Las jugadoras de baloncesto de mayor edad de San Diego nos cuentan por qué juegan

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Marge Carl, de 92 años, de las Splash, lanza el balón contra Young at Heart, otro equipo de San Diego, durante un partido de la Asociación de Baloncesto de Mujeres Mayores de San Diego, en San Diego, el 7 de noviembre de 2021. (John Francis Peters/The New York Times)
Marge Carl, de 92 años, de las Splash, lanza el balón contra Young at Heart, otro equipo de San Diego, durante un partido de la Asociación de Baloncesto de Mujeres Mayores de San Diego, en San Diego, el 7 de noviembre de 2021. (John Francis Peters/The New York Times)

SAN DIEGO— Los sonidos que salían de la cancha sugerían un juego de baloncesto normal: zapatillas deportivas que chirriaban sobre un piso pulido, rebotes huecos de un balón, el silbato estridente de un árbitro.

Pero adentro, la escena no era nada normal. Mujeres mayores, algunas con más de 80 y 90 años robaban, pasaban y lanzaban el balón. Driblaban y se movían con agilidad mientras corrían hacia la canasta.

Kirsten Cummings, exjugadora profesional de baloncesto, recordó la primera vez que entró a este centro deportivo de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por su sigla en inglés) en el vecindario Mission Valley de San Diego.

“Había un grupo de mujeres jugando y yo me quedé hipnotizada viéndolas. Tenían 75 años”, dijo Cummings. “Se me puso la piel de gallina”.

Esta es la Asociación de Baloncesto de Mujeres Mayores de San Diego, una de las ligas más grandes del país para mujeres mayores de 50 años. La segunda ciudad más grande de California es sede de varios equipos deportivos para mayores y organiza los Juegos para Adultos Mayores de San Diego, que atraen a miles de competidores de todo el estado para un evento al estilo de los Juegos Olímpicos cada año.

“Tenemos una gran tendencia por las actividades al aire libre, por el ejercicio, así que fue algo natural que los Juegos para Adultos Mayores florecieran aquí”, dijo Cummings, quien creció en San Diego y se encarga del evento en la actualidad. “En San Diego hay personas que no lo piensan dos veces antes de aprender baloncesto a los 79 años”.

Un domingo reciente por la mañana, conversé en la línea de banda de la cancha de la YMCA con Marge Carl, quien ha jugado en la liga femenina desde su fundación a mediados de la década de 1990.

Carl, quien en la actualidad tiene 92 años, vestía una camiseta azul que combinaba con sus ojos brillantes. Su equipo, las Splash, para mujeres mayores de 80 años, tenía programado un partido en 45 minutos.

La liga está conformada por 75 mujeres en 13 equipos, agrupadas a grandes rasgos por nivel de habilidad, quienes se enfrentan todos los domingos. Los juegos son de 3 contra 3, duran 30 minutos y se realizan en media cancha.

Carl, como la mayoría de las mujeres aquí, alcanzó la mayoría de edad antes de la implementación del Título IX, la ley de derechos civiles de 1972 que aumentó de forma significativa las oportunidades de las mujeres para participar en deportes colegiales. Por ende, no aprendió a jugar baloncesto sino hasta después de cumplir 60 años.

Las recién llegadas a la liga de baloncesto aprenden a marcar y tomar rebotes en su programa de entrenamiento para novatas. Y una vez que entran en un equipo, las jugadoras podrían tener 40 años o más para perfeccionar sus habilidades.

Cummings, quien ha entrenado a las Splash como voluntaria, dijo que al principio le sorprendió el deseo de las mujeres mayores de mejorar. Una vez se quedó dormida y no llegó a una práctica, y una jugadora de unos 80 años la regañó.

“Después de eso nunca más falté a una práctica”, dijo Cummings. “Mientras más las entrenaba, más pude verlas por encima de esa imagen de que son, ya sabes, unas dulces ancianitas. No, estas son atletas mayores serias”.

La liga también detiene el lento avance de la soledad que acompaña el envejecimiento.

Carl me dijo que sus amigas de la infancia ya han muerto. Otras mujeres han sobrevivido a sus cónyuges por décadas. Sus hijos a menudo están abrumados con las responsabilidades de sus propias familias.

Pero estas compañeras de equipo se reúnen en la cancha varias veces por semana. Algunas jugadoras han oficiado las bodas de otras y han viajado juntas.

Carl asintió con la cabeza en dirección a una mujer más joven que se ataba las trenzas de sus zapatillas. Este año, esa mujer había llevado en su auto a Carl a sus citas para la vacuna contra el COVID-19.

“Son la sororidad”, me dijo Carl.

En la actualidad, la jugadora de mayor edad de la liga tiene 95 años, pero se estaba recuperando de una cirugía durante mi visita. Otras jugadoras estaban fuera de acción por lesiones o condiciones médicas que han empeorado con los años. El costo físico del envejecimiento se hace muy evidente en la cancha.

Marianne Hall, de 86 años, era entrenadora de baloncesto femenino en la escuela secundaria cuando se implementó el Título IX. Pero no jugó en un ningún equipo hasta la década de 1990, cuando se amiga le contó sobre la recién creada liga de San Diego.

“Yo ya no salto”, recordó haber dicho Hall.

“Ninguna de nosotras salta”, respondió la mujer.

Cuando los juegos fueron cancelados el año pasado debido a la pandemia de coronavirus, Hall se preguntó si quizás ya era demasiado mayor para regresar. Le preocupa sufrir una caída. Aunque la liga exige tener la vacuna, muchas jugadoras no han regresado desde que se reanudaron los entrenamientos en junio.

Pero Hall, quien recientemente se convirtió en bisabuela, se había puesto su banda en la cabeza y su camiseta ese domingo por la mañana. Estaba lista para jugar.

Al mediodía, las mujeres corrieron a la cancha para el siguiente juego, entre los equipos de Hall y Carl.

Las jugadoras, muchas de ellas con cubrebocas, se pasaron el balón rápidamente entre ellas. Algunas intentaron interceptar los pases y bloquear tiros.

En cuestión de minutos, Carl agarró el balón. Levantó los brazos e hizo un lanzamiento.

Lo que siguió fue el sonido del balón entrando en la canasta sin tocar la red.

© 2021 The New York Times Company

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