El primer juicio pareció un tanto abstracto; este será una evaluación visceral de Trump

Peter Baker
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Los daños causados por el ataque de la turba todavía son evidentes en las puertas del Capitolio en Washington antes de que comience el juicio político contra el expresidente Donald Trump el martes 9 de febrero de 2021. (Alyssa Schukar/The New York Times)
Los daños causados por el ataque de la turba todavía son evidentes en las puertas del Capitolio en Washington antes de que comience el juicio político contra el expresidente Donald Trump el martes 9 de febrero de 2021. (Alyssa Schukar/The New York Times)
Varios de los representantes de la Cámara encargados de fungir como fiscales observan videos de lo ocurrido el 6 de enero presentados durante el juicio en el Capitolio el martes 9 de febrero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)
Varios de los representantes de la Cámara encargados de fungir como fiscales observan videos de lo ocurrido el 6 de enero presentados durante el juicio en el Capitolio el martes 9 de febrero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)

Ahora no se trata de la transcripción de una llamada telefónica ni de simples palabras escritas en el papel que pueden interpretarse de distintas maneras. Se trata de una turba de extremistas que derribaron barricadas y golpearon a agentes de policía. Se trata de una mafia que destrozó ventanas y vapuleó puertas, de un grupo de saqueadores que erigieron una horca y clamaron a gritos consignas como “¡Tomen el edificio!” y “¡Luchen por Trump!”.

Este martes 9 de febrero, el Senado de Estados Unidos presenció un suceso nunca antes visto que resonará en los ecos de la historia: el inicio del segundo juicio político contra el expresidente Donald Trump. Los representantes de la Cámara encargados de fungir como fiscales mostraron un impresionante video, cuyas imágenes del ataque letal del mes pasado al Capitolio dejaron muy claro cuán diferente será este proceso del anterior.

En contraste con el caso presentado en contra de Donald Trump hace un año, cuyo argumento principal sobre sus interacciones tras bambalinas con Ucrania, un país lejano, podía considerarse un tanto abstracto o limitado, el caso de este año se concentra en un estallido de violencia que los estadounidenses vieron con sus propios ojos por televisión y los senadores que actuarán como jurado experimentaron de primera mano, pues puso en peligro su vida y los obligó a escapar.

En vez de tratarse de decidir en qué momento la política exterior se convierte en exceso político, este segundo juicio constituye una evaluación de la presidencia de Trump. En los próximos días, muchos de los aspectos fundamentales que definieron los cuatro años de mandato de Trump serán objeto de debate en la cámara del Senado: sus implacables ataques contra la verdad, sus acciones deliberadas para fomentar divisiones en la sociedad, su empeño en destrozar las normas y su intención de socavar unas elecciones democráticas.

De cualquier forma, es posible que este juicio concluya con el mismo veredicto que el anterior. En una votación preliminar sobre la constitucionalidad de enjuiciar a un presidente cuando ya no ocupa el cargo, 44 republicanos respaldaron a Trump el 9 de febrero, hecho que demuestra su influencia imperecedera en el partido y es una señal de que lo más probable es que obtenga los 34 votos necesarios para ser exonerado, dado que se requiere una supermayoría de dos tercios de los votos para condenarlo.

Sin embargo, si los seis republicanos que votaron a favor de proceder también votan a favor de condenarlo por incitar a la insurrección, será el mayor número de senadores en separarse de las filas de un presidente de su propio partido en cualquier juicio político (llamado “impeachment“) en la historia de Estados Unidos.

“Cuando estaba sentado en el Senado durante el primer juicio nunca me hubiera imaginado que a fin de cuentas sería solo el primer acto”, comentó Norman L. Eisen , abogado de los demócratas de la Cámara de Representantes en el juicio del año pasado en torno a la presión ejercida por Trump sobre Ucrania para obtener ayuda política. “El segundo cristaliza todos los elementos antidemocráticos que caracterizaron el mandato de Trump y los delitos que cometió con respecto a Ucrania; no solo eso, sino que manifiesta con mayor claridad su gravedad”.

La carga emocional de este caso se hizo evidente en el Senado el martes. Sentados, en esencia, en la escena del crimen, la misma cámara que evacuaron hace apenas un mes unos momentos antes de que los partidarios de Trump irrumpieran en el lugar, algunos de los senadores observaron absortos las escenas de violencia que aparecían en las pantallas colocadas frente a ellos. Otros prefirieron no mirar.

El equipo de defensa de Trump reconoció la agudeza de la presentación del bando contrario, pues uno de los abogados, Bruce L. Castor Jr., admitió que los fiscales habían presentado muy bien su caso e incluso reconoció que los votantes habían rechazado a Trump. Sin embargo, criticaron la estrategia del equipo de la Cámara de Representantes por estar concentrada en las emociones y no en el derecho o la razón, y que intentaran despertar sentimientos de ira entre los senadores a partir de imágenes provocadoras y afirmaciones en que tergiversaban las palabras de Trump para culparlo injustamente de la violencia.

David I. Schoen , otro de los abogados del expresidente, señaló que la cinta había sido “diseñada por expertos para estremecerlos y horrorizarlos, tanto a ustedes como a nuestros conciudadanos estadounidenses”, como si un juicio político “fuera una especie de deporte sangriento”.

“De nuevo se trata de vil partidismo basado en motivos equivocados”, agregó Schoen. “No necesitan proyectarles películas para mostrarles que el disturbio ocurrió aquí. Estipularemos que ocurrió y ustedes saben todo al respecto”.

No obstante, el caso que se desarrollará a lo largo de la siguiente semana pondrá al descubierto los elementos más aberrantes de la presidencia de Trump. Durante cuatro años actuó para atraer a las multitudes, atizó sentimientos de ira, enardeció conflictos y en ocasiones promovió la violencia. Diseminó versiones deshonestas de la realidad según sus necesidades políticas y aleccionó a sus seguidores para que no le creyeran a nadie más que a él. Minó la confianza en las instituciones democráticas y sobrepasó límites que otros presidentes jamás se habrían atrevido a exceder.

Todo esto, que ocurrió en los meses previos a las elecciones del 3 de noviembre y la toma del Capitolio el 6 de enero, ahora se analizará con todo detalle: el descaro con que repitió acusaciones falsas de fraude electoral para intentar aferrarse al poder incluso después de que los electores lo habían rechazado, la presión que ejerció sobre funcionarios estatales y locales con la intención de trastocar los resultados de las elecciones a su favor, la forma en que azuzó a sus seguidores para que marcharan al Capitolio cuando les dijo que estaba en juego el futuro de su país.

Trump aprovecha la naturaleza tribal de la política de hoy en día. Por más que no les guste su estilo, la mayoría de los legisladores republicanos se han mantenido de su lado de la barda, pues criticar las acciones de Trump es una cosa, pero unir fuerzas con los demócratas para aprobar o rechazar un veredicto sobre su presidencia es otra totalmente distinta. De manera parecida, las encuestas muestran una condena generalizada de las acciones de Trump, pero solo un poco más de apoyo a declararlo culpable en esta ocasión que en la anterior.

Por eso el equipo de defensa de Trump presentó sus propios videos el martes. En ellos, aparecen algunos demócratas que comenzaron a solicitar el juicio político prácticamente en cuanto asumió la presidencia, por lo que argumentan que el intento actual es solo el capítulo más reciente de una campaña de retribución, planteamiento con el que pretenden conseguir de nuevo el respaldo de los republicanos.

Así que, si bien la presidencia de Trump ya llegó a su fin, la batalla en torno a la misma no ha concluido. Esta semana, se librará con palabras e imágenes hoscas, desapacibles y cargadas de ira, hasta legar a su desenlace definitivo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company