La política medioambiental de Donald Trump podría catalizar una catástrofe ecológica no muy lejana

El huracán Micheal azotó este miércoles las costas del norte de la Florida con una intensidad inusitada. Golpeó esa región con un poder cercano a la categoría 5 –la máxima para los huracanes y una situación nunca vista en esa región desde que se lleva registro– y penetró tierra adentro en Alabama y Georgia con fuerza de categoría 2, algo también sin precedentes.

Muchos científicos y activistas en pro del medioambiente advierten que el calentamiento global que enfrenta el planeta provocará muy posiblemente huracanes más poderosos y frecuentes, además de otras alteraciones climatológicas (sequías, lluvias extremas, incendios forestales) en el futuro.

El presidente de EEUU, Donald Trump, alude a lo que, a su juicio, han crecido las temperaturas globales a causa de la actividad humana al anunciar el retiro de su país del Acuerdo Climático de París. (AP)

Un futuro que, de acuerdo a un reciente reporte de expertos de las Naciones Unidas, podría llegar más pronto de lo esperado (comenzando incluso en 2030) si las temperaturas globales continúan al alza y superan la barrera de los 1.5 grados centígrados (por encima del promedio de tiempos preindustriales) que es considerada el punto de no retorno en la materia.

Al respecto, el citado informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático urgió a reducir las emisiones de gases de invernadero que catalizan el cambio climático, que deben llegar a un nivel cero neto para 2050, o ya no sería posible prevenir un calentamiento superior a 1.5 grados centígrados. De no lograrse el objetivo, y  actualmente ya se ha elevado esa temperatura promedio en 1 grado centígrado, las consecuencias podrían ser severas y comprometer el futuro de las generaciones por venir.

El problema es que la política del gobierno de Donald Trump le está dando la espalda a ese llamado de alerta y estaría promoviendo justo el tipo de actividades industriales que se han tratado de reducir. No sólo retiró a Estados Unidos del Acuerdo Climático de París, el pacto internacional específicamente creado para evitar superar esa barrera de calentamiento, sino que ha comenzado a revertir políticas y regulaciones planteadas para reducir las emisiones de carbono de Estados Unidos, que por su cuantía son clave en el balance general de producción de esos gases.

Por ejemplo, hace un par de meses la Agencia de Protección Ambiental (EPA) anunció su plan para desmontar una serie de regulaciones que la administración de Barack Obama estableció para las plantas de generación eléctrica en Estados Unidos.

Inundaciones devastadoras amenazan a millones de personas en el mundo, temor que un niño de Vietnam ilustró severamente en un dibujo. Enormes áreas costeras quedarían bajo las aguas en no muchas décadas a causa del alza del nivel de los océanos si las temperaturas globales continúan aumentando a causa de las emisiones de gases de invernadero. (BBC)

Los objetivos de esas normas era recortar las emisiones de gases de invernadero y desalentar el uso de carbón como energía para la generación eléctrica. Y también catalizar la transición de plantas de carbón hacia otras que usaran otros energéticos –menos contaminantes y en realidad más económicos como el gas natural o energías renovables– lo que implicaba la renovación tecnológica de esas plantas o el cierre de las que fueran irremediablemente obsoletas o demasiado costosas de actualizar.

Pero como narró en su momento CNBC, el gobierno de Trump planteó justamente aflojar esas regulaciones, de modo que las plantas eléctricas podrán emitir mayor cantidad de gases y usar carbón en mayor cantidad: 12 veces más que lo previsto en las regulaciones de la era de Obama.

Eso se dio en el contexto, desde la lógica de la Casa Blanca, de revitalizar la industria del carbón y sus fuentes de empleo y con la idea de que las regulaciones que imponían transformaciones tecnológicas eran excesivas y muy pesadas para la industria. Pero también para ofrecer mayores ganancias y menos costos al capital de ese sector, una desplante que parece más bien movido por la codicia y no por la necesaria precaución para prevenir un deterioro acelerado del medioambiente.

El problema es que esas nociones son cortoplacistas y lucen impulsadas por consideraciones económicas inmediatas y no por las tendencias generales de la industria energética (que ya lleva tiempo alejándose del carbón) ni por la necesidad de evitar catástrofes ambientales que, a la larga (y quizá dentro de poco tiempo) serán mucho más excesivas, pesadas, caras y desastrosas que las regulaciones que la EPA de Trump planteó revertir.

En contrapartida, podría decirse que el plan de la EPA es transferir a los estados la decisión sobre las regulaciones y cantidades en el control de emisiones de gases (factor que antes en buena medida era decidido a nivel federal). Ciertamente, muchos estados, como California, han establecido ya y continuarán estableciendo normas de protección medioambiental rigurosas, incluso más que las federales, pero otros estados menos celosos al respecto tendrían manga ancha para permitir más emisiones. Esos desbalances y asimetrías no resultan en realidad auspiciosas para prevenir un mayor calentamiento global.

Una planta de generación eléctrica a base de carbón en Arizona, que aún opera y provee energía a amplias zonas del suoreste de EEUU. Estaba previsto su cierre para finales de 2019. (AP)

No es el único caso. El gobierno de Trump ha planteado abrir al desarrollo parques y monumentos naturales antes protegidos, quiere extraer petróleo en santuarios en Alaska y, con oleoductos como el Keystone XL y otros, explotar fuentes energéticas altamente contaminantes y crear riesgos adicionales de devastación del medioambiente. También aflojó controles sobre las emisiones de metano (un gas de invernadero aún más poderoso que los de carbono) en pozos de extracción de petróleo y gas y relajó también normas sobre las emisiones máximas de automóviles en Estados Unidos. Un recuento de National Geographic da seguimiento a esas determinaciones.

Y si a ello se añade la propensión ideológica (y en ocasiones anticientífica) que Trump y muchos republicanos mantienen en relación al cambio climático y los factores humanos que lo han desatado y catalizado, el panorama resulta alarmante: la primera potencia mundial estaría a contracorriente de la preservación de la civilización misma como actualmente la conocemos.

La revista Science, al comentar el estudio de la ONU, destaca algunas de las perturbadoras predicciones de efectos del cambio climático que podrían suceder en las próximas décadas si se llega a la barrera de los 1.5 grados centígrados:

  • Alza de entre 26 y 77 centímetros en el nivel de los océanos para 2010, lo que inundaría amplias zonas costeras y ciudades donde viven millones de personas.
  • Destrucción del 70% de los arrecifes coralinos.
  • Tormentas, inundaciones y sequías causarán pérdidas más graves, tanto humanas como económicas y materiales.

Una temperatura global elevada en más de 2 grados causaría devastación aún mayor. Y en general, esos desequilibrios podrían devastar la agricultura y los bosques, exacerbar factores que provocan enfermedades y plagas, reducir la disponibilidad de agua potable y alimentos y desatar migraciones desesperadas.

Las temperaturas globales van en camino de superar el promedio de 1.5 grados centígrados marcado como frontera por los científicos. Prevenirlo requiere inmensos esfuerzos para reducir las emisiones de gases de invernadero. (Archivo Yahoo)

Por ello reducir las emisiones (que deben caer a un 45% de los niveles de 2010 en 2030 y llegar a un cero neto en 2050) es un imperativo de la humanidad. Un planeta afectado de la manera descrita devastaría el mundo de las generaciones futuras. Recurrir a energías limpias, eliminar fuentes contaminantes (como el carbón) y recortar drásticamente las emisiones de industrias y vehículos (por ejemplo con automóviles eléctricos y energías renovables) y el desarrollo de tecnologías para contrarrestar los efectos que ya sean irreversibles son el camino necesario, al margen de políticas de corto plazo o consideraciones ideológicas.

La posición del gobierno de Donald Trump, a contracorriente del resto del mundo en materia medioambiental, es por ello especialmente punzante. Y solo con la participación decidida de los estadounidenses (situación compleja en estos momentos de polarización política) podrá Estados Unidos retomar un camino más esperanzador y más colaborativo con el resto de la humanidad en torno al cambio climático. Es una motivación más para los votantes, sobre todo para los jóvenes, en las elecciones intermedias del 6 de noviembre.

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