La confesión de un exdirigente del chavismo: "Recibí lecciones de la guerrilla para defender la revolución bolivariana"

La Vida de Nos

Renzo Salinas pasó cuatro meses internado en un campo clandestino en el estado Barinas, en los llanos venezolanos, recibiendo lecciones de guerrilleros, para defender el “proceso” liderado por Hugo Chávez. Marcado por la decepción, él mismo da cuenta de eso en este relato testimonial que pone en orden todo lo que vivió.

Texto: Renzo Salinas/Ilustraciones Walther Sorg vía La Vida de Nos

<span class="s1">Renzo Salinas pasó cuatro meses internado en un campo clandestino en el estado Barinas, en los llanos venezolanos, recibiendo lecciones de guerrilleros, para defender el “proceso” liderado por Hugo Chávez</span>
Renzo Salinas pasó cuatro meses internado en un campo clandestino en el estado Barinas, en los llanos venezolanos, recibiendo lecciones de guerrilleros, para defender el “proceso” liderado por Hugo Chávez

—Los vamos a enseñar cómo se matan ratas sin dejar rastros.

La frase todavía me retumba en la cabeza.

Alguna vez el chavismo me consideró un hombre de confianza. Fue lo que me dijeron cuando un día de 2006 me convidaron a un campo de entrenamiento, donde obtendría herramientas para defender el proceso en Barinas, el estado llanero del cual provengo y donde nació, también, el artífice de esto que dieron por llamar revolución.

Apoyaba a Hugo Chávez porque siempre anhelé un mundo de igualdad y equidad, y era lo que él pregonaba. Me desempeñaba como como vicepresidente de la confederación de vecinos del estado y formaba parte del consejo local de planificaciones públicas, de la mano del alcalde de Barinas, Julio César Reyes.

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Comenzaron a convocar a líderes comunitarios del MVR, el partido de Chávez. A gente de confianza, insistían. Yo era uno de ellos. Nos dijeron que había que estar listos para luchar.

En campo de entrenamiento

Accedí, junto a unas 40 personas más. Nos trasladaron hasta una zona boscosa en las profundidades de la Reserva Forestal Ticoporo, a unos 16 kilómetros de Socopó, al oeste de Barinas. Allí habían levantado un campo de entrenamiento: eran unas carpas en medio de la nada.

Nos dieron un recibimiento en el que abundó la carne asada, y al que asistieron Zulay Martínez, entonces alcaldesa del municipio barinés Andrés Eloy Blanco, y dirigentes de la política nacional como Adán Chávez, Luis Miquilena y Pedro Carreño.

<span class="s1">Renzo Salinas recuerda que apoyaba a Hugo Chávez porque siempre anheló un mundo de igualdad y equidad, y era lo que él pregonaba, pero después la decepción lo llevó a pasar por una de las etapas más duras de su vida cuando fue amenazado por el poder. Ahora dice que no tiene miedo</span>
Renzo Salinas recuerda que apoyaba a Hugo Chávez porque siempre anheló un mundo de igualdad y equidad, y era lo que él pregonaba, pero después la decepción lo llevó a pasar por una de las etapas más duras de su vida cuando fue amenazado por el poder. Ahora dice que no tiene miedo

Al entonces diputado Pedro Carreño ya lo conocía. Habíamos coincidido primero en el ejército —porque presté servicio militar entre 1987 y 1989, mientras él era teniente—; y después cuando me sumé a reuniones del MBR-200, movimiento de izquierda fundado por Hugo Chávez en los cuarteles.

—Lo voy a ayudar cuando termine este entrenamiento; tendrá casa, carro, un trabajo—me decía las veces que lo vi por allí.

Los instructores eran guerrilleros. Nunca procuraron ocultarlo. Algunos andaban con sus uniformes verde oliva y portando brazaletes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

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Dormíamos en literas. Nos levantábamos temprano para apoyar en la cocina. Después debíamos hacer ejercicios físicos, recibir clases de tiro, defensa personal y desarme. Nos explicaban cómo extorsionar, cómo secuestrar. Todo para tener el control de las comunidades. La vida allí no era agradable. Siempre sentíamos mucha presión.

Quise irme. Pero solo me atreví a comentarlo con mis compañeros cuando varios, en voz baja, comenzaron a decirlo: “Esto no es lo que nos prometieron”.

“Matar ratas sin dejar rastro”

Pero escapar no era fácil.

—No se pueden ir, ya saben mucho. Sabemos todo sobre sus familias, dónde viven, quiénes son —nos decían quienes nos custodiaban.

Parte de su plan era acabar con el dominio que mantenían delincuentes en Barinas, para asumirlo ellos, supongo, y tener el camino libre para extorsionar a ganaderos y madereros, y arremeter contra cualquier manifestación opositora. Tenían una lista de los azotes, y salían por las noches a exterminarlos. Luego, para saber qué comentaban en el pueblo, íbamos con ellos, vestidos de civil, simulando normalidad, a un bar.

<span class="s1">“Una vez nos enteramos de que habían matado a dos de nuestros compañeros” </span>
“Una vez nos enteramos de que habían matado a dos de nuestros compañeros”

—¿Anoche y que mataron a unos cuántos? —le preguntaba alguno a quien tuviera al lado en el bar.

—Sí.

—¿Quién habrá sido?

—No sé. Pero a esos no servían para nada, eran malandros. Mejor así.

En el campamento, recordarían esas conversaciones en los entrenamientos, diciéndonos:

—¿Ven? Los vamos a enseñar cómo se matan ratas sin dejar rastros.

Ellos estaban pendientes de lo que se publicaba en la prensa. Así nos enteramos de que habían matado a dos de nuestros compañeros quienes se habían robado las llaves de uno de sus jeeps y escaparon.

—Miren el periódico. Los traidores fueron encontrados en un matorral calcinados dentro del jeep.

La decepción en Caracas

Después de casi cuatro meses, salimos de allí. Sentía que estaba metido en un mundo sórdido, pero seguí apoyando al chavismo. Pensé que no todo era así de macabro. Continué trabajando con el alcalde Julio César Reyes y su amigo Pedro Carreño fue a la oficina un día y volvimos a encontrarnos: me ofreció un trabajo en Caracas como director de un centro de la Misión Negra Hipólita, un programa que Chávez había creado 2006 para atender a personas en situación de calle. Acepté. Me fui en octubre de 2007.

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Seguí marcándole esporádicamente. Pero mi depresión seguía ahí. Una vez amanecí sintiendo que todo había perdido sentido, y estaba decidido a quitarme la vida.

Desesperado, le conté todo lo que había vivido —y lo que estaba atravesando— a un señor con quien comencé a hablar en la calle. Él me habló de un centro de rehabilitación que tenían unas monjas que repartían arepas entre los indigentes en diversos puntos de la ciudad.

Yo las había visto. El señor —hoy pienso que era un ángel—me dijo a dónde debía ir y para allá me fui al día siguiente.

<span class="s1">Renzo Salinas: Una vez amanecí sintiendo que todo había perdido sentido, y estaba decidido a quitarme la vida</span>
Renzo Salinas: Una vez amanecí sintiendo que todo había perdido sentido, y estaba decidido a quitarme la vida

Era la Casa de Acogida Padre Machado, ubicada en El Valle, al oeste de Caracas. Allí me escucharon, me dieron comida y ropa, me permitieron bañarme y me dijeron que podía quedarme.

Pasé más de un año internado. Me fui sintiendo más seguro. Me acerqué a Dios y comencé a apoyar a las monjas en el trabajo que hacían, y fue cuando se me ocurrió crear mi propia fundación: la llamaría “Venezuela libre de indigencia”.

Cada cierto tiempo seguía marcándole a mi mamá. Una de esas veces me enteré de que tenía cáncer de mama. Y después de tantos años, regresé a Barinas en diciembre de 2017.

El regreso

Era una bendición poder acompañar a mi madre en sus sesiones de quimioterapia. Buscaba sus medicamentos oncológicos en las farmacias del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, donde el Estado los distribuye. Como a las casi 600 personas que entonces acudían allí, casi siempre me decían que no había. Los familiares y pacientes nos dimos cuenta de que cuando las medicinas llegaban, distribuían unas pocas y el resto las vendían en el mercado negro.

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Nos organizamos y creamos el Frente de Apoyo al Paciente Oncológico, del cual me escogieron presidente. El 17 de julio de 2018, en una rueda de prensa, informé sobre 25 pacientes con cáncer que habían fallecido por no tener el tratamiento. Al salir, se me acercaron funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional en una moto. Me pusieron una capucha y me hicieron subir a un vehículo. Antes de que me llevaran, le pedí a quienes estaban conmigo que avisaran en Vente, el partido del que soy coordinador de Derechos Humanos en el estado Barinas.

Me pidieron detalles de lo que había dicho en la rueda de prensa. Quizá pretendían atemorizarme. Pero ya no tengo miedo.

Después de que mi mamá falleció en mayo de 2018, me quedé en Barinas. Sigo adelante con Venezuela libre de indigencia. Porque no me olvido de dónde me sacó Dios.

Esta historia fue cedida por el portal venezolano La vida de nos.