La doble moral de Pep Guardiola: "No sé cuándo mutó su cerebro"

Pep Guardiola, entrenador del Manchester City. Foto: Dave Thompson / POOL / AFP via Getty Images.

Por mucho que intentemos evitarlo o disimularlo, los humanos somos seres plagados de defectos. La virtud absoluta es inalcanzable; quien más, quien menos, todos tenemos alguna característica reprochable a ojos de los demás. Lo bueno es que, conscientes como somos de los fallos propios, en última instancia podemos acabar perdonando cualquier falta ajena. Menos una: la incoherencia. Se puede llegar a respetar a alguien que es malvado pero va de cara y se le ve venir; sin embargo, las personas que dicen una cosa y luego hacen otra totalmente distinta, o que tienen un discurso diferente según la situación, no son de fiar.

¿Ejemplos? Muchos, abundantes. Demasiados, incluso. Cada uno tendrá su hipócrita favorito. Por no complicarnos la vida, ya que estamos en la sección de Deportes, en esta ocasión nos quedaremos con uno que nos pilla bien cerca: Josep Guardiola. Alguien de quien un antiguo compañero de selección como Santi Cañizares acaba de decir que no sabe “cuándo mutó su cerebro”.

El último motivo por el que Pep ha saltado a los titulares ha sido su posición en el tema que, con permiso del coronavirus, últimamente monopoliza la actualidad: el racismo. Por supuesto, como toda persona con dos dedos de frente, el entrenador del Manchester City está en contra de la discriminación por el color de piel. No hay nadie sensato que apoye episodios de brutalidad policial como el que sufrió George Floyd en Estados Unidos hace ya algunas semanas.

No obstante, la actitud de Guardiola al respecto quizás parezca un tanto impostada. "Los blancos deberían pedir perdón por la forma en la que hemos tratado a los negros durante 400 años. Me da vergüenza de lo que los blancos han hecho", proclamó. No queda muy clara cuál es la responsabilidad de la población actual en lo ocurrido hace cuatro siglos, pero el mensaje grandilocuente, efectista y llamativo quedó ahí para quien lo quiera aplaudir.

Quién sabe, igual es que el de Santpedor se sentía culpable y quería expiar sus pecados. Porque hubo otros tiempos en que ni pensaba ni actuaba así. Sí que es verdad que hay que remontarse un poco atrás en la historia, tanto como a la temporada 1996/97.

Aquella campaña el Real Madrid había fichado al lateral izquierdo brasileño Roberto Carlos. Dos meses después de jugar contra el Barça por primera vez en el Camp Nou, el número 3 madridista se quejó públicamente de que durante el encuentro los espectadores en el estadio azulgrana tuvieron un comportamiento muy desagradable, haciendo ruidos de mono cada vez que él tocaba el balón; según contó, no le había ocurrido en ninguna otra ciudad de España. Las grabaciones también recogen pancartas ofensivas llamándole “macaco”

La reacción de Guardiola, en esa época mediocentro titular de la plantilla azulgrana, cuando le preguntaron al respecto fue tan elocuente como decepcionante: “Habla mucho ese señor. Habla demasiado. Lleva todo el año hablando mucho en este sentido y no conoce a esta afición, lleva pocos meses aquí como para calificar estas cosas”.

Errores de juventud, la gente evoluciona, ha cambiado para mejor, se podrá alegar. Podría ser creíble. Ocurre, no obstante, que los bandazos en su forma de pensar son muy acusados no solo en este terreno, sino en muchos otros. Un ejemplo claro es su actitud con respecto a España y al nacionalismo catalán, asunto al que precisamente se estaba refiriendo Cañizares en sus declaraciones.

A nadie escapa que Guardiola está muy involucrado en la causa independentista. Ha lucido el lazo amarillo, se refiere constantemente a Cataluña como “país”, incluso ha participado en actos políticos de tendencia claramente separatista. Nada de eso es un problema en sí mismo, faltaría más. Tiene todo el derecho del mundo a defender la ideología que quiera de la manera que considere conveniente.

Lo que choca es que su actitud actual contrasta mucho con la que defendía en otras épocas. No hay que olvidar que hablamos de un futbolista tan talentoso que fue llamado en 47 ocasiones con la selección española absoluta, incluyendo las participaciones en el Mundial de 1994 y la Eurocopa de 2000. Que habrían sido más si las lesiones no le hubieran impedido acudir a las Copas del Mundo de 1998 y 2002. Y nunca renunció a ir, como sí hizo algún otro independentista ilustre, léase Oleguer Presas.

Contrariamente a lo que mucha gente piensa, su compromiso con la Roja no era fruto de la conveniencia, sino totalmente sincero. Al menos así lo da a entender el propio Cañizares: “Siempre fue encantado a todas las convocatorias de la selección. Una vez acabamos llorando tras perder. Jamás le he visto renegar”. El portero pone fecha concreta a ese momento en que Guardiola derramó lágrimas por una derrota de España: “cuando nos eliminaron en Boston” en 1994, en aquella ronda de cuartos de final contra Italia.

Guardiola (segundo por la izquierda) con la medalla de oro en el podio de Barcelona 92, donde se proclamó campeón como parte de la selección española Foto: Ross Kinnaird - PA Images via Getty Images.

Cañizares lamenta que, debido a su creciente radicalismo político, Pep sea el único de los componentes de la selección nacional que ganó el oro olímpico en Barcelona 1992 que no esté en el grupo de chat que han montado. “Probablemente porque es el tipo más famoso ahora mismo. No le estoy criticando, entiendo que tiene mucho estrés y no está para chorradas. Están Luis Enrique, Abelardo...” pero no Guardiola.

Y eso que ya entonces se hablaba de política y el hoy entrenador dejaba claro el amor que siente por su tierra, pero “de una forma muy moderada. Incluso podíamos bromear con cariño. Si alguien era del otro extremo daba igual, solo había vacile. Mi experiencia con él es esa. Se hablaba de política con placer, nada que ver con la historia que hay ahora”.

Guardiola quizás haya pasado de enamorado de Cataluña a fanático. Quizás sea eso lo que explica que, cuando habla de sentencias judiciales que afectan a líderes del proceso independentista en su (todavía) comunidad autónoma, no duda en emplear palabras gruesas como “represión”, “deriva autoritaria”, “criminalizar la disidencia” o “ataque a los derechos humanos”...

...pero, sin embargo, sea rarísimo oírle decir algo negativo sobre Catar. En este país jugó dos de los últimos años de su carrera, en el Al-Ahli. No duda en calificar el régimen de esta nación del golfo Pérsico como “el más abierto y occidental” del mundo islámico, además de un lugar “muy seguro en el que la gente tiene libertad”. De hecho, aceptó ser uno de los embajadores de la candidatura para organizar el Mundial de 2022 (que se llevaron, no sin controversia) debido a que los dos años que vivió allí fueron “maravillosos”.

Lástima que muchas ONGs no terminen de estar de acuerdo con su visión. Más allá de las alegaciones de soborno y corrupción en el proceso de elección de la sede, entidades como Amnistía Internacional han denunciado que los trabajadores de la construcción de los estadios viven en condiciones de explotación cercanas a la esclavitud. Recordemos que se trata de un territorio donde está vigente la sharia o ley islámica, lo que implica, entre otras cosas, castigos físicos como azotes para algunos delitos, menos derechos de la mujer con respecto al hombre, intolerancia hacia los colectivos homosexuales. El régimen político, formalmente una monarquía constitucional pero en la práctica absolutista, tampoco es demasiado democrático: el poder está en manos del emir y su familia y la libertad de expresión y de prensa quedan muy limitadas. Tal como recuerda Freedom House, la mayoría de sus habitantes, especialmente trabajadores de origen extranjero, ni siquiera tienen derecho a la ciudadanía.

A lo largo del tiempo, Guardiola se ha creado un personaje más allá del fútbol, una especie de referente moral y de integridad que muchos se han creído. El marketing, además, lo lleva bien: recordemos, por ejemplo, el pasado mes de marzo, cuando fue de los primeros en donar grandes cantidades de dinero para ayudar a paliar la pandemia y quedó mejor que otros que aportaron igual, o más, pero más tarde. Lo malo es que él mismo parece que también está convencido de que la realidad es así y no se da cuenta de sus propias contradicciones. Salvo para asuntos puramente futboleros, la autocrítica brilla por su ausencia. Por eso llama tanto la atención cuando se le cae la careta y aparece su faceta más turbia.

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