Jill Biden está en busca de la promesa de campaña más elusiva del presidente: la unidad

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WASHINGTON — Este fue un verano difícil para el presidente Joe Biden.

Otra ola pandémica hizo que Biden, un moderado con experiencia, atacara a gobernadores republicanos y emitiera órdenes para imponer la vacunación. Un acuerdo bipartidista de infraestructura terminó pendiendo de un hilo. La retirada estadounidense de Afganistán, durante la cual trece miembros del ejército fueron asesinados en un ataque terrorista, fue criticada como violenta y caótica.

Sin embargo, esos acontecimientos afectaron a otra persona de la familia Biden.

“Lo quiero y me duele”, comentó Jill Biden en una entrevista, la primera que ha otorgado a un periódico desde que se convirtió en primera dama. “Sí siento el malestar que le provoca. No sería una buena pareja si no fuera así”.

A ocho meses del inicio de la presidencia de Biden, marido y mujer se están dando cuenta de que ganar la “batalla por el alma de la nación” es tal vez su promesa de campaña más elusiva. En Washington, un enfoque político motivado por la indignación ha remplazado la idea optimista de Biden de que llegar a acuerdos bipartidistas puede ser un arte. Mientras el presidente sigue intentando demostrar que esto es posible, su esposa no es una espectadora.

Jill Biden, una profesora de lengua inglesa y escritura que hizo historia como la única primera dama en seguir con su carrera mientras está en la Casa Blanca, ha viajado a 32 estados, muchos de ellos conservadores, para promover las reaperturas de las escuelas, el financiamiento de la infraestructura, las universidades comunitarias y el apoyo para las familias de los miembros del ejército. Asimismo, ha viajado a estados donde hay bajos índices de inoculación entre la gente que cumple con los requisitos para ser vacunada contra la COVID-19.

En junio, durante un viaje a Misisipi, Jill Biden le comentó a una audiencia reunida en una universidad comunitaria de Jackson que la tasa de vacunación del 30 por ciento en el estado “no era suficiente” y remarcó que las vacunas eran seguras. Más tarde ese mismo día, en una destilería de Nashville, Tennessee, le comentó a un público de partidarios que tan solo tres de cada diez personas en el estado se habían vacunado. Los asistentes comenzaron a abuchearla.

La primera dama Jill Biden habla con estudiantes mientras acata las precauciones de la COVID-19 en una escuela primaria de Milwaukee, Wisconsin, el 15 de septiembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)
La primera dama Jill Biden habla con estudiantes mientras acata las precauciones de la COVID-19 en una escuela primaria de Milwaukee, Wisconsin, el 15 de septiembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)

“Bien, pues se están abucheando a ustedes mismos”, les dijo la primera dama. Y bajaron la voz.

Jill Biden entró a la Casa Blanca con varias prioridades, entre ellas apoyar la educación gratuita en las universidades comunitarias. Esta primavera, el presidente señaló que su esposa iba a estar “involucrada con profundidad” en la iniciativa para que las colegiaturas de las universidades comunitarias sean gratuitas. Hasta el momento, la primera dama no se ha comprometido a fondo con el ámbito legislativo o político. Después de que este artículo fue publicado en línea el domingo por la tarde, Elizabeth Alexander, la directora de comunicaciones de Jill Biden, comentó que la labor de la primera dama de generar conciencia sobre el tema “es una razón importante para explicar por qué en la actualidad ella forma parte de la oferta legislativa”.

“Él confía en mi intuición como esposa, no como una persona política o una asesora”, mencionó Jill Biden en la entrevista.

Según sus asesores, ninguno de los Biden es demasiado optimista sobre la posibilidad de que los problemas del país se puedan resolver con facilidad, pero ambos creen que Joe Biden es la persona mejor posicionada para intentarlo.

“Ella cree realmente que él es la persona adecuada para este momento”, señaló Mike Donilon, uno de los asesores más cercanos a la pareja. Donilon mencionó que, cuando llegó el momento de tomar “decisiones fundamentales sobre el mensaje y la estrategia de campaña, ella estuvo presente y en verdad se abocó a que llegaran a buen puerto”.

Cuando viaja, Jill Biden dice que se esfuerza por acercarse a la gente que no apoya a su marido.

“Y tal vez después de que hablo con algunas de esas personas, se van a casa y quizás se dicen a sí mismas: ‘Oye, ¿sabes qué? Quizá no son como creía que eran”, comentó Jill Biden.

El salón de clases es su descanso de la política. Jill Biden señaló que fue una decisión “sencilla” seguir enseñando, pero la escuela ha tomado precauciones adicionales para garantizar su seguridad. Los estudiantes deben pasar sus mochilas por un detector de metales antes de entrar a clases pero, más allá de eso, no han demostrado mucho interés en su vida política. Ella no sabe si sus alumnos, a quienes se les exige usar mascarilla, están vacunados.

“Es algo curioso”, comentó para referirse a su regreso al salón de clases. “Mis alumnos no están desconcertados”.

A diferencia de otras primeras damas que han suspendido sus carreras para apoyar a sus maridos en la Casa Blanca, desde hace tiempo Jill Biden ha hecho malabares con identidades contrastantes. Como Jill Jacobs en un suburbio de Filadelfia, la futura primera dama alcanzó la mayoría de edad durante la segunda ola del feminismo, una época en que a las mujeres se les decía que pusieran sus intereses antes de cualquier marido potencial. Sin embargo, terminó por casarse por primera vez en 1970, cuando tenía 18 años, con el dueño de un popular bar de Delaware. La pareja se divorció en 1975.

Cuando se casó por segunda vez, con Joe Biden en 1977, su identidad quedó eclipsada por haberse casado con una figura pública cuya trágica historia —un accidente automovilístico en el que murieron su esposa e hija bebé— la obligó a poner en pausa su propia vida. Dejó su carrera de docente para criar a los hijos de Joe Biden, Beau y Hunter. Luego tuvieron una hija, Ashley. Con el tiempo pudo regresar a dar clases y obtuvo un doctorado en liderazgo educativo.

“Disfruté la tensión de mi vida”, mencionó en su autobiografía de 2019. Y luego agregó: “No podía solo ser su esposa”.

extrañar las libertades de la vida en Delaware, ya sea en su casa en Wilmington o en su residencia de playa en Rehoboth. En un perfil de Vogue publicado este verano, Jill Biden describió su vida en la mansión ejecutiva como “mágica”. No obstante, después de aguantar un verano difícil en Washington, mencionó que ahora suena más como su esposo, quien ha comparado su vida ahí con vivir en una jaula dorada.

“Cuando estoy en mi casa de Wilmington nada más abro la puerta de mi casa”, comentó Jill Biden. “Ahora, cuando abro una ventana del balcón Truman, deben vaciar el parque por temas de seguridad”.

Sin embargo, hay ventajas que ni siquiera el estado de Delaware puede ofrecer. La Casa Blanca pronto podría albergar la primera boda familiar desde el gobierno de Nixon. Hace poco tiempo, Naomi Biden, la hija de 27 años de Hunter Biden y Kathleen Buhle Biden, anunció su compromiso. Según Jill Biden, la Casa Blanca no es el recinto oficial.

“Todavía no nos la han pedido”, mencionó.

La primera dama Jill Biden aborda un avión hacia Washington en Des Moine, Iowa, el 15 de septiembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)

© 2021 The New York Times Company

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