Joe Kahn. “La retórica del escepticismo se ha convertido en una gran amenaza para la sociedad democrática”

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Joe Kahn, editor en jefe de The New York Times.
Todd Heisler / The New York Times

“Nosotros no estamos para confirmar o combatir las creencias políticas de nadie”, dice Joe Kahn, como quien se ve obligado a recordar lo obvio porque en estos tiempos que corren, lo obvio no es lo normal. “Estamos para buscar la verdad, profundizar en todas las historias importantes, hacer preguntas difíciles a todos los lados del espectro y presentar a las personas una visión completa o una serie de opiniones sobre los temas más importantes del día”, dice.

Formado en Harvard, dos veces ganador del premio Pulitzer y con muchos años encima reporteando desde China, Kahn es, hoy, el máximo responsable de la redacción de The New York Times, sólo por debajo de dos personas: el “publisher”, de la familia Sulzberger, y el “executive editor”, Dean Baquet. Y su rostro, que muestra señales evidentes de cansancio, lo confirma.

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Estos últimos doce meses, cuenta Kahn, fueron extenuantes, entre la campaña presidencial en Estados Unidos, la tumultuosa salida de Donald Trump de la Casa Blanca, la pandemia, el movimiento Black Lives Matter y tanto más, mientras la polarización y la desconfianza crece en la sociedad. Por eso mismo, remarca a LA NACION desde Nueva York, en un aparte de la conferencia Collision 21, “el papel de los medios de comunicación sigue siendo inmensamente valioso y tiene consecuencias”.

–¿Cuáles son las lecciones aprendidas durante este último año, que combinó el final de Trump como presidente y la irrupción de una pandemia global?

–Este año resultó un gran reto. A nivel global, todo el mundo se enfrenta a la pandemia. Pero en Estados Unidos enfrentamos además una de las temporadas políticas más volátiles que hayamos visto, que incluyó una elección presidencial con un Presidente que envió señales muy claras de que no iba a respetar el resultado de las urnas. También tuvimos una gran agitación social y racial, agravado por los temores, la dislocación y el trastorno económico de la pandemia. Sin dudas fue el año más activo de noticias al que me he enfrentado y al que se ha enfrentado la mayoría de mis compañeros. Fue un desafío cumplir con la premisa de ofrecer periodismo de valor agregado y alta calidad, en tiempo real, porque sucedieron muchas cosas en un período tan comprimido. El Times puso un gran énfasis en las noticias y en los reportajes investigativos y analíticos más profundos, y gran parte de ese abordaje tuvo que acelerarse para estar sincronizado con las noticias, que se movían muy rápido. Este año fue realmente un desafío cuando también nos enfrentamos a lectores muy polarizados, una realidad en Estados Unidos y en todo el mundo. Resulta un desafío continuo garantizar que nuestro periodismo llegue a la mayor cantidad posible de personas en todos los lados de la división política en medio de un creciente escepticismo sobre las motivaciones de los medios. Afrontamos una combinación de escepticismo por gran parte del público estadounidense y una expectativa, particularmente en la izquierda, de que organizaciones como el Times esencialmente estén ahí para confirmar sus creencias sobre lo que ocurre en lugar de desafiarlos o presentar una visión no partidista. Pero nosotros no estamos para confirmar o combatir las creencias políticas de nadie. Estamos para buscar la verdad, profundizar en todas las historias importantes, hacer preguntas difíciles a todos los lados del espectro y presentar a las personas una visión completa o una serie de opiniones sobre los temas más importantes del día.

–Eso no cae bien en muchos…

–[Asiente] Te enfrentas a cierto enojo por parte de personas de izquierda que sienten que el Times debe brindarles el tipo de reportaje que buscan, en especial en una era polarizada o de enojos. Y desde la derecha nos enfrentamos a una resistencia arraigada a una suerte de establishment de los medios, que sienten que les está dando sermones o representando un punto de vista que deben combatir. Pero la buena noticia es que todavía hay una gran franja del público estadounidense y mundial que quiere un periodismo de alta calidad, basado en hechos y que busque la verdad, incluso en medio de todo ese ruido.

–¿Debe la prensa asumir un rol para reducir la polarización?

–Es difícil trazar un objetivo como reducir la polarización. Sí creo que podemos garantizar que nuestro periodismo no contribuya más a la polarización, produciendo contenidos de alta calidad basados en hechos, buscando siempre la historia real debajo de lo aparente, profundamente investigadas y cuidadosamente analizadas sobre los temas más importantes del día, y proporcionando a nuestros lectores la información que necesitan tener, con una visión no partidista y no politizada de lo que sucede para tomar buenas decisiones.

–¿Siente frustración cuando publica historias potentes, basadas en datos y muchos las rechazan porque contradicen sus creencias?

–[Sonríe] Lo que estás describiendo es un fenómeno universal, pero no soy tan pesimista. Creo que el periodismo de muy alta calidad y basado en hechos que revela nueva información sobre cómo operan figuras poderosas en nuestra sociedad tendrá un impacto. No siempre tendrá el impacto inmediato que podríamos pensar. Pero el papel de los medios de comunicación en la prestación de ese servicio al público sigue siendo inmensamente valioso y tiene consecuencias.

Joe Kahn. The New York Times
The New York Times


Joe Kahn. The New York Times (The New York Times/)

Habrá algunas personas que simplemente lo rechazarán porque no confían en usted, en mí o en nuestras organizaciones como fuente de información, y tratarán de descartar el material desde el principio. Pero creo que mucha gente sí se verá influenciada. Sigo creyendo en el poder de los medios para hacer que los poderosos rindan cuentas. Creo que, al final del día, el sistema legal y el sistema político no pueden funcionar correctamente en una democracia sin una fuente de información consistente. Entonces, a pesar de que hay resistencia y parte del público hará todo lo posible para descartar nuestro trabajo como irrelevante o parcial, muchas otras personas se mostrarán receptivas a la información imparcial y de alta calidad que hace que los poderosos rindan cuentas. Eso tiene un impacto con el tiempo, tanto en el sistema político como legal.

–¿Qué le espera al periodismo en los próximos años?

–En nuestro caso, somos una organización de noticias cada vez más basada en suscripciones y ahora confiamos mucho más que históricamente en tener una relación directa con nuestros lectores, nuestros oyentes y espectadores. Apostamos a una relación directa, uno a uno, con quienes se registran. Esperamos que al final del día descubran que vale la pena pagar por el producto que ofrecemos. Al mismo tiempo, nuestro suscriptor no quiere depender de las plataformas tecnológicas y sus algoritmos y políticas cambiantes. Por supuesto, queremos tener buenas relaciones con esas plataformas y entendemos que hay cientos de millones de usuarios que se encuentran con nuestro periodismo a través de esas plataformas. No podemos ignorarlos. Pero creemos que es realmente importante desarrollar una relación directa con nuestros lectores, a los que necesitamos para mantener nuestro periodismo. Es un momento desafiante y el negocio de Internet y el papel del periodismo está evolucionando, al igual que las principales plataformas tecnológicas. Pero nuestra estrategia es consistente: encontrar cada vez más personas curiosas que quieran información de alta calidad y estén dispuestas a tener una relación directa con el Times, en lugar de pasar por la intermediación de Google o Facebook o Apple o Amazon.

–¿Influyen en la redacción esos esfuerzos por captar y mantener suscriptores? Pienso en lo que sucedió con James Bennett, por ejemplo, quien renunció en desacuerdo con la reacción del Times ante las protestas de los lectores por una columna que él como editor decidió publicar. ¿Dónde se traza la línea entre aquello que los editores consideran que los lectores necesitan saber y lo que estos quieren saber?

–[Sonríe] No tomamos nuestras decisiones editoriales basándonos en lo que pensamos que los lectores quieren saber. Las tomamos basándonos en lo que creemos que deben saber. Si es una opinión, creemos que es un punto de vista al que nuestros lectores deberían estar expuestos. Si está en la sección de las noticias, no nos abstendremos de cubrir una historia importante o explorar un ángulo de una historia porque pueda molestar a algunos lectores. Sentimos profundamente en nuestros huesos la misión de perseguir buenas historias, incluidas aquellas que puedan molestar, perturbar o sorprender a parte de nuestra audiencia, o que pueda deleitarla o entretenerla. Tomar decisiones basándonos en su impacto en nuestros suscriptores sería un abandono de nuestra misión. Por supuesto tenemos todo tipo de interacciones con nuestros suscriptores y obtenemos muchas ideas de ellos. Sus comentarios sobre nuestros informes son relevantes para nosotros. No estamos en una torre de marfil y no somos inmunes a la interacción con la gente. Queremos escucharla. También cometemos errores a veces, aprendemos de ellos y seguimos adelante. Podemos enfocar mal una historia. También es posible que hayamos perdido un ángulo de una historia. No estoy sugiriendo de ninguna manera que tengamos todas las respuestas. Pero no vamos a cambiar nuestra misión, ni evitar cubrir historias delicadas o controvertidas.

–¿Cuáles son las preguntas que deberíamos habernos hecho hace mucho tiempo? ¿Cuáles son las preguntas que deberíamos hacernos ahora?

–Muy buenas preguntas. Una pregunta que me hubiera gustado que nos hubiéramos hecho, durante los últimos 10 o 15 años, y particularmente en Estados Unidos, abordaría la tendencia hacia el escepticismo ante las principales instituciones y ante la ciencia, por qué estaba y está sucediendo y qué es necesario hacer para abordarlo. En retrospectiva, había una clara evidencia de que una gran parte de los estadounidenses se estaba desconectando cada vez más de las principales instituciones gubernamentales, periodísticas y legales, y creía en una retórica fuertemente politizada, particularmente de la derecha, pero también de algunos elementos de la izquierda. Una retórica que sostiene que no se puede confiar en lo que dicen las principales instituciones públicas. Probablemente sabíamos que eso estaba sucediendo, pero pensamos que era en los márgenes de la sociedad, no algo que pudiera llegar a la corriente principal.

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Ahora, con el beneficio de la retrospectiva, los medios podrían haber hecho algunas cosas para abordar ese escepticismo, al igual que el sistema político. Pero dejamos que esa franja se volviera cada vez más común y ahora, esa retórica del escepticismo se ha convertido en una gran amenaza para la sociedad democrática. En retrospectiva, insisto, debimos hacernos preguntas más difíciles sobre por qué estábamos perdiendo un número creciente de personas que no estaba abierto a mantener un diálogo con el resto de la sociedad. Es una oportunidad perdida. Y mirando hacia el futuro, ¿cómo cubrimos y cómo hacemos real y tangible el cambio climático de manera que la gente sienta que tiene un interés personal en comprenderlo y reaccionar ante él? Las generaciones futuras nos pedirán cuentas por nuestra capacidad de enfrentar la amenaza del cambio climático, que parece abstracto y futuro. Nuestros hijos y nietos nos harán responsables de nuestra capacidad para lograr eso.

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