La drástica solución que se tomó para que el obeso rey de León dejase de comer compulsivamente

A lo largo de la Historia se ha tendido a apodar a todos los gobernantes (tanto reyes como papas u otros mandatarios) con algún tipo de sobrenombre que lo ha caracterizado, ya fuese por su gestión al frente del país o estamento o como descripción de su carácter o alguna característica física. Así podemos encontrarnos a Fernando VII como el ‘rey Felón’ (en referencia a su deslealtad con el país y considerado en peor monarca de la Historia de España), Alfonso X ‘el Sabio’ (por su gran aportación a la lengua y la enseñanzas), Juana I de Castilla ‘la Loca’ (tachada como tal, sobre todo desde que descubrió las infidelidades de su amado esposo Felipe ‘el Hermoso’), Felipe ‘el Hermoso’ (por su gran atractivo físico), Carlos II ‘el Hechizado’ (debido a su débil estado de salud –físico y mental- se tenía el convencimiento que había sido hechizado por algún encantamiento o brujería), Felipe IV ‘el Pasmado’ (por su semblante de bobalicón o alelado, debido a su prominente mentón, Alfonso II de Aragón ‘el Casto’ (la referencia a la castidad no era porque no hubiese mantenido relaciones sexuales en su vida sino porque fue el único rey de su época que no las mantuvo fuera del matrimonio o, que al menos, no se le conocieron hijos extramatrimoniales). Y así hasta una larguísima lista, casi interminable.

A mediados del siglo X fue monarca del Reino de León (en dos etapas) Sancho I, quien recibió el apodo de ‘el Craso’, como clara referencia a su exceso de grasa, debido a que padecía de obesidad mórbida y su peso superaba los 200 kilos (según apuntan algunos historiadores alrededor de 240 kg).

Sancho I ‘el Craso’ (imagen vía Wikimedia commons)

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El hecho de que reinase en dos etapas (entre los años 956 y 958 en la primera y entre el 960 y 966 en la segunda) fue debido a su sobrepeso y el impedimento que esos kilos de más suponían para poder mantener relaciones sexuales con su esposa, la reina consorte Teresa Ansúrez, y proporcionar un heredero al reino de León.

Sancho I era hijo del también rey leonés Ramiro II y tras el fallecimiento del progenitor (en el 951) le sucedió en el trono el primogénito de éste, Ordoño III (Sancho y él eran hermanos de padre pero no de madre). Aunque la sucesión era legítima, hubo un gran número de nobles asturleoneses que apoyaban que el rey debía ser Sancho y aprovecharon la prematura muerte de Ordoño, en el año 956, para coronar a Sancho I al no dejar un heredero en sucesión.

Sancho I siempre había estado por encima de su peso, pero fue ser nombrado rey que empezó a engordar desmedidamente. Los investigadores actuales señalan que la más que posible causa de ese considerable aumento de peso se debiese, casi con total seguridad, a que padecería ataques de ansiedad, lo que le provocaría la necesidad de estar comiendo compulsivamente. Hasta tal punto en el que la obesidad se convirtió en mórbida y sobrepasó los 250 kilos, no estando en buenas condiciones para hacer cosas tan rutinarias como caminar, los quehaceres diarios e incluso mantener una correcta vida marital.

Cabe destacar que la muy posible causa de su ansiedad se debiera al momento bélico que vivía su reino, (pleno siglo X) de batallas contra los musulmanes de Abderramán III en la reconquista (recordemos que ésta duró entre los años 722 y 1492), aunque Sancho I no había participado en ninguna personalmente debido a sus problemas físicos.

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También le angustiaba el control que trataban de ejercer sobre él algunos de los nobles asturleoneses que le habían ayudado a llegar al trono y sobre todo la desmesurada ansia de poder del conde de Castilla Fernán González, un pérfido y ambicioso personaje que iba cambiando de bando según le convenía. Había sido suegro de Ordoño III, tras la muerte de éste había colaborado en la coronación de Sancho ‘el Craso’ (mote que ya era común escuchar decir en la Corte de León, y finalmente estaba tratando de echar del trono a éste para nombrar nuevo rey al primo hermano de Sancho (también llamado Ordoño) y con quien había casado a su hija Urraca en segundas nupcias tras enviudar.

Fernán González, con la colaboración de los nobles leoneses, consiguió su propósito y pudieron destronar a Sancho I ‘el Craso’ en el 958, tan solo dos años después de ser coronado rey, nombrando nuevo monarca a Ordoño IV.

Tras su exilio, Sancho I y su esposa Teresa Ansúrez viajaron hasta Navarra donde la abuela del destronado rey, Toda de Pamplona, estaba reinando y ejercía un gran poder. Decidió ayudar a su nieto Sancho para que perdiese todos los kilos que le sobraban, con el fin de que volviese a León y recuperase el trono. Para ello contactó con Abderramán III con la intención de que pusiera a disposición del destronado rey algún médico que le ayudase a adelgazar de forma radical y a cambio, la reina de Pamplona cedería a los musulmanes algunas tierras en las riberas del Duero.

Hasday ibn Shaprut fue el médico que Abderramán III puso a disposición de Sancho I ‘el Craso’ para que éste fuese tratado en el Califato de Córdoba. Dos años después el depuesto rey estaba en plena forma y dispuesto a regresar a León para recuperar el trono (algo que consiguió en el 960).

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Mucha literatura hay respecto al tratamiento al que sometió el médico Hasday ibn Shaprut a Sancho, algunos drásticos y otros descabellados, por lo que la forma en la que le hizo adelgazar está entre la historia y la leyenda.

Entre las cosas que el médico del Al-Ándalus obligó a ‘el Craso’, según explican algunas fuentes, fue hacerlo ir caminando desde Pamplona hasta Córdoba y la otra fue el coser la boca de Sancho, dejándole una pequeña obertura para que le cupiese una cánula con la que introducirle los alimentos líquidos durante los cuarenta días que duró el estricto régimen.

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No se sabe cuántos kilos perdió, pero sí que estaba en una buena forma física y anímica. Había hecho una buena amistad con los musulmanes y éstos le ayudaron a volver a León y destronar a Ordoño IV, recuperando Sancho I su trono de rey en el 960.

Unos meses después consiguió que su esposa quedase embarazada y diese a luz, en el 961, a un hijo que, con tan solo 5 años de edad, lo sucedió en el trono, bajo el nombre de Ramiro III, tras el repentino fallecimiento de Sancho I, en el 966, tras ser envenenado por un conde traidor.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

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