¿Qué hay en esa lata de galletas? El costurero de mamá y muchos recuerdos

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Folu Akinkuotu siente una profunda nostalgia por recipientes como los de Country Crock, que su familia usaba para guardar el arroz jollof y el estofado egusi. (Kayana Szymczak/The New York Times)
Folu Akinkuotu siente una profunda nostalgia por recipientes como los de Country Crock, que su familia usaba para guardar el arroz jollof y el estofado egusi. (Kayana Szymczak/The New York Times)

El tuit cosechó fama en internet. Un par imágenes, una al lado de la otra: dos latas azules de Royal Dansk, una llena de galletas de mantequilla con azúcar en envoltorios blancos, junto a una lata idéntica con un surtido mucho menos tentador de botones e hilo. Debajo de la primera imagen decía: “Mis planes de otoño”. Bajo la segunda: “La variante delta”.

La publicación de agosto, que seguía la tendencia de un popular meme sobre la desilusión pandémica, obtuvo más de medio millón de likes y 75.000 retuits. Su autor, el crítico de cine Carlos Aguilar, se sorprendió al comprobar que había dado con una experiencia aparentemente universal: la reutilización de una lata de Royal Dansk como kit de costura, y el desconcierto de todos los niños que han abierto una.

“Esto que creía que era algo muy nicho y específico de ser latino y mexicano resultó ser un fenómeno global”, dijo Aguilar, de 32 años, que creció en Ciudad de México y vive en Los Ángeles.

La comida puede inspirar emociones fuertes. Y a veces el envase en el que viene puede evocar una respuesta aún más fuerte. Las latas de Royal Dansk, las tarrinas de Cool Whip, los envases de yogur de Danone y los tarros de mermelada de Bonne Maman forman parte de un salón de la fama no oficial de recipientes que han sido reutilizados para un sinfín de usos, dándoles innumerables vidas posteriores y a menudo imprimiéndoles un significado especial que trasciende lo que contenían en un principio.

Cuando Folu Akinkuotu ve una lata de Royal Dansk, no piensa en las galletas, sino en la ocasión que su madre le enseñó a coser un botón. Las tarrinas grises de margarina Country Crock, con su nostálgica representación de un granero, le recuerdan cómo las usaba su familia para guardar las sobras de arroz jollof y el estofado egusi.

El recipiente de Country Crock resultó ser especialmente funcional, dijo Akinkuotu, de 31 años, que vive en Boston y escribe un boletín sobre tentempiés llamado Unsnackable. “No se desvanecía ni siquiera después de pasar por el lavavajillas, ni después de meterlo varias veces en el microondas, ni de pasarlo de familia en familia”.

“Tengo una relación con el envase”, declaró, “no con el producto en sí”.

La lata de galletas Royal Dansk, usada a menudo para guardar material de costura, es solo uno de los muchos recipientes de comida que a la gente le encanta guardar y aplicar a otros fines. (Jessica Pons/The New York Times)
La lata de galletas Royal Dansk, usada a menudo para guardar material de costura, es solo uno de los muchos recipientes de comida que a la gente le encanta guardar y aplicar a otros fines. (Jessica Pons/The New York Times)

En los últimos años, tal vez impulsados por el espíritu casero de la pandemia de coronavirus, estos recipientes se han convertido en tótems de la cultura pop. En la película de Pixar de 2020 Soul, una lata de galletas Royal Dansk que contiene material de costura aparece en la sastrería de la madre del protagonista. Mientras preparaban dosa juntas en un video de 2019, la actriz Mindy Kaling y Kamala Harris (entonces candidata a la presidencia) estrecharon sus lazos al recordar cómo sus padres guardaban las especias en frascos de café instantáneo de la marca Taster’s Choice. En octubre, la novelista Rachel Khong comenzará un pódcast llamado Trash/Treasure (Basura/Tesoro) en el que cada episodio se centrará en cómo se fabrica un recipiente en particular y las formas en que se reutiliza.

En las redes sociales, estas reencarnaciones se han convertido en parte del discurso cultural, a medida que la gente se da cuenta de que lo que creía que era una rareza de su comunidad o generación, en realidad es una costumbre mucho más extendida.

No hay límite a los objetos que pueden recibir una nueva misión: las bolsas de cordón púrpura que forran el whisky Crown Royal para guardar fichas de Scrabble, las latas de Altoids para las monedas, las latas de café Folgers para las tuercas y tornillos.

Algunas empresas son conscientes del atractivo de sus envases. La página de Instagram de Country Crock enseña cómo convertir una tarrina vacía en un comedero para pájaros o en la base de una casa de jengibre. Danone tiene una publicación sobre cómo cultivar un jardín de hierbas en un vaso de yogur. Pero los representantes de esas dos empresas y de Royal Dansk dijeron que sus envases no estaban diseñados intencionadamente para ser reutilizados.

Jonathan Asher lleva más de tres décadas trabajando en el diseño e investigación de envases. Dijo que cuando los consumidores en grupos de discusión solo hablan de cómo podrían reutilizar un envase, ese era “el golpe de gracia”.

“Eso no consigue que la gente compre el producto si el beneficio nadamás es: ‘puedo poner botones en este envase’”.

La industria estadounidense de alimentos envasados tal y como la conocemos surgió a finales del siglo XIX. En la época de la Gran Depresión, la reutilización de los envases comprados en la tienda se convirtió en un medio popular para ahorrar dinero y hacer durar más las comidas, dijo Asher. Para mucha gente hoy en día, los envases más antiguos son un recuerdo de tiempos más ahorrativos e ingeniosos

Deva Hazarika, de 49 años, dijo que cuando crecía en Houston, no conocía a muchas familias que compraran Tupperware, Rubbermaid u otros productos de almacenamiento de marca. En cuanto a los recipientes para alimentos, dijo, solo había un puñado de ellos que estaban bien diseñados y ampliamente disponibles, y venían con un producto barato.

A Hazarika, que ha fundado varias empresas emergentes de software en San Francisco, le encantaban las latas Royal Dansk, por lo que llamaba su “falsa elegancia” y su tipografía “sofisticada”. Las usaba para guardar el material escolar; aunque se sacudiera en su mochila, la tapa permanecía en su sitio.

El kit de costura casero es el uso más popular de las latas de galletas. Esta práctica se hizo común durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se animaba a la gente a reutilizar los materiales en la medida de lo posible, dijo una portavoz de Royal Dansk.

Pero Marina Fang, de 28 años, reportera de HuffPost, dijo que su familia descubrió que aquellas latas de cierre hermético mantenían el sabor fresco de los hongos oreja de Judas mucho tiempo después de haberlos comprado.

La familia de Megha Desai, de 42 años, descubrió que las latas tenían el tamaño perfecto para almacenar papadum. Y no eran los únicos recipientes que se reutilizaban en el hogar cerca de Boston donde ella creció: los envases de yogur podían contener “exactamente dos o tres porciones de dal”, y varios podían caber en el frigorífico a la vez, dijo. Los tarros de café instantáneo Nescafé se utilizaban para el chai masala. Los frascos de pepinillos Vlasic albergaban lentejas. (Desai, que ahora vive en Nueva York y dirige la Fundación Desai, sin fines de lucro, no entendía por qué su familia tenía tantos frascos de pepinillos si nunca los comía. Resulta que su madre se había puesto de acuerdo con un restaurante italiano para llevarse sus tarros vacíos).

De niña, Leslie Stockton, ahora de 48 años, educadora en Alexandria, Virginia, usaba los botes de margarina Country Crock para mantener húmedo el Play-Doh, y su abuelo los usaba para clavos y tornillos. Hace poco convirtió una de cinco años en una jardinera. A diferencia de muchos otros recipientes, dijo, las tarrinas Country Crock son apilables y fáciles de limpiar.

Elizabeth McMullen, de 34 años, publicista de la cooperativa lechera Organic Valley, recuerda que los recipientes de Cool Whip eran igualmente apreciados por su versatilidad y robustez en la casa de sus abuelos en el oeste de Wisconsin. Si los envases se caían, la tapa no salía volando, dice. Era fácil escribir sobre el plástico, por lo que su abuela podía etiquetar las sobras. Y cuando no había etiqueta, a McMullen le encantaba el misterio de esos recipientes: ¿este está lleno de puré de papas o de crema batida?

No todos los envases son tan reconocibles en el mercado masivo de Estados Unidos como un envase de Cool Whip o una lata de Royal Dansk. Pero pueden tener un significado especial.

Christina Valle, publicista en Boston, opina lo mismo de los frascos de mole Doña María, que su abuela usaba como vasos, al igual que muchas personas en México. “Una vez retirada la etiqueta, parece un elegante vaso de cristal”, dice. Cuando era chica, beber limonada en uno de ellos siempre la hacía sentir adulta.

Su abuela murió hace tres años, pero su familia aún conserva los frascos. “Soy alérgica a los frutos secos, así que en realidad no puedo comer mole”, dijo, pero “me trae esos recuerdos felices de ella”.

Valle, de 30 años, solía avergonzarse de la obsesión de su abuela por reutilizar los envases. “Demostraba que tal vez no tenías un cierto estatus social”, dijo. Ahora está orgullosa de ello, al igual que otras personas que ve que lo publican en internet.

Akinkuotu, quien escribe el boletín de aperitivos, dice que ella y muchos otros de su edad se han dado cuenta de que sus familias no son las únicas que reutilizan envases. “Creo que, sobre todo como miléniales, nos gusta pensar que todas nuestras experiencias son únicas”, dice. “Muchas de ellas no lo son”.

Los envases que ella y otros de su edad reutilizan tienden a ser de cosecha más reciente que, por ejemplo, la tarrina Country Crock: tarros de mermelada Crofter’s, vasos de helado Talenti o frascos de salsa para pasta Classico. Pero los envases como los de Country Crock le recuerdan a una época pasada, cuando los colores pastel y el minimalismo no eran la estética predominante de los productos, y antes de que las revelaciones sobre los abusos de las empresas complicaran enormemente el concepto de fidelidad a la marca.

“Puede que no se eche de menos la experiencia de comer esos productos”, dice. “Pero interactuar con esas marcas y tener una relación con una marca”, como hizo ella en su día, “como que se echa de menos eso, de una rarísima manera capitalista”.

Eric Rivera, de 39 años, propietario del restaurante Addo de Seattle, remonta su afición por la marca a la infancia, cuando su madre usaba los recipientes Country Crock para guardar el sofrito. “Cada vez que veo algo de Country Crock, sigo pensando en que contiene comida que es genial”, dice. “Ahora no encuentro muchas cosas que indiquen algo así”.

A pesar de todos los sentimientos cálidos que evocan, estos envases no son necesariamente recipientes de virtudes intactas. Algunos no son reciclables, y los plásticos que hacen que muchos de ellos sean tan duraderos dañan los ecosistemas mundiales. Brian Orlando, director de mercadeo para América del Norte de Upfield, que fabrica Country Crock, dice que la empresa intenta idear un envase de papel ecológico que pueda reutilizarse.

A medida que los envases tradicionales desaparezcan, la gente puede volverse aún más nostálgica de ellos, al igual que ha ocurrido con los antiguos cuencos de Pyrex y los discos de vinilo.

Rivera compró varias latas de galletas de mantequilla Royal Dansk en eBay cuando abrió Addo en 2018, para poder incorporar sus recuerdos de la infancia en la experiencia gastronómica. De vez en cuando, pone fin a un menú de degustación colocando una lata delante de cada comensal. Estos abren las latas para encontrar un postre con sabor a galleta de azúcar, como un helado.

Pero una de las latas no contiene postre. Dentro hay material de costura.

Priya Krishna es reportera de Times Food. Es autora de varios libros de cocina, incluido Indian-ish. @priyakrishna

© 2021 The New York Times Company

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