Las lámparas hechas con piel humana, ¿horror nazi o mito?

Los sobrevivientes del campo de concentración de Buchenwald recuerdan a Isle Koch cabalgando sobre un caballo blanco, en busca de prisioneros con tatuajes. Una visión de la muerte: sus víctimas desaparecían. Los dibujos en la piel, en cambio, permanecían en la macabra colección de la “Perra de Buchenwald”.

El campo de concentración de Buchenwald fue liberado por tropas estadounidenses en abril de 1945 (Private H. Miller. (Army) – Wikimedia Commons)

En las sufridas memorias de esa prisión nazi, un objeto ha alcanzado un estatus casi mítico: las lámparas hechas con piel humana. Una de esas piezas habría sido clave en la condena de la señora Koch en 1947, de no haberse desvanecido la víspera del juicio. Militares, periodistas y sobrevivientes aseguran haber visto estas luminarias, sin embargo hasta hoy ningún examen científico ha demostrado su existencia.

Restos humanos de la colección que mantenían los soldados nazis en Buchelwald (Wikimedia Commons)

La lámpara de Jacobson

El escritor norteamericano Mark Jacobson publicó hace algunos años un libro de no ficción sobre una lámpara cuyas pantallas habían sido elaboradas con piel humana. La historia del objeto en cuestión es oscura, como su naturaleza.

Jacobson recibió la lúgubre pieza de un amigo que la había comprado en una venta de garaje en Nueva Orleans, poco después del paso del huracán Katrina. El vendedor cargaba con una pésima reputación. Dave Dominici era conocido en la ciudad como ladrón de objetos mortuorios. El hábito de desvalijar los camposantos le había ganado algunas condenas a prisión.

La lámpara no provenía de un cementerio, sino de una casa abandonada en Nueva Orleans, admitió Dominici. El precio irrisorio, 35 dólares, despertaba sospechas sobre su autenticidad. Más que obtener ganancias, al delincuente le interesaba deshacerse de ella.

El amigo de Jacobson, Skip Henderson, la adquirió por pura curiosidad, pero no tardó en sentir como si hubiese metido la cara en el infierno, según confesó luego. Entonces la despachó para que el también periodista se encargara de investigar el resto de la historia.

Jacobson sometió la lámpara a exámenes de ADN en los laboratorios Bode Technology, los mismos que habían realizado la mayor parte del trabajo forense después de los atentados del 11 de septiembre. Al final de las pruebas, un primer veredicto afirmó que la lámpara había sido confeccionada con piel de una persona blanca. La humedad y la luz habían degradado las evidencias que hubiesen permitido reconocer el origen étnico de la víctima y cuándo se había facturado el objeto. ¿Una prueba de los crímenes nazis o el testimonio de un crimen desconocido?

Años después un segundo test de ADN desechó el resultado inicial: la piel no provenía de un ser humano, sino de una vaca.

Los médicos de Buchenwald mantenían una colección de órganos de prisioneros asesinados ( Jules Rouard – Wikimedia Commons)

La lámpara de Buchenwald

Jacobson recorrió medio mundo para indagar sobre las míticas lámparas nazis y, en última instancia, saber cómo deshacerse de la suya. En uno de estos viajes conoció a Albert Rosenberg, un oficial estadounidense de la División de Guerra Psicológica.

Rosenberg había trabajado en Buchenwald tras la liberación del campo de exterminio. El militar recuerda cómo un día, mientras se ocupaba del papeleo en una de las oficinas de un oficial de la SS, un prisionero francés lo interpeló. “Me dijo que yo no era mejor que los alemanes, que no tenía vergüenza”, relató. La indignación del sobreviviente apuntaba a la lámpara sobre la mesa: el objeto supuestamente había sido fabricado con piel humana.

Una de las lámparas malditas se menciona en el material filmado por las fuerzas aliadas en Buchenwald, utilizado después para demostrar las atrocidades cometidas por los nazis. Una corresponsal de la agencia de prensa UPI también describe una lámpara “de cinco paneles hecha con la piel del pecho de un hombre”. La periodista pudo observar los poros y arrugas de la piel humana.

A pesar de todas esas referencias, los historiadores actuales creen que las lámparas confeccionadas con restos humanos en los campos nazis constituyen un mito, como los jabones producidos con grasa humana en la misma época. Ese escepticismo ha alimentado la tozudez de los negacionistas del Holocausto. Como si la falta de un par de pruebas borrase de un plumazo la abrumadora evidencia del horror nazi.