Las niñas que no necesitan morir para conocer el infierno

Las niñas abrasadas por el fuego de la negligencia en Guatemala, las niñas violadas en la India, las niñas combatientes en cualquier región turbulenta de África, las niñas casadas por la fuerza en Pakistán, las niñas secuestradas por la guerrilla en Colombia… Una lista insoportable de niñas que sufren en este mundo lo que ciertas religiones prometen como castigo en ultratumba.

Si bien el continente africano concentra los peores países para las niñas, la amenaza sobre la vida de las menores se extiende también a otras regiones (Unicef)

El mismo azar incomprensible que decide el sexo de una criatura, también determina que unas nazcan en un país nórdico y otras en un lugar maldecido por la violencia y los atavismos. Porque nada diferencia a una niña sueca de una congoleña, salvo esa leve, pero dramática bifurcación de la fortuna.

El matrimonio infantil limita el acceso de las niñas a la educación (Yahoo España Videos)

Niñas sin presente

Informes muy serios describen con exactitud cuáles son los peores lugares del mundo para las niñas. La conclusión de uno de estos reportes, publicado por Save the Children, no nos sorprende: los 21 países donde la vida de una menor vale menos se encuentran en el África Subsahariana.

Sus nombres no nos dicen demasiado –Níger, Chad, República Centroafricana, Mali, Somalia, Sierra Leona, Malawi, Guinea, Nigeria, Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Burkina Faso, Sudán del Sur, Liberia, Mozambique, Congo, Gambia, Madagascar, Benín, Guinea Bissau y Camerún—porque se funden en esa mezcla continental de la cual suelen llegar solo malas noticias. Si los mayores penan para sobrevivir en la tierra de todas las calamidades, ¿qué quedará para la infancia?

Sin embargo, las niñas de este racimo de naciones comparten con otras de distantes regiones la fatalidad que compromete su futuro. Save the Children resume en cifras esta realidad aciaga.

Más de 700 millones de mujeres en el mundo han sido obligadas a casarse antes de los 18 años. La tercera parte, incluso, fue entregada a un hombre en matrimonio antes de los 15 años. El casamiento forzoso reduce dramáticamente el acceso a la educación e incrementa las posibilidades de sufrir abuso doméstico. El embarazo precoz, una consecuencia habitual de estas uniones, atenta contra la salud de las jóvenes madres y compromete el porvenir de sus hijos. Se estima que 70.000 adolescentes mueren cada año por complicaciones durante la gestación o el parto.

Unas 2.600 millones de niñas y mujeres habitan en países donde la violación sexual dentro del matrimonio no se castiga. En muchos casos la comunidad culpa a las víctimas y las autoridades toman partido por los criminales si estos provienen de una clase social superior.

La explotación sexual también afecta desproporcionadamente a las niñas. Los traficantes aprovechan la corriente revuelta de la pobreza para pescar pequeñas, que sus padres venden por un precio irrisorio. A otras la miseria las empuja a aceptar propuestas de trabajo que terminan siendo pasajes disimulados a la prostitución.

Organizaciones sociales de Guatemala acusan al gobierno de ser cómplice de la muerte de las 40 niñas (EFE/Esteban Biba)

Historias atroces

Pero las historias del horror gritan lo que las cifras y sus análisis no pueden.

A las niñas que murieron en el incendio del Hogar Seguro Virgen de la Asunción no las mató el fuego. Las condenó, en primer lugar, la indiferencia del gobierno de Guatemala, que se negó a ejecutar en esa institución las reformas exigidas por la Justicia. Las autoridades destinan un por ciento irrisorio del presupuesto estatal a la atención de la infancia. Las niñas de las familias pobres cuentan menos que un cero en la columna de gastos.

El país centroamericano clasifica en el lugar 103 (entre 144) de la lista publicada por Save the Children. Ese número no revela lo que Carolina Escobar Sarti, directora de la organización La Alianza, ha descrito como “normalización de la violencia sexual”. En Guatemala pocos casos de violación terminan en los tribunales. Las familias prefieren ocultar los hechos por temor al estigma. En algunos casos la entrega de las niñas a las redes de prostitución se presenta como la única salida aparente a la pobreza.

(AP Foto/Moisés Castillo)

Las niñas soldado representan el 40 por ciento de los niños reclutados por grupos terroristas en África. Contrario a lo que muchos creen, ellas no solo sirven en los trabajos domésticos o como esclavas sexuales de los guerrilleros. Unirse a un grupo armado constituye en ocasiones una solución a la pobreza, el matrimonio forzoso, el rígido orden patriarcal y la violencia de otras partes en conflicto. Desplegadas en combate, ellas pueden llegar a ser tan despiadadas como los hombres. La guerra las deshumaniza y si acaso sobreviven, sufren luego el rechazo de las comunidades al tratar de reintegrarse.

La violación de niñas deja al descubierto el lado más torcido de la India. Las divisiones sociales y las creencias se levantan como obstáculos casi infranqueables frente a la justicia, cuando la víctima proviene de un hogar pobre. La policía suele reproducir el prejuicio machista contra las mujeres. Los tribunales tardan años en concluir los casos. No resulta extraño que las pequeñas sean obligadas a casarse con los abusadores para recuperar su honor.

Como señala Save the Children, la violencia contra las niñas emerge de la idea de que ellas no deben ser libres para tomar sus propias decisiones. En demasiados casos, este mundo insensato prefiere someterlas a la voluntad masculina y tratarlas como mercancías desechables.