Las lecciones que hay que aprender de uno de los peores años en la vida estadounidense

David E. Sanger
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WASHINGTON — El año transcurrido entre la retirada en pánico de las oficinas y escuelas de Estados Unidos y el discurso del presidente Joe Biden el 11 de marzo por la noche, en el que celebró la perspectiva del fin de la pandemia, podría llegar a ser uno de los más trascendentales en la historia de Estados Unidos.

Un trabajador médico de emergencia conversa con el familiar de un paciente sospechoso de tener coronavirus en Paterson, Nueva Jersey, el 24 de marzo de 2020. (Chang W. Lee/The New York Times)
Un trabajador médico de emergencia conversa con el familiar de un paciente sospechoso de tener coronavirus en Paterson, Nueva Jersey, el 24 de marzo de 2020. (Chang W. Lee/The New York Times)

La gente se enteró de vulnerabilidades nacionales que la mayoría nunca había considerado y de la magnitud de la resiliencia que jamás imaginaron que necesitarían excepto en tiempos de guerra. Incluso los ataques del 11 de septiembre de 2001, con todo su horror y las dos décadas de guerras que le siguieron, no cambiaron la vida cotidiana en todas las ciudades y los pueblos de Estados Unidos de la misma manera en que lo hizo el coronavirus.

Un presidente perdió su trabajo en gran medida por manejar mal una crisis cuya escala negó en un principio. Su sucesor sabe que su legado depende de llevar la catástrofe a una rápida conclusión.

La respuesta vacilante demostró tanto lo peor de la gestión pública estadounidense como lo mejor, con la carrera de 10 meses para fabricar vacunas de la Operación Máxima Velocidad y el ritmo frenético de las vacunaciones en días recientes. El colapso económico provocado por la clausura de ciudades y pueblos alteró tanto la política que el Congreso hizo algo esta semana que hubiera sido inimaginable hace un año. Los legisladores gastaron 5 billones de dólares para sacar a la nación del agujero económico creado por el virus y, casi como una réplica de un sismo político, promulgaron una expansión de la red de seguridad social más grande que cualquiera que se haya instaurado desde la creación de Medicare hace casi 60 años.

Camino a la normalidad

Ningún país puede pasar por este tipo de trauma y no cambiar para siempre. Hubo momentos imborrables. En la primavera, llegaron las protestas por la justicia racial provocadas por la muerte de George Floyd luego de que un policía en Minneapolis se arrodillara sobre su cuello durante más de 8 minutos. El 6 de enero se produjo el ataque al Capitolio por parte de una turba insurrecta que llevó a muchos a preguntarse si la democracia estadounidense todavía era capaz de autocorregirse.

Sin embargo, el mensaje de Biden del 11 de marzo se centró en la temática de que el país finalmente se había unido en una causa común —las vacunas como el camino a la normalidad— y que de allí podría germinar la semilla de la unidad, mientras una nación aún dividida busca consuelo en millones de pequeños pinchazos en el brazo. En su discurso, Biden habló de dos fechas distintas para la esperanza: el 1.° de mayo, cuando todos los adultos en Estados Unidos serán elegibles para vacunarse, y el 4 de julio, cuando las modestas celebraciones del Día de la Independencia que se realicen podrían parecerse un poco a la vida que solíamos tener.

El presidente Joe Biden firma el "Plan de Rescate Estadounidense" en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, el 11 de marzo de 2021. (Doug Mills/The New York Times)
El presidente Joe Biden firma el "Plan de Rescate Estadounidense" en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, el 11 de marzo de 2021. (Doug Mills/The New York Times)

Su objetivo, dijo su jefe de personal Ron Klain en una entrevista, es “establecer los próximos pasos en este rescate y, ahora que logramos aprobar este proyecto de ley, saber qué vamos a hacer realmente en los próximos meses para regresar a un estilo de vida más normal en este país”.

Pensamiento neandertal”

Todos los instintos de Biden le advierten que declarar una medida para la recuperación demasiado pronto conlleva peligros. Podría iniciar una tendencia en la que los estados sigan el ejemplo de Texas y eliminen la obligatoriedad de los cubrebocas, abran restaurantes y bares demasiado rápido y se vuelvan vulnerables a un rebrote, lo cual Biden denominó “pensamiento neandertal”.

Y así lo expresó en su discurso, cuando alegó que “este no es el momento de bajar la guardia”.

“Necesitamos que todos se vacunen”, dijo, en un reconocimiento implícito de que pronto podría haber más suministros que personas dispuestas a inocularse. “Sigamos utilizando cubrebocas”, porque “vencer a este virus y volver a la normalidad depende de la unidad nacional”.

Pero el trasfondo del mensaje de Biden del 11 de marzo por la noche fue que, por primera vez, la gente puede comenzar a imaginar un mundo posterior al COVID-19. Después de un año a puerta cerrada, el gobierno puede comenzar a pensar en contener el virus hasta el punto en que no influya en todas las decisiones políticas y las familias pueden encontrar la manera de salir a cenar o visitar a los abuelos, sin preguntarse si es una decisión de vida o muerte.

Todo esto plantea la pregunta de qué cambiará de forma permanente y qué, cuando se escriba la historia de este trauma nacional, resultará haber sido recuperable. Además, ¿qué habrá aprendido el país?

El pasado nos muestra una guía mixta. Se obtuvieron muy pocas lecciones de la pandemia de 1918, un evento que la mayoría de los libros de historia pasaron por alto y del que muchos estadounidenses escucharon por primera vez en detalle un siglo después, cuando regresó a aquejar a la nación de una forma diferente. Pero en 1918, así como en 2020, el instinto del presidente fue minimizar su gravedad, al alegar la extraña lógica de que los estadounidenses se iban a desmoralizar con la verdad, a pesar de que sus familiares y amigos caían muertos a su alrededor.

El expresidente Donald Trump nunca ha sido un estudiante de la historia (a pesar de que su abuelo Frederick Trump murió de gripe en 1918) y le dijo al periodista Bob Woodward: “Siempre quise restarle importancia. Todavía me gusta minimizarlo”, porque “no quiero crear pánico”.

Nadie sabrá cuántos miles de vidas costó eso. Trump ridiculizó el uso de cubrebocas e hizo muy poco para promover la vacuna en los últimos días de su gobierno, cuando pasó del laboratorio al mercado en tiempo récord. “Solo hubo negaciones durante días, semanas, luego meses”, dijo Biden el 11 de marzo por la noche, sin mencionar a su predecesor por su nombre. “Eso provocó más muertes, más infecciones, más estrés y más soledad”.

Cuando Trump y su esposa recibieron la vacuna en enero, no lo hicieron público. Les tocó a Biden y a los miembros de su gobierno ser vacunados en vivo por televisión para alentar a aquellos estadounidenses temerosos de la vacuna.

Salvar más vidas

Otra gran lección podría ser que, cuando se organiza adecuadamente, el mismo gobierno que se movilizó para la Segunda Guerra Mundial y llevó hombres a la Luna puede, de hecho, salvar vidas a gran escala. Para el gobierno de Biden, eso significó tomar las vacunas desarrolladas en tiempo récord y diseñar un sistema de distribución vital.

La Operación Máxima Velocidad “fue una labor muy importante y no pretendo minimizarla”, dijo Klain. “Pero no había un plan sobre cómo llevar esta vacuna a los brazos de decenas y finalmente cientos de millones de estadounidenses”.

Cuando se escriba la historia de este extraño momento, es casi seguro que se le dé el crédito a Biden de haber aplicado al menos una dosis de la vacuna a una cuarta parte de la población adulta y haber vacunado por completo al 10 por ciento, en sus primeros 50 días de gobierno. Tras años en los que el gobierno fue percibido más como un impedimento para la grandeza nacional que como un vehículo de progreso, cuando aún abundan las teorías de conspiración sobre un maligno “Estado profundo”, la noche del 11 de marzo Biden puso de manifiesto que una simple demostración de competencia gubernamental era en sí misma un punto de inflexión.

“Lo que no sabemos es si eso se traduce en alentar a la gente a apoyar el servicio público o al menos a confiar en que el gobierno puede hacer algo bien”, dijo Richard Haass, diplomático desde hace mucho tiempo y en la actualidad presidente del Consejo de Relaciones Exteriores. “Tras el 11 de Septiembre, asumimos la tarea de combatir el terrorismo global. Tras el COVID-19, asumimos una tarea diferente”.

“Queda por ver si podemos aprovechar el momento actual para disminuir los efectos de la división nacional”, concluyó.

This article originally appeared in The New York Times.

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