Cárcel, hospitales, trastorno bipolar y depresión: la bajada a los infiernos de Juanele, futbolista legendario de los años '90

Juanele en 2001 jugando para el Real Zaragoza. Foto: Firo Photo/ALLSPORT

Quizás el nombre que aparece en su DNI, Juan Castaño Quirós, no termine de resultar familiar a muchos aficionados. Pero todo el que tenga recuerdos del fútbol español en los años ‘90 y principios de la década de 2000 conoce perfectamente a Juanele. Gijonés, canterano del Sporting, este delantero pequeño, escurridizo y muy habilidoso militó, aparte del equipo de su tierra, en otros como el Tenerife o el Zaragoza (con el que ganó dos Copas del Rey). Con la selección española llegó a jugar cinco partidos (demasiado pocos para lo que valía, a juicio de buena parte del público de la época) y fue convocado para el Mundial de 1994. Aunque su palmarés no sea demasiado amplio, pocos son los que se atreverían a sacarle de la lista de los mejores jugadores de su época.

Muchos años después de su retirada, ocurrida en el 2007 en el CD Roces, el equipo de categoría regional de su barrio de origen, su figura vuelve a estar de actualidad. Pero no precisamente por un buen motivo. Hemos sabido que desde este miércoles está ingresado en la UCI del hospital gijonés de Cabueñes. No por culpa del coronavirus, como cabía esperar en esta época tan extraña que nos toca vivir, sino, según informan medios locales, por una recaída en sus problemas de salud debida a una crisis por intoxicación de medicamentos.

Juanele lleva tiempo sufriendo un trastorno bipolar diagnosticado en sus últimos años como profesional del balón. Esta bajón inesperado viene tras un tiempo en el que se le veía bastante recuperado. De hecho, últimamente estaba colaborando (no trabajando, porque él mismo se considera “jubilado”) como entrenador en los equipos juveniles del Roces, llamado por su antiguo compañero Javier Castaño. E incluso el Sporting contaba con él en su proyecto “Espacio Quini” de visitas guiadas exclusivas con antiguos jugadores por el estadio del Molinón; precisamente estaba prevista su presencia en la de mañana, 1 de agosto.

La vida de Juanele ha estado marcada por los episodios polémicos y difíciles. Aunque ya en su juventud había protagonizado algún que otro altercado (saltó a la prensa nacional la agresión a un joven, que resultó ser sobrino del alcalde de Santander, en un pub de la capital cántabra a altas horas de la madrugada en marzo de 1994), la situación se complicó más sobre todo tras dejar el fútbol, si bien ya en sus últimos años en activo le habían dado problemas. La enfermedad le causaba depresiones fortísimas que le llevaban a mostrar un comportamiento errático y en ocasiones violento.

Juanele fue uno de los muchos jugadores brillantes, como Luis Enrique, Abelardo o Manjarín, que salieron a principios de los ‘90 de la entonces inagotable cantera de Mareo, en lo que entonces se vino a llamar “la generación de los yogurines”. Entre unos equipos y otros, el delantero llegó a acumular casi 400 partidos en Primera División. Sin embargo, abandonó la élite por la puerta de atrás, en el verano de 2004, cuando aún tenía 33 años y edad de ofrecer mucho más. Su último hogar, el Zaragoza, no quiso renovarle el contrato y se marchó al Terrassa, entonces en la categoría de plata, llamado por su antiguo técnico Juanma Lillo.

Pero sus depresiones, notadas por primera vez en su etapa aragonesa, ya eran tan graves que en la periferia de Barcelona apenas aguantó 16 partidos antes de pedir la baja. Volvió a su tierra y alternó partidos en clubes de categorías inferiores con las terapias médicas. Ya en 2008 fue hospitalizado y le tuvieron que hacer un lavado de estómago por un episodio de intoxicación muy similar al actual. Los médicos llegaron a decir que había estado “muy cerca de la muerte”.

Lo más grave, sin embargo, llegaría más tarde. En junio de 2015 irrumpió en la peluquería donde trabajaba una exnovia, armado con un bate de béisbol, y la agredió causándole numerosas heridas. “Me dio un golpe en la parte de atrás de la cabeza, caí al suelo y me quedé medio inconsciente, pero él seguía dándome por todo el cuerpo. Venía a matarme y casi lo consigue”, declaró la víctima poco después. Por este motivo fue condenado a un año de cárcel, que cumplió en la prisión de Villabona, a mitad de camino entre Gijón y Oviedo, al no prosperar la solicitud de indulto que envió al Consejo de Ministros.

La historia, hay que reconocerlo, es bastante enrevesada, porque pese a que la agresión de Juanele quedó acreditada (y a que él mismo acabó ingresando en el penal de forma voluntaria), su exnovia también recibió una condena de otro año. Se la sentenció por falso testimonio, al haberse inventado que el exfutbolista le había hecho llegar una carta con amenazas cuando, como consecuencia del episodio de la peluquería, existía una orden de alejamiento.

En todo caso, no era la primera vez que el antiguo atacante del Sporting pasaba un tiempo entre rejas. Años atrás, en 2011, ya fue detenido por destrozar un coche aparcado en el Real Grupo de Cultura Covadonga, un conocido centro deportivo de Gijón. Juanele lo confundió con el de la madre de su hija, con la que llevaba casado más de una década pero que en aquel momento estaba en trámites de separación. El propietario del vehículo denunció ante la Policía y las imágenes de las cámaras de seguridad permitieron identificarle rápidamente.

Esta circunstancia, sumada a otros episodios anteriores de violencia doméstica y al incumplimiento reiterado de la orden de personarse en los juzgados, ya le llevaron a Villabona durante algunos meses a finales de 2011. Aquella primera vez no escarmentó, ya que él mismo no se consideraba culpable, pero a la segunda sí que cambió de mentalidad. “Esta vez asumí que tenía que estar. Era mi culpa. Me dieron permisos para salir seis días y no quise”.

Libre definitivamente desde abril de 2018, poco a poco parecía que su vida se iba enderezando. Sin embargo, es posible que el confinamiento al que hemos estado sometidos en los últimos meses haya sido especialmente dañino para una salud mental tan delicada como la suya. Él mismo, en abril, contaba que se le hacía más difícil, que le generaba “ansiedad” y que lo intentaba sobrellevar estableciéndose rutinas estrictas y con la ayuda de su hija, estudiante de enfermería.

Ahora el mundo del fútbol asiste con preocupación a un nuevo capítulo de su drama personal. Todos los aficionados, pero en particular los de las plantillas en las que jugó y tan buen recuerdo dejó, confían en que no sea más que algo puntual y que pronto pueda volver a llevar una vida lo más normal posible. De paso, su vivencia y su condición de personaje público y admirado pueden servir para concienciar sobre el trastorno bipolar, una enfermedad mental que a veces la sociedad se toma sin la seriedad necesaria, incluso ridiculizándola, pero que causa problemas realmente graves... y que, según la Gaceta Médica, solo en España sufre más de un millón de personas.

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