Está bien lamentarse por las pequeñas pérdidas de un año que se nos fue

Tara Parker-Pope
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RaeAnn Schulte en su casa de Saint Paul, Minnesota, el 12 de marzo de 2021. (Nina Robinson/The New York Times).
RaeAnn Schulte en su casa de Saint Paul, Minnesota, el 12 de marzo de 2021. (Nina Robinson/The New York Times).
Brian Edwards, a quien se le diagnosticó la enfermedad de Alzheimer en 2017, con su perro Haven en su casa de Topeka, Kansas, el 12 de marzo de 2021. (Barrett Emke/The New York Times).
Brian Edwards, a quien se le diagnosticó la enfermedad de Alzheimer en 2017, con su perro Haven en su casa de Topeka, Kansas, el 12 de marzo de 2021. (Barrett Emke/The New York Times).

Cuando he preguntado a la gente qué ha perdido en el último año de vida pandémica, la respuesta suele empezar de la misma manera.

“No puedo quejarme”.

“Soy uno de los afortunados”.

“Sé que debo enfocarme en lo bueno”.

Por supuesto que están comparando sus pérdidas con los 2,6 millones de muertes en todo el mundo durante esta pandemia, lo que hace más difícil hablar de esas pérdidas más pequeñas. Muchas personas han perdido tiempo precioso con familia y amigos, o se han visto obligadas a cancelar planes de viaje y perderse acontecimientos importantes como graduaciones y bodas. En la jerarquía del sufrimiento humano durante la pandemia, la cancelación de un baile de graduación, la pérdida de unas vacaciones o la pérdida de ver los primeros pasos de un niño tal vez no parezcan gran cosa, pero los expertos en salud mental dicen que todas las pérdidas deben ser reconocidas y lloradas.

“La gente siente que no tiene derecho a estar en duelo”, comentó Lisa S. Zoll, trabajadora social clínica certificada en Lemoyne, Pensilvania, especializada en asesoramiento sobre el duelo. “Al cabo de un año, las pérdidas se acumulan. Acabo de tener una conversación en mi oficina en la que una persona dijo: ‘No puedo quejarme de mi dolor, porque hay gente que la está pasando peor’. Pero tenemos que corregir esa mentalidad. Tu dolor es tu dolor. No puedes compararlo con el de otras personas”.

Hace un año, Georgiana Lotfy se vio obligada a cancelar la boda de sus sueños en Joshua Tree, California. Ella y su pareja, Stephen Schullo, habían encontrado un nuevo amor a los 72 años, y querían celebrarlo con 55 amigos y familiares. En su lugar, se casaron en su patio trasero de Rancho Mirage el 21 de marzo, con un oficiante que estaba a dos metros de distancia. Los invitados lo vieron a través de Facebook Live. Las flores de la boda, que ya habían pagado, las enviaron a residencias de ancianos, y el encargado del banquete entregó la cena de la boda a un refugio local para personas sin hogar.

“He llorado por ello”, dijo Lotfy, que es psicoterapeuta licenciada. “Cuando empezamos a pensar en cómo vamos a celebrar nuestro aniversario, de nuevo caí en cuenta de la tristeza de la pérdida de esa hermosa boda. No hay ningún ritual para ese duelo. No es como perder a una persona, pero es una tristeza”.

Ponle nombre a tu duelo

Hay un nombre para el duelo que no se reconoce habitualmente: el duelo sin derechos. El término fue acuñado en la década de 1980 por Kenneth J. Doka, un experto en duelo que comenzó a estudiar el duelo no reconocido mientras daba clases a estudiantes de posgrado en el College of New Rochelle. Cuando el debate en clase se centró en la muerte de un cónyuge, una estudiante mayor habló de la falta de apoyo social cuando murió su exmarido. Su nueva esposa era la viuda. Sus hijos habían perdido a su padre. Pero ella sentía que no tenía derecho a llorar la muerte de un hombre con el que había ido al baile de graduación de la preparatoria y compartido 25 años de su vida.

La conversación llevó a Doka a empezar a estudiar el duelo que no es reconocido ni apoyado por los rituales sociales. Puede ocurrir cuando no tenemos un vínculo legal con la persona que perdemos, como es el caso de un amorío o después de un divorcio. Cuando la pérdida incomoda a los demás —como en el caso de un aborto espontáneo o un suicidio— también podríamos carecer de apoyo para nuestro dolor. Sin embargo, a menudo, el duelo por falta de apoyo se produce en torno a pérdidas menores que no implican la pérdida de vidas humanas, como la pérdida de un trabajo, una oportunidad profesional desaprovechada, la muerte de una mascota o el tiempo perdido con las personas que queremos.

“Una frase constante es: ‘No tengo derecho a llorar’”, dijo Doka.

Una meta perdida

Cuando los campus universitarios cerraron hace un año, los estudiantes se vieron obligados a empacar, despedirse rápidamente de sus amigos y terminar el semestre en casa. Antes del cierre, Victoria Marie Addo-Ashong, que creció en Falls Church, Virginia, tenía grandes sueños para su temporada de atletismo en la Universidad Pomona. Después de establecer un récord de triple salto en su escuela y obtener el quinto lugar en los Campeonatos de Atletismo al Aire Libre de la División III de la NCAA 2019, su meta era conseguir un título nacional.

No obstante, comenzó la pandemia de COVID, y la temporada de atletismo de 2020 se acabó antes de empezar. “Solo tuvimos tres encuentros antes de que se cancelara nuestra temporada”, explicó Addo-Ashong. “La falta de control y la sorpresa total fueron bastante descorazonadoras. Fue muy surrealista. Sentí que era imposible que esto sucediera”.

Addo-Ashong, de 22 años, sabe que otras personas han perdido mucho más en el último año, lo que le ha dificultado vivir el duelo por su propia pérdida. Su último año iba a ser la primera vez que sus padres la vieran competir en un encuentro universitario. También llora por sus compañeros de equipo y sus entrenadores, que invirtieron tanto tiempo y energía en su entrenamiento.

“Teníamos grandes metas juntos. Fue una gran decepción no poder terminar como deseábamos”, dijo Addo-Ashong, que ahora trabaja en el sector de la consultoría económica en Los Ángeles. “He perdido una temporada de atletismo, mientras que la gente ha perdido vidas. Pero era una parte muy importante de quién era y sigo siendo. Es difícil porque no pude hacer nada al respecto. No había una forma concreta de llorar el final de una temporada de atletismo perdida. Incluso esa frase suena estúpida ahora. Si ganaba no me importaba realmente. Quería tener la oportunidad de intentarlo, de competir una vez más”.

Un viaje cancelado y tiempo perdido con los nietos

Brian Edwards, de 69 años, médico jubilado de Topeka, Kansas, se define como un “hombre que ve el vaso medio lleno” al que no le gusta quejarse. Él y su esposa, Ginger, se perdieron de muchas cosas el año pasado. Tuvieron dos nietos nuevos que no pudieron ver. Su hija se casó. Tenían planeados cinco cruceros en 2020 antes de que llegara la COVID-19.

Edwards también tiene la enfermedad de Alzheimer, y el tiempo es muy valioso para él. Sus médicos le han aconsejado que “se divierta” mientras esté sano, algo que las restricciones de la pandemia han vuelto más difícil.

“Sé que mi tiempo es limitado”, dijo. “Pero siento que nuestra pérdida no es nada comparada con la de gente que ha perdido a sus seres queridos. ¿Alguna vez me he sentido triste? Sí, pero esa no es mi forma de ser, obsesionarme con las cosas malas. Intento pensar de manera positiva. Todos tenemos muchas pérdidas en muchos sentidos. Algunas pérdidas son más relevantes que otras. Lo importante es que, si tienes una pérdida, debes permitirte estar triste. Nadie puede decirte que tus sentimientos están equivocados”.

Un diagnóstico de cáncer durante el encierro

Los bloqueos tuvieron un efecto financiero inmediato en Annabelle Gurwitch, una escritora de Los Ángeles que perdió proyectos y conferencias programadas. La promoción de “You’re Leaving When? Adventures in Downward Mobility”, su nuevo libro, se convirtió en un suceso virtual. Pero fue cuando la graduación de su hijo en Bard College se trasladó a internet que se encontró llorando en el patio de su casa. Su hijo había trabajado arduamente e incluso había creado un club de sobriedad en el campus.

“Estaba muy orgullosa de él por haberse graduado de la universidad en cuatro años”, dijo. “David Byrne iba a ser el orador. Hay tanto sufrimiento, y me sentí terrible por no poder ir a la graduación de mi hijo y ver a David Byrne. Eso no es mucho en el nivel de sufrimiento. Pero, caray, nuestro hijo superó los cuatro años de la universidad. Dejó de beber durante la universidad. ¿Se me permite decir que estamos decepcionados?”.

Casi al mismo tiempo que la graduación, a Gurwitch le dio tos. Se hizo una prueba de coronavirus y una radiografía de tórax, lo que finalmente condujo a un diagnóstico de cáncer de pulmón en fase 4. Tras el diagnóstico de cáncer, Gurwitch empezó a notar que sus amigas empezaban a restar importancia a sus propias luchas y a su dolor. A una amiga le diagnosticaron cáncer de mama y se sometió a una doble mastectomía, pero no quiso decírselo porque consideraba que el cáncer de mama no era tan grave como el de pulmón.

“Mi cáncer le ganaba al suyo”, comentó Gurwitch. “Es terrible sentir que tu sufrimiento no tiene cabida”.

Reconocer el dolor

Uno de los mayores retos del duelo sin derechos es lograr que la persona que sufre reconozca la legitimidad de su propio duelo. Una vez que acepte que su duelo es real, hay pasos que puede dar para ayudarse a afrontarlo.

Valida la pérdida. Identifica lo que has perdido este año. “He recibido varias cartas de personas que han leído mi libro y me han dicho: ‘Has puesto nombre a mi dolor’”, relató Doka. “Ponerles nombre a las cosas tiene su poder. Es una pérdida legítima”.

Busca apoyo. Uno de los retos del duelo sin derechos es que a menudo sufrimos en silencio. Acudir a un grupo de apoyo o a un terapeuta, o acercarse a los amigos para hablar del duelo es un paso importante para afrontarlo. “Creo que compartir nos ayuda, porque la gente siente muchas veces que, con el duelo, especialmente el duelo sin derechos, se sienten solos y aislados”, explicó Zoll. “Piensan que nadie más está experimentando lo que ellos. Alguien tiene que ser lo suficientemente valiente como para sacar el tema a colación. Cuando se habla de ello, la gente dirá: ‘Yo también lo he vivido’”.

Crea un ritual. Los funerales, los servicios conmemorativos y los obituarios escritos son rituales en torno a la muerte que nos ayudan a procesar nuestra pérdida. Considera la posibilidad de crear un ritual que honre tu pérdida. Considera plantar un árbol, por ejemplo, o encontrar un objeto que represente tu pérdida, como boletos de avión cancelados o una invitación de boda, y entiérralo. Organiza un baile de graduación o una ceremonia de graduación ficticia. Algunas personas quizá quieran hacerse un tatuaje para conmemorar la pérdida. “Lo que nos cuesta es encontrarle sentido a la pérdida”, dijo Zoll. “El dolor y la pérdida no tienen sentido. Los rituales forman parte de la búsqueda de significado”.

Ayuda a otra persona. Zoll dijo que los pequeños actos de bondad la han ayudado a sobrellevar sus propias pérdidas durante la pandemia. Escuchó decir a una mujer en una tienda de comestibles cuya madre había fallecido que iba a preparar la comida favorita de su madre como una manera de honrarla. “Esperamos a que llegara a la caja y pagamos su comida”, dijo Zoll. “Quería que su relato de duelo incluyera algo bonito que ocurrió. Cuando hable de recordar a su madre, también recordará que alguien le pagó la compra”.

Encuentra pequeños momentos de gozo. No te obligues a ser feliz, pero trata de encontrar cosas que disfrutar. “La alegría es un objetivo sublime”, dijo Zoll. “A veces, lo mejor que podemos hacer es encontrar momentos de gozo que sean un escape suficiente para tener un respiro”.

Añorar las pequeñas alegrías

Para afrontar el duelo, es importante que no clasifiques tu pérdida como mejor o peor que la de otra persona. RaeAnn Schulte, de 29 años, de Saint Paul, Minnesota, dijo que su primera reacción es siempre decir que no ha perdido nada durante la pandemia. “Pienso que he tenido suerte. No he perdido seres queridos; no he perdido una boda o una graduación o un trabajo; no he perdido la salud”, dijo. “Entonces, ¿por qué me siento tan mal?”.

Schulte dijo que empezó a pensar en todas las pequeñas pérdidas de este año, como el tiempo que no pudo compartir con su familia, especialmente con sus sobrinos pequeños que cambian todos los días. Echa de menos a sus compañeros de trabajo, visitar las librerías e ir a clase de yoga.

“He perdido vacaciones, conciertos, partidos de hockey y festivales”, relató Schulte. “Y puede que por sí mismas ninguna de esas cosas importe tanto. En efecto, ante tanto dolor y pérdida, me doy cuenta de lo afortunada que soy. Pero, ¿qué es la vida sino un cúmulo de pequeñas alegrías? En conjunto, quizá mi pérdida no sea tan pequeña después de todo”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company