La ciudad canadiense que podría ser el país más rico del mundo

Boris Leonardo Caro

Medicine Hat flota sobre un océano de gas natural. O más bien “levita”, porque el enorme mar interior que dividía Norteamérica en dos mitades cedió su sitio hace decenas de millones de años a tierras preñadas con yacimientos de combustibles fósiles. Esa pequeña urbe del oeste canadiense ha aprendido a manejar su riqueza con una desusada sabiduría.

Medicine Hat controla la riqueza generada por sus yacimientos de gas y petróleo (Green Energy Futures – David Dodge . Flickr CC)

Medicine Hat, de 63.000 habitantes, no es Fort McMurray, la capital de las arenas bituminosas de Alberta; tampoco goza de la fama de una rutilante metrópoli como Toronto o Vancouver. Quizás no demasiadas personas, fuera de la región, conozcan que en ningún otro lugar en Canadá el sol brilla durante más tiempo cada año. Y este privilegio luminoso, en el Norte gélido, no parece casual.

Este tipi recuerda el pasado indígena de Medicine Hat (candycanedisco – Flickr CC)

Una ciudad dueña de su futuro

En el Sur suelen afirmar, algunos con mal disimulada envidia, que “en Canadá no sucede nada”. Esa indiferencia no permite apreciar noticias locales con un impacto más allá del paralelo 49 (que marca la mayor parte de la frontera con Estados Unidos).

Hace apenas unos días el consejo municipal de Medicine Hat aprobó la creación de un Fondo de Ahorros del Patrimonio (Heritage Saving Fund). Esa decisión elevó a la ciudad al nivel de naciones que han creado fondos soberanos de inversiones, notablemente Noruega.

¿Qué tiene de especial ese acuerdo de las autoridades de Medicine Hat? A partir de ahora la alcaldía destinará una parte de los ingresos provenientes de la explotación del petróleo y el gas natural a engrosar ese fondo, cuyos activos serán invertidos en el mercado de valores. Los dividendos que ofrezcan las acciones se utilizarán en el presupuesto municipal para, por ejemplo, reducir los impuestos a la propiedad inmobiliaria.

Dicho de otra manera, en lugar de derrochar el dinero de sus enormes, pero no renovables recursos energéticos, Medicine Hat ha optado por la prudencia. Cuando el subsuelo agote su maná, las ganancias del fondo deben de haber crecido lo suficiente para cubrir las necesidades de la municipalidad. El declive de los combustibles fósiles no significará, entonces, la ruina de la ciudad.

La primera ministra de Alberta, Rachel Notley, y Ted Clugston, alcalde de Medicine Hat (Chris Schwarz/Government of Alberta – Flickr CC)

El alcalde y principal promotor de la iniciativa, Ted Clugston, se han inspirado sin dudas en el modelo noruego. Ese país nórdico posee una reserva invertida de 900.000 millones de dólares, equivalente a más del doble de su Producto Interno Bruto. El ejemplo de sensatez de la clase política noruega no solo ofrece una guía sobre cómo manejar los recursos energéticos, también da una lección de transparencia y ética en un mundo donde ambas cualidades escasean.

Los detalles sobre las inversiones del Government Pension Fund Global están disponibles en Internet. Por otra parte, el fondo no adquiere acciones de empresas cuyos productos considera nocivos, como el tabaco, ni en compañías que se beneficien de trabajo infantil; también ha reducido de manera considerable el financiamiento de centrales eléctricas a carbón y ha incrementado la participación en iniciativas que tratan de prevenir el cambio climático.

Si bien la riqueza de Medicine Hat dista del caudal noruego, el alcalde Clugston no oculta su orgullo. “Podríamos separarnos del mundo y seríamos totalmente autosuficientes”, señaló en entrevista a The New York Times. “Seríamos un pequeño país muy, muy rico, sin ejército”, vaticinó.

Medicine Hat ha apostado también por las energías renovables (Green Energy Futures – David Dodge – Flickr CC)

El premio al sentido común

El éxito económico de Medicine Hat no emana del azar, sino de decisiones que han puesto los intereses de la comunidad en primer lugar.

A principios del siglo XX el Consejo Municipal rechazó la oferta de una compañía privada que aspiraba a explotar los yacimientos gasíferos. En su lugar, el gobierno local empezó un programa para suministrar gas a todos los residentes. El control público de los recursos energéticos le ha permitido a la ciudad ofrecer impuestos ventajosos para las empresas y los residentes.

Además del Fondo de Ahorros del Patrimonio, Medicine Hat se ha embarcado en el desarrollo de fuentes renovables de energía. La municipalidad posee una planta de generación de electricidad térmica solar y un parque eólico. El objetivo es que esas y otras alternativas a los combustibles fósiles cubran la cuarta parte de las necesidades de electricidad para 2025.

Clugston buscará su reelección como alcalde en octubre próximo (Green Energy Futures – David Dodge – Flickr CC)

Y no se trata de un trasnochado empeño ecologista o la utopía de un puñado de políticos liberales. El alcalde Clugston no es un hombre de izquierda, sino un político pragmático que parece de veras comprometido con mejorar la vida de sus conciudadanos.

El mejor ejemplo de este pragmatismo sería el programa Housing First, que redujo a 10 días o menos la espera de las personas sin techo para encontrar un nuevo hogar. En 2009 la ciudad se había comprometido a eliminar la carencia crónica de vivienda para este grupo vulnerable. En 2015 la promesa se cumplió. Clugston, opuesto en principio a financiar el proyecto, comprendió luego las ventajas financieras de la medida: un ‘homeless’ cuesta cinco veces más a la municipalidad en la calle que cuando vive en una casa subvencionada.

Desafortunadamente, la tozudez ideológica y los mezquinos intereses personales plagan las democracias por doquier. Y las historias como la de Medicine Hat, en consecuencia, siguen recluidas en crónicas de excepción.