La emergencia del coronavirus revela las enormes injusticias y las grandes virtudes estadounidenses

La ruda e inusitada crisis que ha desatado la epidemia de coronavirus ha sacudido de modo contundente a las sociedades en los países que han sido afectados. Y, en Estados Unidos, la magnitud de esa sacudida aún no ha acabado de conocerse.

Pero la ominosa realidad presente y los posibles escenarios resultan perturbadores y generan severos cuestionamientos sobre si la situación que vive el país es, más allá de la rudeza en sí de la pandemia que es la causa mayor, en parte consecuencia de las contradicciones estadounidenses.

Personas esperan en largas filas frente a hospitales en Nueva York, que están a tope y con recursos insuficientes, para que se les realice la prueba de detección del coronavirus. (AP Photo/Mary Altaffer)

Confusión e improcedencia

El Covid-19 es una enfermedad especialmente contagiosa y, en ciertos casos, grave y letal. Su aparición no podía ciertamente predecirse –aunque se sabía que el salto de un virus de animales a humanos, que ha sucedido en el pasado, volvería a darse en algún momento– pero su irrupción en Estados Unidos y muchos otros países se dio con autoridades e instituciones de salud no preparadas para el enorme reto.

Y no porque fuese algo realmente impensable. Por el contrario, se ha pensado, analizado y planeado por muchos años sobre la amenaza de pandemias letales y en Estados Unidos, por solo citar a ese país, se han realizado a lo largo de los años numerosos estudios y ejercicios en torno a la irrupción de una pandemia, sobre sus posibles estragos y sobre cómo frenarlos o mitigarlos.

Pero, como la presente falta de preparación evidencia, ello no condujo a que el país contara con reservas clave de suministros médicos –que en hospitales en muchas ciudades escasean peligrosamente– o a que se siguieran estrategias claras a seguir para reaccionar, con base en datos científicos, de modo oportuno y adecuado a la magnitud del reto para contener la expansión de la epidemia.

Los dislates del gobierno federal, el presidente Donald Trump en primer término, al reaccionar ante la pandemia han sido notorios: desde minimizarla al considerarla un engaño fabricado con fines político hasta una falla mayúscula al producir tests de diagnóstico defectuosos, por solo señalar dos elementos.

Ello volvió enormemente lenta la reacción del país cuando la difusión del virus estaba en sus inicios y pudo haber sido mejor contenido y ha generado una descoordinación entre las autoridades federales y estatales, dejando a las últimas la tarea mayor de reaccionar ante la crisis con recursos reducidos.

La reacción del gobierno federal, atrapada en los vericuetos de Trump, no fue la causa de la epidemia pero sí, probablemente, de que no se le hubiera podido hacer frente a tiempo para prevenir una expansión mayor y sus consiguientes cifras trágicas.

Que en 2018 Trump disolviera el equipo de Seguridad Nacional especialmente dedicado a vigilar y actuar en casos de pandemias o que no hubiera atendido reportes de inteligencia que en enero y febrero alertaron sobre una inminente pandemia muestran el tipo de visión que ha tenido el presidente y que, en cierta medida, aún mantiene.

Su afirmación de que el país podría volver a actividades normales, y levantar el distanciamiento social que ha golpeado severamente la economía, para Semana Santa es ilusoria, equívoca y peligrosa. El balance entre hacer lo necesario para mitigar la pandemia y salvar vidas y reducir en lo posible los daños a la economía y el empleo es ciertamente difícil y muy importante, pero lo primero está por encima de lo segundo.

Reabrir la economía prematuramente podría solo agravar y prolongar la epidemia en el país, incrementar la cantidad de enfermos y fallecidos y lacerar a la economía aún más.

Y es curioso que Trump plantee clasificar a los condados del país en función a la gravedad de la epidemia que cada uno enfrenta, según el número de casos y el ritmo de contagios, cuando en realidad la insuficiencia de las capacidades de pruebas de diagnóstico, en parte resultado de las fallas del propio gobierno federal, vuelven tal clasificación un espejismo.

Y, en realidad, la mejor manera de prevenir que la epidemia se amplíe en lugares donde hay aún pocos casos es practicar allí al máximo posible las medidas de distanciamiento social, para cortar de tajo una posible expansión mayor. La misma medida es urgente en lugares con muchos más casos.

Que Trump se empecine en sus obsesiones y deseos y llegue a desoír los datos científicos resulta inquietante y no contribuye al ejercicio del liderazgo y la proyección de confianza que el país necesita. 

El presidente Donald Trump ha actuado de modo contradictorio ante la epidemia de coronavirus en EEUU, minimizándola al principio y ahora preteniendo recortar las medidas para frenarla. (Getty Images)

Carencias e injusticias

La epidemia de coronavirus está, además, exhibiendo la enorme desigualdad y la insolencia que caracteriza al sistema de capitalismo sin contrapeso en Estados Unidos.

El sistema de salud, que recae en entidades privadas, aseguradoras y farmacéuticas que buscan principalmente el lucro, deja a enormes sectores de la población desprotegidos. Eso era ya así sin epidemia, y de ello es prueba el debate dentro del Partido Demócrata sobre qué tanto expandir el acceso y la cobertura de salud, incluso con la posibilidad de un sistema universal, público y gratuito que en Estados Unidos, a diferencia del resto de los países desarrollados, no existe.

Pero en la creciente epidemia la realidad de un sistema donde la salud es algo comercial (y no un derecho básico) está conduciendo a un saldo ominoso.

Mientras la atención médica y los seguros de salud son en Estados Unidos carísimos y con precios mayores año con año, la capacidad del sistema de salud ha en realidad decaído durante décadas. De acuerdo a datos del Centro de Control y Prevención de Enfermedades y de la Asociación de Hospitales de Estados Unidos, el país cuenta actualmente con muchas menos camas de hospital que en décadas pasadas: sumaron 924,107 en 2018, pero eran 941,995 en 2010; 983,628 en 2000: 1,213,327 en 1990 y 1,465,828 en 1975.

Entre 2015 y el presente se ha dado un ligero incremento pero en general la capacidad hospitalaria del país se ha reducido a lo largo de las décadas. Y aunque podría decirse que ningún sistema de salud del mundo está plenamente capacitado y pertrechado para reaccionar ante una crisis como la de Covid-19 sin sufrir estragos y carencias, la situación de Estados Unidos es de severa fragilidad.

La población no cuenta, como en los países de Europa y Asia golpeados por el coronavirus, con un sistema público y universal de salud con capacidad que pueda darle atención de modo gratuito o a precios reducidos.

Y hay otras severas carencias. El clamor de médicos y enfermeras de todo el país señalando que les faltan desde ventiladores y camas de cuidados intensivos hasta insumos básicos como mascarillas lo revela. Algo que podría haberse mitigado en varios rubros si se hubiese contado con reservas sustantivas de esos suministros.

Si eso se añade que los pacientes en los hospitales estadounidenses han de pagar muy probablemente de su bolsillo el costo de ser atendidos si enferman de coronavirus, con apoyo de un seguro médico quienes lo tengan (millones no lo tienen), la situación revela una profunda desigualdad.

Aunque no se niega la atención de emergencia en hospitales estadounidenses, a diferencia de sistemas de salud públicos como los que existen en otros países desarrollados y en algunos países en desarrollo, la atención médica en Estados Unidos está en sí condicionada por el factor económico y a la factura que el paciente ha de pagar. Todo ello es una causa de desigualdad enorme.

Las comunidades económicamente vulnerables en  Estados Unidos deben enfrentar así una pendiente adicional en materia de acceso a la atención médica.

Por otro lado, se ha promovido, de modo necesario y pertinente, la suspensión de actividades económicas no esenciales y que se trabaje desde casa. Lo mismo para las escuelas, que tratan de establecer sistemas de enseñanza en línea a gran escala.  Pero millones de hogares estadounidenses, pese a todo el desarrollo tecnológico del país, no cuentan con computadoras y conexiones a internet de banda ancha suficientes para realizar esas actividades. Multitud de estudiantes y trabajadores están rezagados.

Los trabajadores de empleos que requieren esfuerzo físico simplemente no pueden sustituirlo por actividades en línea, como tampoco pueden trabajar desde casa los empleados de restaurantes y multitud de pequeños comercios y otras actividades.

Las personas de menores ingresos con frecuencia no pueden darse el lujo de quedarse en casa, y cuando no tienen otra opción que hacerlo, dadas las circunstancias, enfrentan pérdidas severas de ingreso sin contar con ahorros y otros apoyos para encarar el temporal. Los negocios pequeños y comunitarios sufren también severamente, con muy escasas protecciones.

La epidemia aflora brutalmente las injusticias y desigualdades sociales incluso (o en especial) en el país más rico del mundo.

El criterio de científicos como el Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, debe prevalecer en las decisiones sobre cómo mitigar y frenar la epidemia de coronavirus en EEUU. (AP Photo/Alex Brandon)

Luces y oportunidades

En paralelo, existe en Estados Unidos un torrente de inteligencia, generosidad y disposición a la acción que han brillado en la presente crisis. Médicos, enfermeras y personal sanitario son ejemplo luminosos de ello, trabajando en circunstancias muy difíciles en muchos hospitales, a veces sin los insumos adecuados o suficientes, y encarando una posible agudización de la epidemia, la cantidad de enfermos y de muerte a riesgo de su propia salud.

Científicos en laboratorios e instituciones estadounidenses aplican el ingenio y nuevas tecnologías en  una búsqueda acelerada de posibles vacunas y opciones terapéuticas, con una intensidad y velocidad no vistas anteriormente y proporcionales al acicate de la epidemia.

Muchos otros trabajadores públicos, los maestros de escuela, el  personal de emergencia y rescate, las fuerzas del orden, quienes laboran en cuestiones esenciales –desde la operación de infraestructuras y servicios de importancia crítica hasta quienes atienden en supermercados y farmacias– también están en la primera línea y son clave para el resto de la sociedad. Las condiciones en las que laboran no son siempre las adecuadas, pero su dedicación en estos rudos momentos ha de ser reconocida.

Multitud de organizaciones comunitarias, fundaciones filantrópicas, organizaciones de fe y grupos profesionales se han volcado para construir sistemas de ayuda mutua, canalizar recursos para el apoyo de la población desfavorecida y para idear opciones para propiciar, pasada la emergencia, una recuperación lo más incluyente posible.

Incluso la clase política, pese a la polarización y el encono que han marcado al país, ha logrado acuerdos bipartidistas hasta hace poco inusitados y aprobado un enorme paquete de ayuda financiera que, aunque quizá no suficiente en el mediano plazo, permitirá canalizar apoyos urgentes a las familias y a las pequeñas empresas, a instituciones clave y, también, a corporaciones en problemas. Lo primero es destacado e inusitado para Estados Unidos, como el hecho de dar dinero directamente a la población y elevar de modo importante el seguro de desempleo en un entorno de capitalismo voraz.

Y aunque son controversiales, los apoyos a corporaciones (que en el pasado han tomado recursos federales y recompensado a altos ejecutivos mientras abandonan a sus empleados) tienen ahora algunas condicionantes para propiciar que no se incrementen los despidos. La ley no es la ideal, y podría ser insuficiente y requerirse más, pero es ciertamente un paso extraordinario en la ruta de rescatar a la población y a la economía en la presente emergencia.

La Casa Blanca y el Congreso actuaron en ello de modo acertado.

Pero ha habido muchas decisiones, omisiones y distorsiones que han causado confusión y problemas.

Trump ciertamente no es responsable de la aparición de la epidemia ni de su arribo a Estados Unidos, algo que era en sí altamente probable dada la enorme amplitud de los viajes y contactos internacionales previos a la epidemia. Pero sí del desmantelamiento de un panel de expertos especialmente dedicado a analizar y asesorar sobre esta clase de amenazas, de no haber apreciado inicialmente la gravedad de la situación y haber perdido tiempo valioso y, ahora, de pretender eliminar medidas de imperativa aplicación con base en obsesiones personales o criterios meramente económicos a contrapelo de los datos científicos y de la salud pública. La salud pública es indispensable para la viabilidad de la economía.

Por ello, se desea que el presidente y otras autoridades tengan los tamaños para conducir al país en estos momentos de crisis, lo que no sucede en varios casos, y que también tengan la estatura de las personas que entregan su enorme talento, solidaridad y esfuerzo para ayudar a otros y frenar la epidemia.

Los estadounidenses que luchan con decisión y en diferentes ámbitos para frenar la epidemia, como sucede en otras partes del mundo, han mostrado esa dignidad necesaria. Es el momento de probarlo también para otros, empezando por las más altas autoridades. Y, sobre todo, que ante futuras epidemias, que las habrá, no se repitan los errores presentes y se catalicen los aciertos y las solidaridades para estar en esa eventualidad mucho mejor preparados.