo vi en televisión. Luego en mi cocina, lo escuché en la radio mientras me preparaba más café. Y después en mi computadora en la habitación cuando mis hijos llegaron a casa, así pude evitar explicarles por qué exactamente esas personas estaban rompiendo ventanas con astas de bandera y todas las demás preguntas que —pese a la presentación detallada— yo aún no podía responder con mucha seguridad. Preguntas como si todos ellos irán a la cárcel y si todos de verdad están a salvo ahora.

Esta última pregunta es la que aún está en el aire. ¿Acaso este momento sin precedentes en la historia de Estados Unidos marcará el inicio del final para una era particularmente violenta? ¿O el final del inicio?

En el juicio que culminó con la exoneración de Trump el sábado, los gestores de la Cámara de Representantes trataron de demostrar cómo cosas que antes parecían extraordinarias ahora se habían vuelto elementos estándar de combate político. Como la consigna “Enciérrenla” y la violencia en las manifestaciones políticas… sí, tanto en la derecha como en la izquierda.

“En 2017, a muchos de nosotros nos parecía impensable que algo como el atentado de Charlottesville pudiera suceder”, les dijo a los senadores la representante demócrata por Colorado, Diana DeGette, una de los gestores. “Sinceramente, ¿qué otros horrores impensables nos esperan si no alzamos la voz y decimos: ‘No, esto no es Estados Unidos’?”.

Pero, ¿qué tal si esa pregunta ya ha sido contestada? El extremismo que floreció durante el gobierno de Trump se ha impregnado en nuestra política.

Robert Pape, especialista en violencia política en la Universidad de Chicago, analizó los antecedentes y las declaraciones de casi 200 atacantes del Capitolio. Su análisis reveló que la mayoría eran personas de mediana edad y de clase media o alta. Muchos tenían buenos empleos. Casi todos —el 89 por ciento— no parecían estar afiliados a alguna organización militante conocida.

“El asalto al Capitolio puso de manifiesto una nueva fuerza en la política estadounidense: no una mera mezcla de organizaciones de derecha, sino un movimiento político masivo más amplio que se centra en la violencia y adquiere fortaleza incluso de lugares en los que los partidarios de Trump son una minoría”, escribió Pape en The Atlantic.

Esa fuerza no parece estar próxima a retroceder: hace dos semanas, el Departamento de Seguridad Nacional emitió una inusual alerta por terrorismo que declaraba que los extremistas violentos fueron envalentonados por el motín y motivados por “la transición presidencial, así como otros sucesos que perciben como agravios debido a falsas narrativas”.

Existen indicios de que estos actos violentos cuentan con el apoyo de algunos estadounidenses, sobre todo dentro del Partido Republicano. Una encuesta realizada por el American Enterprise Institute la semana pasada reveló que el 55 por ciento de los republicanos respaldan el uso de la fuerza como medio para “detener el declive del estilo de vida tradicional estadounidense”, en comparación con el 35 por ciento de los independientes y el 22 por ciento de los demócratas.

En su defensa durante el juicio político, los abogados de Trump no se enfocaron en los atacantes sino en el expresidente, con el argumento de que no había sido su intención incitar un ataque violento. Las partes de su retórica que citaron los gestores del juicio político fueron “editadas de manera selectiva” y el video fue manipulado, afirmaron. El equipo de Trump mostró montajes de video de los demócratas usando la palabra “luchar”, con lo que torturaron aún más un recurso de por sí gastado del discurso político (cabe destacar que ninguno de esos políticos estaba siendo juzgado por incitar un motín, por supuesto).

También usaron los comentarios de Trump de 2017 tras los eventos de Charlottesville, Virginia —cuando mencionó que había “personas buenas en ambos lados”— a fin de argumentar que sus palabras siempre han sido malinterpretadas. Los funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional han citado esos comentarios como un momento determinante que envalentonó a los extremistas.

Es probable que muchos republicanos en el Congreso se aprovechen de esta cuestión de intenciones. Aunque Trump ya no esté en el cargo, ir en contra del expresidente implicaría alejar a una parte significativa de la base del partido.

A la postre, el debate sobre la culpabilidad de Trump se decidirá en los libros de historia. Sin embargo, lo que siempre será indiscutible es que sus palabras tuvieron peso. La violencia extremista floreció durante su presidencia. Y desarraigar eso será una tarea nacional mucho más complicada que unos cuantos días largos en el Senado.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company