Para los langosteros nicaragüenses, las inmersiones mortales son muy comunes

Kirk Semple
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Los buzos se reúnen en Cayo Diamond, Nicaragua, el 29 de enero de 2020. (Lena Mucha/The New York Times)
Los buzos se reúnen en Cayo Diamond, Nicaragua, el 29 de enero de 2020. (Lena Mucha/The New York Times)
Un buzo sostiene vida marina cerca de Puerto Cabezas, Nicaragua, el 31 de enero de 2020. (Lena Mucha/The New York Times)
Un buzo sostiene vida marina cerca de Puerto Cabezas, Nicaragua, el 31 de enero de 2020. (Lena Mucha/The New York Times)

PUERTO CABEZAS, Nicaragua — Cada vez que está en el mar, el buzo de langostas reza una oración justo antes de arrojarse al agua en lo que se ha convertido en un ritual constante desde que casi perdió la vida en una inmersión hace tres años.

“Dios, ayúdame una vez más”, suplica el pescador de langostas Edmundo Stanley Antonio. “Acompáñame en esta agua”.

Esta sencilla invocación encierra múltiples preocupaciones. Que la manguera de aire improvisada a la que está atado no tenga una fuga. Que el compresor de aire en la superficie no falle. Que su conciencia innata de la distancia y el tiempo (no tiene un reloj ni un medidor de profundidad) sea mejor que la vez que salió a la superficie demasiado rápido desde una profundidad de 45 metros y fue golpeado por la enfermedad por descompresión, que dejó parte de su cuerpo paralizado durante un año.

Stanley, de 33 años, todavía siente dolor en la espalda y en el corazón cuando se sumerge. Un médico le ha dicho en repetidas ocasiones que no vuelva a meterse al agua y le ha advertido que la próxima inmersión podría matarlo. Su esposa le ruega que deje de hacerlo; ya ha perdido a un hermano y a un yerno en accidentes de buceo.

Su respuesta, aunque lamentable, es siempre la misma: no hay otro trabajo.

Tristemente, este es un lamento bien conocido en la costa caribeña del noreste de Nicaragua, una región empobrecida cuya población en su mayoría indígena depende sobre todo de la pesca. La langosta espinosa es una de las presas más codiciadas porque se paga muy bien. La mayor parte de la pesca de estas aguas termina en los platos de Estados Unidos.

Una tarde reciente, en un tramo de playa de Puerto Cabezas, el principal puerto de la región, se registró una gran actividad cuando grupos de hombres cargaron botes de 23 pies (7 metros), conocidos como “pangas”, con gasolina, alimentos y equipo de buceo, en preparación para salir en expediciones de pesca de langosta que durarían varios días.

Sin embargo, aquí la pesca de langosta es una actividad en extremo mortal. Decenas de pescadores han muerto a causa de la enfermedad por descompresión en los últimos treinta años, según los cálculos de los pescadores locales y los líderes de la comunidad. Cientos más han quedado paralizados en la búsqueda de langostas y otros manjares como el caracol y los pepinos de mar que se encuentran en las profundidades del océano.

Y esta búsqueda se está volviendo aún más peligrosa.

En el pasado, la mayor parte de la recolección de langosta se hacía en inmersiones libres, sin necesidad de equipos de respiración. Pero a medida que la sobrepesca ha arrasado con los hábitats cercanos a la costa, la competencia por los crustáceos restantes se ha intensificado y los pescadores se han visto obligados a explorar aguas cada vez más profundas, a bucear con más frecuencia y a permanecer bajo el agua durante más tiempo, ya sea con equipos de buceo o mangueras de respiración conectadas a compresores de aire en la superficie.

El equipo de las embarcaciones casi siempre es deficiente y se le da poco mantenimiento, según dicen los pescadores y sus defensores. Pocos bucean con dispositivos para medir la profundidad o el suministro de aire restante en sus tanques. Y, por lo general, los pescadores no reciben ningún entrenamiento formal de buceo. En cambio, aprenden el oficio de sus parientes y amigos a través de la instrucción en el trabajo.

“Debido a nuestra necesidad económica, no nos queda de otra”, dijo la esposa de Stanley, Linda Bautista Salinas, de 46 años, sentada este mes en el porche de su pequeña casa de madera donde la pareja vive con otros 14 parientes. “Es una triste realidad”.

La casa, encaramada sobre pilotes de madera, tiene un techo de láminas de metal corrugado. Como muchas casas en Puerto Cabezas, no tiene cañerías interiores y la familia saca agua de un pozo.

Viven en una calle sinuosa y lodosa que, como la mayoría de las calles de Puerto Cabezas, no está pavimentada y está llena de baches. La mayor parte de la población del pueblo pertenece a la comunidad indígena misquita, uno de los diversos grupos étnicos que viven a lo largo de la costa atlántica de Nicaragua. El pueblo es remoto, apartada de la capital, Managua, por un largo día de viaje a través de sabanas calientes y húmedas.

En 2007, bajo presión internacional, la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó una legislación que suprimía de manera gradual el buceo como medio para capturar langostas y trasladaba la industria al uso de trampas. La ley establecía un plazo de tres años para que la prohibición entrara en pleno vigor.

Sin embargo, los dirigentes de la industria y los grupos de buzos se opusieron, con el argumento de que el costo de transformar sus operaciones para incorporar el uso de trampas era demasiado elevado y que los cambios dejarían a muchos buzos sin trabajo. Así que los legisladores acordaron posponer la aplicación de la ley, en apariencia para dar a la industria más tiempo para la transición.

No obstante, catorce años después, el buceo para pescar langostas continúa.

En Puerto Cabezas, no parece haber ninguna protesta pública sobre los peligros persistentes de la industria pesquera y la inacción del gobierno para hacerla más segura.

“La gente está acostumbrada a lo que está pasando”, dijo Kenny Lisby, de 59 años, fundador y director de Radio Caribe, una estación de radio local.

Al mismo tiempo, la necesidad de bucear es tan grande como siempre en estos días. La pandemia ha golpeado a la economía nicaragüense, que ya se tambaleaba por una recesión de dos años. Y a finales del año pasado, dos grandes huracanes tocaron tierra, con dos semanas de diferencia, justo al sur de Puerto Cabezas, que dañaron o destruyeron miles de hogares.

Clifford Piner, de 68 años, un pescador veterano, estaba de pie a la sombra de una palmera viendo la acción en la playa del pueblo. Perdió su panga y todo su equipo de buceo, cuyo valor era de casi 50.000 dólares, dijo, cuando el huracán Iota llegó a la costa en noviembre, y estaba tratando de conseguir trabajo para llegar a fin de mes.

Comenzó a bucear en estas aguas en 1970, relató, con un aire de nostalgia al recordar aquella época y la abundante pesca tan cerca de la costa, la facilidad de trabajar en aguas menos profundas, la relativa seguridad de todo aquello.

“Hace un momento hablaba con un buzo y me dijo que estaba buceando a una profundidad de 42 metros”, comentó Piner. “Le digo: ‘¡Estás loco, hombre! ¡No puedes hacer eso!’”.

Pero también sabía que muchos, incluido él mismo, no tenían alternativa a pesar de los peligros. “No hay trabajo. Solo el buceo”, dijo.

Y sin eso, añadió, “nos morimos de hambre”.

This article originally appeared in The New York Times.

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