La labor de Júlia Sardà para ilustrar la historia de un niño difícil

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CIUDAD DE MÉXICO, enero 11 (EL UNIVERSAL).- En la niñez, ¿cuántas veces uno no sintió que los adultos subestimaron nuestra imaginación? Ahora en la adultez, en medio del transitar cotidiano, ¿cuántas veces no hemos pasado de largo ante los dichos de un niño? En "Atticus, el chico difícil", el escritor Michael Sussman presenta la historia de un niño "problemático", a la vista de sus padres. Pese a estudiar su flauta y cumplir con los quehaceres, los adultos le reprochan a Atticus su "exceso" de imaginación.

Este cuento infantil dedicado a todos los chicos difíciles del mundo y publicado por la editorial Impedimenta, cuenta con las ilustraciones de la española Júlia Sardà, quien radica en Barcelona y además de ilustración infantil, tiene en su currículum haber sido colorista para Disney/PIXAR.

En entrevista con EL UNIVERSAL, Sardà explica la magia y el proceso que hay detrás de la ilustración, en especial detrás de "Atticus, el chico difícil", un cuento no sólo apto para el entretenimiento infantil, sino también para adultos por sus detalles en la arquitectura de la casa y la decoración de interiores de ésta misma, que explica la artista tiene como inspiración la escuela Bauhaus.

-¿Cómo es que llegaste a la historia de "Atticus, un chico difícil"?

--Normalmente la editorial envía el manuscrito para que tú consideres si quieres y puedes hacerlo y entonces una vez lo has leído y te has empapado de la historia, lo que yo suelo hacer es un pequeño diseño de personajes donde se puede intuir un poco cómo será el estilo, la paleta de colores, el tratamiento y otros detalles. A partir de ahí, lo que suelo hacer es un "layout", preparación de pequeños esbozos de cómo será cada doble página doble del libro y a partir de ahí ya se puede ver la estructura, el tipo de narrativa, con qué recursos se juega, se intuye aún mejor el estilo porque se empiezan a tratar decorados, fondos y cosas así.

-Al leer la historia de Atticus ¿qué te hizo decir "sí quiero trabajarlo"?

--Me encantó el tono de la historia, el hecho que se hablara de padres que están tan ocupados en el cómo, que no se ocupan del qué. Me encantó cómo el autor utilizaba esta especie de sentido del humor -surrealista, metáfora, barrera entre la imaginación y lo real-, que también coloca al lector en una postura de cuestionarse si lo que está pasando es real o no.

"Me gusta mucho que te plantees a ti también las preguntas de cómo lo harías tú, qué pasará con tus hijos, quién es el que está loco en verdad. Merece un debate, no sólo como una historia para antes de irte a dormir, sino toda una cuestión aplicable a la vida cotidiana".

-Hablando de la perspectiva adulta de este libro, en tus ilustraciones hay muchos detalles como la decoración y arquitectura de la casa que uno, como adulto, puede apreciar mucho. Cuéntanos de tu estilo.

--En cada libro va cambiando muchísimo. Me llena mucho hacer buscar referencias para poder darle un poco más de riqueza y continuidad a los escenarios que construyo. Intento que haya una cierta relación entre su simbolismo o el tipo de carácter o personalidad que traspolan los personajes, con el tipo de decoración, arquitectura, época -en caso de que no se especifique-.

En este caso elegí al arquitecto Adolf Loos, no recuerdo si era profesor de la Bauhaus o alumno de la Bauhaus, pero es de esta época y tiene unas casas que son una maravilla, pero también esa escuela hacía diseño de muebles. La escena donde está el niño con sus papás en la sala está prácticamente copiada de una casa que existe. Me dio la sensación que (este estilo) tenía un punto un poco cuadrado que iba con los padres, a la vez que era un poco rebuscado, muy acorde con la idea de la historia y los padres: alguien que no es necesariamente flexible.

-¿Cuánto tiempo te llevó hacer las ilustraciones para este libro?

--Creo que "Atticus" es el único libro que he entregado a tiempo en toda mi vida, porque siempre voy tarde. En este caso fue interesante porque venía de hacer una biografía de Mary Shelley, súper barroca, llena de detalles, era mucho trabajo. Me apetecía jugar con el fondo blanco e intentar emplazar elementos como si fueran pegatinas o collage y jugar con los valores de blanco y formación… más como una cuestión de diseño formato libro, en vez de hacer ilustraciones como si fueran ventanas a otros mundos. Es decir, en "Atticus" hay una silla en medio de la nada y tú como espectador puedes imaginar el resto, pero no hace falta que todo esté marcado. Esta especie de vacío ayudó bastante con el tipo de historia, que es muy rancia, sarcástica.

"Entonces, la parte más retadora fue componer, elegir los decorados y los elementos con cuidado y encontrar una armonía entre la forma en que se relacionaban. Pero una vez elegido esto no era mucho trabajo como esos libros en los que te tienes que pasar una semana haciendo el fondo".

-¿Cómo es que llegaste a la ilustración?

--Siempre me ha gustado mucho dibujar. Yo no sabía que quería ser ilustradora porque simplemente me gustaba dibujar. Mi padre era pintor y él me decía que con la pintura es muy complicado; supongo que de una forma muy orgánica me emplacé en un camino un poco más de oficio para poder aplicar mi pasión a una cuestión más práctica y acabé bastante casualmente en la ilustración infantil, encaja bastante bien con mi carácter porque tengo una parte bastante irrealista y absurda que priorizo la diversión a la practicidad. La parte infantil encajaba bastante bien porque te permite cultivar un montón la fantasía y a la vez hay unos límites muy difusos, puedo hacer lo que me dé la gana, como es un arte muy de segunda, de oficio, sin tener que sentir la presión de hacer arte, en mayúsculas.

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