La desoladora foto de migrantes ahogados que debe sacudir moralmente a EEUU

La desoladora foto de un joven padre y su niña de apenas dos años ahogados en el Río Bravo es una trágica y perturbadora muestra de la enorme crisis humanitaria que se vive en la frontera entre Estados Unidos y México. Una crisis que ciertamente tiene hondas causas estructurales, enraizadas en México, Centroamérica y otras regiones expulsoras de migrantes, pero también tiene factores intrínsecamente ligados a Estados Unidos. Es por ello que el gobierno y la sociedad estadounidense tienen, en diferentes grados pero inevitablemente, una responsabilidad en la devastación humana que revela esa foto y en muchos otros casos de muerte y sufrimiento en la frontera.

Y una obligación de reaccionar con sentido solidario y humanitario.

Los cuerpos de los migrantes salvadoreños Oscar Martínez Ramírez y su hija de casi dos años Valeria yacen en la orilla del Río Bravo. Trataron de cruzar a nado el río para llegar a EEUU pero se ahogaron en el intento. (AP /Julia Le Duc)

La foto, tomada por la periodista Julia Le Duc y publicada originalmente en el periódico mexicano La Jornada, es aterradora y debería, de una vez, producir un cambio en la forma como Estados Unidos ha encarado la presente crisis de migrantes que llegan para pedir asilo y en general el complejo tema de la inmigración. La trágica muerte de los salvadoreños Oscar Martínez Ramírez y su pequeña hija Valeria resume el sufrimiento y la tragedia que miles de personas encaran en su camino al norte en aras de cruzar la frontera e ingresar a Estados Unidos.

La familia Martínez Ramírez, los dos fallecidos y la madre Tania Vanessa Ávalos, que sobrevivió, salieron de El Salvador, cruzaron todo México y llegaron a la ciudad mexicana de Matamoros, fronteriza con Brownsville, Texas, donde pensaban solicitar asilo. Pero el puente fronterizo estaba cerrado y optaron por adentrarse en el río para tratar de cruzar, lo que resultó en tragedia.

Como miles y miles de centroamericanos, la familia buscaba en Estados Unidos una vida mejor, lejos de la miseria y la violencia que asolan sus países de origen. El padre y la hija murieron en el intento, y sus muertes en realidad son parte de la ruda realidad, conformada por miles de migrantes que han fallecido, en el desierto o en el río, dentro de tráilers sellados o rendidos por la debilidad y la enfermedad.

Por años esa desolación ha tenido también un correlato en México, donde los migrantes son presa de grupos delictivos, traficantes y autoridades corruptas, que los someten a abusos, violaciones e incluso les provocan la muerte.

En el caso de Estados Unidos, aunque ciertamente muchos han ignorado, desdeñado o estigmatizado ese sufrimiento, las muertes de migrantes en la frontera han consternado profundamente y han motivado la acción solidaria de individuos y organizaciones.

Ciertamente esa acción es loable y honrosa, pero también insuficiente y sometida a inmensas presiones. Y aunque la situación migratoria lleva décadas atorada en un dramático impasse, ha sido durante el gobierno de Donald Trump cuando se han desatado acciones que han agudizado ese dolor y, en paralelo, suscitado repudio a escala general. Por ejemplo, la actitud gubernamental actual llevó ante los tribunales a un activista por la falta de proveer de agua, alimentos y apoyo mínimo a migrantes en desamparo total a la mitad del desierto.

Y ha propiciado la detención y separación de familias migrantes y su encierro en condiciones deplorables e inhumanas, mientras se busca restringir las vías de asilo y se criminaliza a los inmigrantes. La política de “tolerancia cero” del gobierno de Trump y su obstinación de explicar equívocamente la situación en la frontera como una crisis de seguridad nacional, con oleadas invasoras llegando al país y con la urgencia por ello de levantar un muro en la frontera, han sido también factores en la agudización de la crisis real que hay allí: la de tipo humanitario, cuya cruel expresión es la foto de padre e hija ahogados tras tratar desesperadamente de llegar a Estados Unidos, pero que también es visible en los miles de solicitantes de asilo que sobreviven en dura reclusión o son devueltos a México para esperar la solución de sus casos, en una situación que los expone a una enorme precariedad.

El uso político que Trump ha hecho de este tema, para acicatear a su base de derecha radical en sus aspiraciones de reelección, ha sido también un factor en la agudización del drama de los migrantes. Una situación que con voluntad política distinta y recursos suficientes podría haberse aminorado de modo significativo.

¿Podrá la difusión de la demoledora foto de un padre y una niña ahogados en su intento de cruzar a Estados Unidos finalmente mover corazones y sacudir neuronas para atender a cabalidad la crisis humanitaria de los migrantes en la frontera y, a mayor escala, el fenómeno de la migración hacia Estados Unidos procedente del sur?

Hace unos años, otra foto desoladora conmovió también al mundo: fue la de un pequeño niño originario de Siria que murió ahogado en el Mediterráneo y cuyo cuerpo apareció en una playa de Turquía. La imagen fue un duro signo de la desolación de los refugiados que escapaban de la guerra civil en Siria y trataban desesperadamente de llegar a Europa.

En 2015, la foto del cuerpo sin vida de un pequeño niño sirio en una playa de Turquía conmovió al mundo y mostró la tragedia de los refugiados que huían de la guerra civil en Siria. (AP/Nilufer Demir)

Esa foto causó consternación y fue, junto a otros momentos desoladores, parte de lo que suscitó una fuerte reacción de la opinión pública a escala internacional. La foto de los salvadoreños ahogados en el Río Bravo es una sacudida similar y debería motivar acción para mitigar la actual crisis, desactivar los oportunismos que la catalizan (como es la política de Trump, de marcado énfasis electoralista) y atender las causas de fondo que, aquí y allá, la han provocado.

La Cámara de Representantes de mayoría demócrata aprobó una ley que asigna 4,500 millones de dólares para ayuda en la frontera, pero Trump ya ha dicho que la vetará (exige antes cambios a las leyes que regulan el asilo). Mientras, el Senado de mayoría republicana aprobó su propia ley, y no hay claridad sobre si ambas cámaras podrán conciliar sus propuestas.

Ni tampoco se sabe si Trump avalará el resultado. La ayuda podría así quedarse entrampada en los corredores del Capitolio y la Casa Blanca y nunca llegar a las entidades que la requieren para lidiar con la crisis humanitaria fronteriza.

En tanto, la penuria que se vive en la frontera continúa, con migrantes muriendo, siendo recluidos en condiciones inhumanas (peor que criminales en la cárcel) o forzados a esperar en México en condiciones también de extrema fragilidad.

La foto de los cuerpos de Oscar Martínez Ramírez y su hija Valeria es la prueba de la emergencia que allí sucede y de la necesidad de actuar con sentido humanitario y aminorando las rivalidades y pugnas políticas. Algo que es de extrema necesidad aunque, dada la polarización presente, está cubierto en una ruda incertidumbre.

Hay quien, quizá para tener una vía más reconfortante o con ceguera política-ideológica, quiere poner la responsabilidad por la tragedia de la familia salvadoreña en ella misma, en el padre que decidió arriesgar la vida propia y la de su hija, en los brazos y piernas que no pudieron sostener el nado en un río traicionero, en la necedad de venir a Estados Unidos a sabiendas de lo que podría esperarles.

Tal visión revela no solo una profunda inhumanidad sino también una incomprensión total de las realidades de la migración.

La miseria y la violencia que se viven en Centroamérica son resultado ciertamente de hondos problemas estructurales y sociopolíticos, que vienen de muchos años atrás, en esos países, pero factores como políticas económicas impulsadas desde Washington que han lacerado a los países en desarrollo, los efectos del cambio climático (con Estados Unidos como el mayor emisor de gases que catalizan el calentamiento global), la enorme sed de drogas provenientes del sur de los consumidores estadounidenses y de quienes lucran con ello, la explotación de la mano de obra de los indocumentados, muy barata y vulnerable, en Estados Unidos y algunas peculiaridades del sistema de inmigración estadounidense (de suyo roto y en necesidad de reforma) son factores que en diversos grados han contribuido al deterioro de la situación en los países de origen y a las oleadas migratorias que han salido desde México y Centroamérica hacia el norte.

Es por ello que un apoyo estadounidense sustantivo para el desarrollo y la justicia en el sur es una vía indispensable para atender las crisis de allá y de acá vinculadas a la migración.

Injusticia, corrupción, violencia y pobreza en esos países han mantenido esos flujos humanos, atraídos por el magnetismo de Estados Unidos (una nación construida por inmigrantes) y la aspiración de una vida digna y segura. Los peligros de la travesía son graves, y ellos lo saben, pero los de quedarse resultan con frecuencia mayores e intolerables.

La desoladora foto de los cuerpos de Oscar Martínez Ramírez y su hija Valeria debe motivar una reacción humanitaria decidida del gobierno y los grupos políticos de EEUU para encarar solidariamente la crisis humanitaria de los migrantes en la frontera con México. Pero hay grave incertidumbre de que eso suceda. (AP/Julia Le Duc)

Pero Estados Unidos también los ha atraído, para usarlos para mantener a bajo costo un sector económico indispensable y cuyos empleos otros no quieren cubrir. En ese sentido, el mantenerlos como indocumentados, sin darles opción de regularización y bajo continua estigmatización y explotación, opera perversamente en lo económico, pues los mantiene marginados y con bajos salarios siendo que, si por la oferta y la demanda laboral fuera, muchos de los trabajos que los migrantes ejercen y los productos y servicios que aportan deberían ser pagados y vendidos, respectivamente, en mucho más dinero y, por ende, con menor ganancia para los que los emplean o consumen.

El presente gobierno de Estados Unidos y los republicanos hoy ciertamente no asumen tales responsabilidades y en cambio criminalizan a los migrantes y los someten a extremo rigor sin respetar derechos básicos ni reconocer las aportaciones que han dado los que ya están aquí.

La tragedia de los que llegan a pedir asilo la ven en el contexto de una invasión que ha de ser neutralizada con muro y soldados y la instrumentalizan, no sin un componente xenófobo ominoso, en el ciertamente controversial tema de la inmigración para apuntalar sus opciones electorales.

Los demócratas, por su parte, tampoco han estado necesariamente a la altura y si bien durante los primeros dos años de Trump estuvieron en minoría e incluso ahora, con mayoría en la Cámara, han de lidiar contra el veto presidencial, necesitan formular ya una oferta de acción amplia y humana en el asunto, que sería útil tanto por su valor humanitario como porque les daría una clara carta de movilización electoral contra Trump. Pero hay entre ellos lucha de facciones, también en varios casos con 2020 en la mira, y eso es también un signo poco auspicioso.

El desastre que se mira en la foto del padre e hijos ahogados debe crear un despertar mayor, en la sociedad y en los estamentos políticos y económicos, pues la tragedia fronteriza es en realidad también una tragedia estadounidense.

Aunque hay enormes incertidumbres y severo escepticismo, la esperanza es que finalmente una parte sustantiva de Estados Unidos se despabile y encare, a la altura de una democracia fundada en los derechos humanos y las libertades fundamentales, con justicia y solidaridad, la crisis de los migrantes en la frontera, la de los indocumentados y otros inmigrantes en el país y la del roto sistema de inmigración estadounidense.