En la primera línea: ¿cómo logra el personal de la salud equilibrar las demandas de los hijos y de los pacientes?

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La kinesióloga Lucía Gómez y su hijo Mateo
La kinesióloga Lucía Gómez y su hijo Mateo

Hay días en los que Lucía Gómez, de 41 años, kinesióloga de terapia intensiva, lleva a su hijo Mateo a la plaza, en Colegiales, y tiene que luchar para no quedarse dormida. Se levanta, se mueve, se estira. No puede perderlo de vista. Después de trabajar por 36 horas seguidas, al tener responsabilidades como entubar o retirar el respirador a un paciente que tiene Covid-19, quedarse quieta al sol puede ser un peligro. Aunque necesita dormir, quiere que su hijo salga del departamento, vea gente y encuentre un ambiente mínimamente estimulante para sus cuatro años. La semana pasada sin clases presenciales fue una verdadera odisea. El primer día Mateo no le creía que la escuela estaba cerrada y tuvo que llevarlo a la puerta del establecimiento para dejarlo tranquilo. Luego de todo un año sin ir a su jardín por la pandemia, su hijo no quiere más el encierro.

“Me encantaría hacer más por la escolarización de mi hijo. Traerlo a la plaza es casi todo lo que puedo hacer, porque me encuentro en un estado de agotamiento mental que es muy difícil. Nunca había vivido un tiempo así de intenso. Hace dos días, me puse a llorar literalmente sobre un paciente porque no lográbamos la maniobra y es muy frustrante cuando ves que no mejora”, dice, al límite de sus fuerzas.

El caso de Lucía representa lo que les ocurre a miles de trabajadores de la salud que son padres y madres y que por estos días deben repartirse entre las demandas de sus pacientes y las de sus hijos. Aquellos que sobre todo deben enfrentar este drama con las clases virtuales, como ocurrió la semana pasada en la ciudad y como viene sucediendo desde hace más de un mes en la provincia de Buenos Aires, se sienten aún más solos en la lucha desigual contra el Covid-19.

Sofía Kotsias y su hijo Salvador, de cuatro años
Sofía Kotsias y su hijo Salvador, de cuatro años


Sofía Kotsias y su hijo Salvador, de cuatro años

“En estos días, muchos padres que son trabajadores esenciales, específicamente de salud, se acercaron para contarnos la terrible situación que están viviendo en esta segunda ola, sobre todo frente al cierre de las escuelas”, describe Quimey Lillo, de la agrupación Padres Organizados. “Nos escribió una pediatra que tiene una hija de tres meses, que la convocaron para volver al hospital. La beba no quiere la mamadera, entonces ella decidió renunciar. Estas historias nos empezaron a llegar cada vez más seguido. Y nos preguntamos qué políticas de Estado se pensaron específicamente para ellos, en especial para los que están trabajando con pacientes con Covid-19, en terapias intensivas, en guardias, que vieron incrementados su trabajo. La respuesta fue ninguna”, dice Lillo. De la experiencia internacional que pudieron recabar, encontraron que en otros países se hicieron guías oficiales para las escuelas, recomendando que los padres que son críticos y trabajan en la lucha contra el Covid si lo requieren pueden seguir llevando a sus hijos a la escuela, si no tienen otras alternativas, siempre como última opción, respetando el espíritu del confinamiento. “Esto no se tiene en cuenta acá cuando se habla de cierre total. Pero desde Padres Organizados creemos que sería muy importante contemplar esta situación”, explica.

No son pocos. Según los datos del Ministerio de Salud de la Nación, en el país hay 763.000 trabajadores de la salud. Quienes tienen la situación más complicada son aquellos que no viven en pareja con el otro progenitor. O cuando los dos padres son personal esencial. “Los hijos de los trabajadores críticos son una gran deuda. No hay políticas para ellos. Algunos países como Reino Unido, Francia o Estados Unidos tomaron medidas para atender esta situación. En Noruega, los colegios nunca cerraron para los esenciales y lo mismo sucedió en España, donde se recibió a los hijos de los trabajadores críticos. En algunos países también se ofreció la alternativa de aplicar para becas para pagar el cuidado de los chicos durante las horas extra que los trabajadores de la salud tuvieran que dedicar”, indica Lillo.

Cambios

El año pasado, Gómez trabajaba en dos clínicas como kinesióloga intensivista. Cuando Ariel, su marido, que también es kinesiólogo, pidió un cambio de turno, porque su esposa tenía una mayor demanda de trabajo por su especialidad, tuvo que recurrir a un abogado, ya que la respuesta fue que se trataba de un “problema personal que debía resolver”. Lucía terminó cambiando de trabajo y, demanda de por medio, lograron organizar los horarios. Sin embargo, el regreso de las clases presenciales significó una alteración enorme en sus vidas. En esas horas, después de hacer guardia, finalmente Lucía pudo dormir y tranquila de que su hijo estaba en un entorno cuidado y estimulado. “Viene súpercontento. Es otro chico. Aprendió a escribir su nombre e incorporó palabras en inglés”, cuenta.

Analía Marciel y Camila
Analía Marciel y Camila


Analía Marciel y Camila

El dilema de los padres dedicados a la lucha contra el nuevo coronavirus se agrava en aquellos distritos en los que las clases se suspendieron desde hace un mes y medio. Es el caso de Analía Marciel, de 43 años, que es enfermera de terapia intensiva en una clínica de Palermo y es madre de Camila, de 11 años. Vive en Bernal. Ella enviudó hace tres años. Como trabaja de noche, no puede pedir licencia para el cuidado de su hija. La solución, desde que falleció su marido, fue contratar una niñera nocturna. El problema comenzó el año pasado, porque al tener pocas clases virtuales su hija cambió el sueño y se quedaba despierta de noche. Además, estaba angustiada, preocupada y deprimida. “Quiero ir a la escuela”, le rogaba a la mamá. Todos querían. Para Analía, el desafío era doble. Cuando volvía de la guardia, llegaba y tenía que acompañar a su hija en los Zoom o explicarle cuando no entendía algo. “No me da la cabeza a esa hora para poder ayudarla. Es muy difícil lo que nos toca a los padres. Finalmente, le tuve que pedir a la niñera que se quede para acompañarla en los Zoom también. Por eso, necesitamos tanto que vuelva la escuela. Para los esenciales y para todos los chicos”, dice.

Los contagios, el miedo a la transmisión, los períodos en que tienen que aislarse, la dificultad para conseguir cuidadores dispuestos a atender a los hijos de médicos y enfermeros en contacto diario con el Covid son algunos de los escollos que a diario tienen que sortear. Pero también la sensación de vivir en un estado “zombi” de no poder atender como quisieran a sus propios hijos. De estallar en llanto en una reunión virtual de padres. O hasta de quedarse dormidos al lado de sus hijos, mientras los acompañaban en su clase por Zoom.

“Dependemos de la buena voluntad de todo el mundo y de la suerte”, cuenta Sofía Kotsias, que es médica clínica e intensivista del Cemic. Cuando empezó la pandemia, le preguntaron cuál iba a ser su disponibilidad. Si iban a poder contar con ella. Sobre todo, porque tenía a Salvador –que tenía tres años– y estaba divorciada. “Nosotros no tenemos opción de pedir licencia. Tenemos un compromiso con el trabajo. No corresponde en una pandemia. Tenemos que estar. Es nuestro compromiso como médicos. En mi caso, organicé toda una logística con la niñera y el papá para poder estar presente”, señala. Tiene cuatro turnos de ocho horas semanales y una guardia rotativa. Además, siempre hay que reemplazar a algún compañero que está aislado o que no puede asistir. “En esta situación la escuela abierta podría haber sido un soporte fundamental. Acá fue un vacío total. Tengo una hermana viviendo en Francia. Allá tenían un sistema de escuela en paralelo para los esenciales: ya sea para los hijos de un chofer de colectivo, la cajera del supermercado o los médicos”, relata. “Ese grupo esencial tuvo asegurada la escolaridad”, apunta.

Para poder organizar la logística de cuidado, el año pasado tuvo que recurrir a sus propios padres. “Sabiendo que no era lo ideal y que quizá los estaba exponiendo. Pero no había muchas alternativas”, concluye Sofía.