La paradoja selfie: nos gustan los nuestros, pero no los de los demás

Benito Kozman
Foto de Digital Trends

Pasamos horas, días y semanas retratándonos a nosotros mismos y subiendo nuestras imágenes a las redes sociales, pero en realidad desconocemos la real envergadura de lo que hacemos.

¿Les gustarán nuestras fotos a los amigos? ¿Verán ellos lo hermosos y felices que somos?

Pues no. Desde que el selfie se ha convertido en un vicio extendido a miles de millones de personas en el planeta, en paralelo ha devenido también objeto de estudio de sociólogos, psicólogos, comunicadores y estudiosos de imagen.

De ahí que no pocos proyectos de estudio se estén dedicando en estos momentos al minucioso análisis de esta tendencia. Uno de estos ha sido el que lidera la profesora Sarah Diefenbach, de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, Alemania, y que ha sido publicado en la revista Frontiers in Psychology.

Pues resulta que el que el 82% de los entrevistados en este proyecto -nada menos que 238 ciudadanos de Austria, Alemania y Suiza- han reconocido que disfrutan con la publicación de sus propias fotos, pero no les apetece en lo absoluto detenerse antes los selfies que otros postean en Instagram o en Facebook.

A este fenómeno, la propia Diefenbach lo ha llamado “la paradoja selfie”, en un concepto que resume lo curioso y controversial de que nos guste hacer click delante de nuestros rostros, pero nos desagrade ver los que colocan nuestros amigos.

De acuerdo con la profesora alemana, el prototipo del adicto al selfie es esencialmente hipócrita, pues critica en su entorno conductas que él mismo lleva a cabo.

Seguidores de un equipo de baseball se hacen un selfie en Texas, EEUU. Foto de Ron Jenkins (Getty Images)

En otro punto del mapa, estudiosos de la Universitat Oberta de Catalunya, en España, no creen que exista un patrón único de usuario único, por lo que admiten la presencia de una gran variedad de sujetos y contextos.

“El selfie no es una práctica aislada del individuo, sino que forma parte de su narrativa personal y, por ello, tiene sentido en un contexto, no como una imagen individual”, se detiene la profesora de Estudios de Ciencias de la Información y la Comunicación, Gemma San Cornelio, directora del proyecto SelfieStories.

San Cornelio insiste en la necesidad de no solo contabilizar la cantidad de selfies de una persona o grupo, sino de entrar a analizar elementos tan valiosos como los comentarios que aparecen al pie.

“En el caso de Instagram, que es la plataforma que estudiamos en el proyecto, hemos seguido varios perfiles, y en muchos de ellos hay momentos de confesión -abunda esta estudiosa-. También hay usuarios que presentan narrativas de transformación, como cambios de sexo o procesos de adelgazamiento”.

De acuerdo con San Cornelio, “exponemos fotografías de nuestra vida pública y privada, pero normalmente, solo lo hacemos dentro de nuestros círculos sociales”.

Y abunda: “Otro caso distinto es el de las personas que utilizan las redes de forma profesional para la autopromoción, o aquellas que explican un proceso vital propio como una especie de terapia o catarsis pública. De hecho, para muchos, estas plataformas funcionan como antes habían sido los blogs, una forma de ‘salir del armario’ emocionalmente, liberando quizá una carga personal”.

Algo psicológico

Lo que sí queda claro es que, para una buena porción de los estudiados, el posteo de autofotos funciona como un modo de evacuar sus miedos, de recuperar la confianza que nunca han tenido o que perdieron tras un incidente personal (un accidente, un divorcio, cualquier tipo de fracaso), mientras que para otros resulta un vehículo para intentar reafirmar su personalidad, exhibiendo logros y supuestas victorias.

Según la psicóloga clínica Noelia Mata, quien se ha especializado en trastornos de la personalidad y neuropsicología, “las personalidades que más tienden a este tipo de conducta son las narcisistas y las histriónicas”.

Sin embargo, Mata reconoce también que “la publicación de esas imágenes puede ser una muestra de creatividad y una excelente forma de comunicación, siempre y cuando se haga con moderación”.

“El problema -advierte antes de concluir- deviene cuando los usuarios están pendientes del feedback, hasta tal punto que incluso se vuelven adictos a los comentarios de los demás”.

Finalmente, Gemma San Cornelio es mucho más rotunda, cuando certifica que “la práctica del selfie fomenta y engrandece el narcisismo”.

“Me pregunto si alguien emocionalmente sano podría convertirse en una persona narcisista debido a la práctica de estas fotos”, concluye la investigadora.