'¿Lavarnos las manos? Algunas personas no pueden ni bañar a sus hijos durante una semana'

Evan Hill y Yousur Al-Hlou
Familias sirias desplazadas por el combate reciente en un estadio deportivo en la ciudad de Idlib, Siria, el 4 de marzo de 2020. (Ivor Prickett/The New York Times)

MAARAT MISRIN, Siria — En el noroeste de Siria, donde un millón de personas que han escapado de la guerra civil se están refugiando en campamentos lodosos de carpas y edificios abandonados, la propagación del coronavirus podría desatar un desastre incalculable en una región devastada.

Olvídense de lavarse las manos y del distanciamiento social, las medidas preventivas recomendadas por las autoridades de salud en todo el mundo.

Hay poca o nada de agua corriente en los campamentos, y hasta una decena de personas a menudo vive en la misma carpa.

“¿Quieren que nos lavemos las manos?”, preguntó Fadi Mesaher, el director de Idlib de la Fundación Maram para la Asistencia y el Desarrollo. “Algunas personas no pueden ni bañar a sus hijos durante una semana. Están viviendo al aire libre”.

Los médicos sirios creen que el virus ya ha llegado a los campamentos, con muertes y enfermedades que llevan las marcas del brote. Sin embargo, la respuesta internacional ha sido lenta o nula, de acuerdo con más de una decena de expertos y profesionales médicos sirios.

La Organización Mundial de la Salud aún no ha entregado kits de prueba de coronavirus al noroeste, una región en manos de la oposición, a pesar de haber hecho su primera entrega de este tipo de kits al gobierno sirio hace más de un mes.

Los médicos señalaron que el retraso quizá ha permitido que el virus se propague sin ser detectado durante semanas en un entorno excepcionalmente peligroso.

“Actualmente tenemos casos que son similares a la COVID-19, y ha muerto gente”, dijo Mohamed Ghaleb Tennari, quien gestiona los hospitales de la Sociedad Médica Siria-Estadounidense de la región. “Sin embargo, puesto que no tenemos la prueba, no podemos confirmar que estos casos realmente sean infecciones de coronavirus o no”.

Alrededor de tres millones de personas están atestadas en la provincia de Idlib, que ha estado fuera del control del gobierno del presidente Bashar al Asad desde 2012 y es el último tramo del país que está en manos de los rebeldes.

Las fuerzas de Al Asad y sus aliados rusos comenzaron una última misión para retomar la zona a principios del año pasado y una ofensiva renovada en diciembre por la que casi un millón de personas tuvieron que escapar de sus hogares.

Casi un tercio de ellos está viviendo en grandes campamentos o carpas, según calcula la ONU. El resto está durmiendo al lado de las carreteras, albergándose en edificios abandonados o sin terminar o compartiendo cuartos con otras familias.

Se ha impuesto un alto al fuego durante dos semanas, pero nadie espera que dure. Al Asad ha prometido continuar la ofensiva y los grupos rebeldes de la provincia han jurado resistirse.

En toda la provincia, los hospitales y centros médicos se han visto afectados por ocho años de guerra. El gobierno sirio y los aviones de guerra rusos han bombardeado y lanzado proyectiles en repetidas ocasiones a los hospitales y clínicas de las zonas tomadas por la oposición a lo largo de todo el conflicto, por lo que han muerto cientos de trabajadores del sector salud.

Desde que comenzó la ofensiva en diciembre, más de 84 hospitales y centros médicos en el noroeste se han dañado, destruido o visto obligados a cerrar, de acuerdo con la OMS.

Los que aún están funcionando no tienen los suministros necesarios.

En la ciudad de Idlib, un laboratorio en el Hospital Central está listo para hacer pruebas de coronavirus, pero no tiene los kits de prueba, dijo Naser Almhawish, coordinador de vigilancia para la Red de Alerta y Respuesta Tempranas de la Unidad de Coordinación de Asistencia, un grupo independiente.

Los médicos sirios han pedido más equipo protector, como cubrebocas y guantes, pero el primer envío de la Organización Mundial de la Salud llegó apenas el martes.

“Desafortunadamente, no tenemos zonas de cuarentena disponibles en el norte de Siria”, dijo Abd al-Razzaq Zaqzouq, un asistente de medios para la Sociedad Médica Siria-Estadounidense en el hospital. “Si hay algún caso de coronavirus en el norte de Siria, la situación será trágica”.

Los médicos de la región calculan que un millón de personas en la provincia de Idlib podrían contraer el virus, que entre 100.000 y 120.000 podrían morir y que 10.000 necesitarán la ayuda de respiradores. Hay 153 respiradores en la provincia en este momento.

“Quizá hayan visto países como Italia y China, que tienen sistemas de cuarentena, y ni siquiera ellos pudieron con la presión de todos los casos”, dijo Tennari. “Imaginen entonces la situación que viviremos nosotros, que estamos en estado de guerra y no tenemos un sistema de atención médica adecuado. Está atrofiado”.

Hedinn Halldorrson, portavoz de las iniciativas transfronterizas de la Organización Mundial de la Salud en el sur de Turquía, dijo el miércoles que la OMS espera que lleguen los kits de prueba a Idlib la siguiente semana. Dijo que no sabía cuántos kits se enviarían o exactamente cuándo llegarían. Mientras tanto, pueden enviarse muestras a laboratorios en Turquía, comentó.

También dijo que pronto se montarían puntos de revisión fronterizos y que se entregaría más equipo de protección, aunque no sabía cuándo ni cuántos.

El domingo, la Dirección de Salud de Idlib, un organismo de la oposición, dijo que había una “alta probabilidad de que se propagara un brote pandémico en las zonas liberadas en el futuro muy próximo, si es que no está ocurriendo ya en este momento”.

Emitió recomendaciones, incluyendo cerrar las escuelas y universidades que siguen abiertas; cerrar cafeterías y restaurantes con excepción de los servicios para llevar; detener los grupos de oración, las visitas sociales y los viajes innecesarios; además de consejos sobre cómo estornudar y toser, lavarse las manos y limpiar los espacios.

No obstante, la mayoría de estas recomendaciones son imposibles en los campamentos de carpas.

“Si hay alguien mayor o cualquier enfermo, no veo cómo podrán aislarse”, dijo Michel Olivier Lacharité, coordinador de crisis para Médicos Sin Fronteras.

En el campamento de Atmeh, que está justo pegado a la frontera turca a 50 kilómetros al norte de la ciudad de Idlib, las aguas residuales corren de manera abierta en las carreteras, y no hay servicio de recolección de basura regular.

Amina Alkaeed, que vive ahí con su esposo, sus padres y una hija de 10 meses, dijo que su esposo había construido un baño para su pequeña casa pero que, cerca de ahí, hasta 40 personas usaban cinco baños sin lugar donde lavarse las manos.

Las mujeres se reúnen todos los días para llenar jarrones de agua en un tanque y recoger pan.

“Y ese pan está envuelto en una bolsa”, dijo. “Esa bolsa podría tener el virus. Entonces, el virus se transmitirá a esas personas”.

La clínica del campamento es pequeña, está atestada y sobrecargada. Los trabajadores de auxilio que han venido a educar a los residentes del campamento no han usado cubrebocas ni guantes ni se han desinfectado las manos, comentó.

“Este virus puede matar a más personas en un mes aquí en el norte de Siria de las que el régimen ha asesinado en los últimos diez años”, agregó.

Esta semana, el grupo sirio de auxilio Violet sostuvo sesiones de capacitación para alrededor de 40 enfermeras y conductores de ambulancias que estarán en la línea de batalla de los servicios de respuesta de Idlib.

Violet planea organizarlos en dos equipos: los que den consejos, así como canastas con jabón, panfletos y antibacterial para manos, y los que transporten a las personas que posiblemente tengan el virus. Sin embargo, una demanda global de antibacterial ha provocado que Violet no pueda comprar mucho, dijo Fouad Issa, fundador de Violet.

Si, como se espera, los casos comienzan a expandirse exponencialmente, rápidamente se verán abrumados.

Los trabajadores médicos y de auxilio temen que, incluso cuando finalmente lleguen los kits de prueba y el equipo de protección, quizá sea demasiado poco y demasiado tarde.

“Si, Dios no lo quiera, el coronavirus entra a esta zona”, dijo Mesaher de la Fundación Maram Foundation, “entonces, será la tragedia más grande”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company