Joaquín Rocha: el medallista mexicano de bronce en box que bañó su medalla en oro

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A Joaquín Rocha le decían que era hombre muerto antes de pelear en los Juegos Olímpicos de México 1968 por su peso y físico.

Era él un boxeador de 85 kilos, pequeño ante los monstruos de peso completo de más de 100 kilos, inexperto ante las potencias de Norteamérica o Europa.

Pero después de todos esos comentarios se convirtió en medallista olímpico de bronce en los Juegos realizados en la Ciudad de México. Una medalla, la novena de la causa azteca en esa justa, que redondeó la mejor actuación del país en la historia olímpica.

Aunque oficialmente era una medalla de bronce, para Joaquín Rocha era de oro, y se encargó de convertirlo en realidad.

Fui con un joyero para que le pusiera baño de oro, porque para mí es oro molido”, presume Rocha, un veterano que ahora se dedica a ser entrenador, que nunca se inmiscuyó en el profesionalismo y que tuvo un resultado que ningún mexicano ha podido repetir en la categoría reina del pugilismo.

Para aquellos Juegos, el joven Rocha llegó apenas con 11 peleas internacionales, 10 victorias y una derrota.

Competir, en plena Guerra Fría, con las potencias mundiales era un reto de mayores alturas, por eso el significado de la medalla y la acción de bañarla en oro ya en dos ocasiones, la primera para cambiar su aspecto y la segunda para retocarla.

“Muchos me decían que es una medalla de petróleo, pero yo la hice de oro porque para mí tiene un valor excepcional”, argumenta.

Joaquín Rocha decidió bañar su medalla de bronce en oro. / Foto: Cortesía Joaquín Rocha
Joaquín Rocha decidió bañar su medalla de bronce en oro. / Foto: Cortesía Joaquín Rocha

Un dotado para el deporte

Joaquín Rocha nació el 16 de agosto de 1944 al norte de la Ciudad de México, su padre fue luchador bajo el nombre de ‘Yaqui’ Rocha y de forma natural su acercamiento al deporte fue a través del pancracio. El destino lo llevó a ser medallista olímpico en el mismo escenario a donde él, desde pequeño, iba a ver trabajar a su padre.

Luego practicó voleibol, atletismo, frontón y jugó (por un día) béisbol con los Tigres. En todos fue exitoso, su buena altura y físico rebosante le daban un poder pocas veces visto.

“Era el mejor zaguero del país, tenía manos grandes y mucha fuerza para golpear la bola desde el fondo”, recuerda sobre el frontón. “Le gané a todos los medallistas del 68 (el frontón fue un deporte de exhibición). Si no hubiera sido boxeador, hubiera ganado medalla olímpica en frontón”, asegura.

Una diferencia por cómo se manejaba el béisbol lo hizo buscar otras opciones, y se topó con el boxeo. Un día fue a una función en la que no llegó uno de los pugilistas de peso pesado, Joaquín entró ‘al quite’ y derribó a su oponente. “Era un grandote y gordo, lo derribé de dos golpes. Me pusieron un sombrero, dije de aquí soy y me fui al Comité Olímpico Mexicano (COM)”, recuerda.

Rocha llegó a pedir una oportunidad en la selección nacional. La secretaria del COM le pidió que anotara su récord de peleas y sus principales triunfos. Joaquín no tenía nada de eso, pero en aquel momento iba pasando por el lugar el entrenador nacional Enrique Nowara. La secretaria lo llamó, el entrenador lo vio grandote (1.95 metros), joven (23 años) y fortachón (85 kilos), así que lo citó para la tarde al entrenamiento del representativo nacional.

El boxeo no es una diversión, representar a México es lo máximo y tendrás que dar tu mejor esfuerzo”, le advirtió su padre, que sabía cómo apelar al orgullo de su vástago.

Por su peso y físico, a Joaquín Rocha le decían que no tenía posibilidades de ganar una medalla antes de pelear en los Juegos Olímpicos de México 1968. / Foto: Cortesía Joaquín Rocha
Por su peso y físico, a Joaquín Rocha le decían que no tenía posibilidades de ganar una medalla antes de pelear en los Juegos Olímpicos de México 1968. / Foto: Cortesía Joaquín Rocha

Hacer lo inesperado, su meta

Joaquín Rocha tenía orgullo, necesidad de triunfar; pero no el apoyo de su equipo. Los Juegos Olímpicos le resultaron inolvidables, primero porque estuvo a punto de ser expulsado cuando se salió de la villa de atletas sin permiso, luego por el bullying de sus compañeros y finalmente por las instrucciones de su esquina, que sabían perfectamente que él no era naturalmente un peso pesado, pero en esa categoría competía porque no le gustaba guardar dieta para bajar a otro peso, incluso presume que en el comedor del Comité Olímpicos Mexicano le ponían "para llevar" por si le daba hambre en la noche.

“Yo estaba matando a Ricardo Delgado (oro en boxeo en -51 kg en esos mismos Juegos). Me hicieron una broma, me levanté enojado y me dijeron ‘ese fue’. Ricardo estaba durmiendo, yo creo que ni había sido pero yo no me pude contener, alcé las patas de la cama y a la hora de bajarlo quedó atorada su cabeza entre la pared y la cama; le hubiera quitado un oro a México”, ironiza Rocha.

En el torneo olímpico había solo 16 inscritos, por lo que un par de victorias significaban la medalla en un deporte que entrega dos preseas de bronce a los derrotados en las semifinales. En su esquina le decían que, si no aguantaba los golpes, se podía tirar y ahí terminaba todo; la poca confianza en él se basaba en la diferencia de físicos, pero eso mismo lo alentó a la hora de competir.

Llegado el momento de pelear, su primera víctima fue Adonis Ray, de Ghana, por 4-1, luego vino Rudolfus Lubbers, de Holanda, por 3-2. Par de triunfos que significaban una medalla olímpica, histórica, única e irrepetible, Su récord era de apenas 13 peleas, 12 triunfos y un descalabro. En semifinales cayó ante el soviético Jonas Cepulis porque el juez detuvo la pelea en el segundo asalto y se acabó el sueño, pero el podio estaba concretado.

Y no solo eso. En la premiación estaba George Foreman, ganador de la medalla de oro a los 19 años y quien luego se convertiría en una leyenda del boxeo mundial. La final fue un duelo de Estados Unidos contra la URSS, por lo que la medalla de plata se quedó en manos de Jonas Cepulis. El otro bronce fue para el italiano Giorgio Bambini.

Joaquín Rocha siguió en el deporte. Como medallista olímpico recibió una casa en la que ahora vive al norte de la Ciudad de México, unas placas de taxi y un Rolex, además de que hoy tiene una beca mensual por el resto de su vida. En los siguientes años amplió su currículo con la medalla de plata en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1970 realizados en Panamá, además del segundo lugar de los Juegos Panamericanos de Cali 1971.

Su meta, naturalmente era competir en Munich 1972 y defender la medalla obtenida, pero si en el ring no le ganaron, abajo sí fue noqueado.

La decepción llegó unos días antes de viajar cuando los directivos le anunciaron que no llevarían pesos pesados, lo que significaba que él estaba fuera del equipo olímpico. Entonces se guardó en casa y le dijo adiós al deporte siendo parte de la mejor actuación mexicana en unos Juegos Olímpicos con nueve medallas (la siguiente mejor presentación de México fue en Londres 2012 con ocho, pero únicamente una de oro en el futbol). Su récord fue de 49 peleas, con únicamente siete derrotas y una medalla que ningún otro mexicano ha logrado alcanzar a pesar de que el boxeo es el segundo deporte más exitoso en la historia olímpica de México.

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