Jesse Lingard y los engaños de la fama

Rory Smith
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Quizás por primera y única vez esta temporada, David Moyes se equivocó. Con la ventana de transferencias de enero a punto de cerrar, su equipo, el West Ham, había llegado a un acuerdo para fichar a Jesse Lingard, cedido por el Manchester United, y Moyes estaba ansioso por mantener a raya la tendencia de la Liga Premier a apresurarse a emitir juicios.

Para Moyes, Lingard era una opción inteligente. Sabía muy bien que lo que necesitaba su equipo más que nada era un delantero: Sebastian Haller se había marchado al Ajax, lo que dejó al formidable Michail Antonio como el único delantero especialista del club. E incluso él, estrictamente hablando, era un delantero que se había desarrollado algo tarde.

El problema, como lo plantea Moyes, fue la escasez de remplazos “automáticos” en el mercado. Lingard, dijo, podría ofrecer una manera de darle la vuelta al problema. Podría jugar como un delantero de ser necesario, pero también podría jugar como extremo derecho, extremo izquierdo o en un rol más profundo en el medio del campo. Con el West Ham buscando una casilla en Europa para la próxima temporada, esa versatilidad lo convertía en una pieza de gran valor.

No todo el mundo lo veía de esa manera. La reacción a la llegada de Lingard al West Ham fue variada. En la siempre voluble “expertocracia” del fútbol inglés y su complejo industrial de contenido, algunos lo vieron como un “diamante”. Otros se preguntaron si un jugador que había sido un paria en el Manchester United sería “suficientemente bueno” para ganarse un lugar en el West Ham.

Un excompañero de equipo, Rio Ferdinand —mucho antes de que produjera la que quizás sea la opinión más extraordinaria de la temporada, sobre cualquier tema y en cualquier deporte— siempre había sido un firme defensor de Lingard, pero incluso él podía ver que el jugador era una figura controversial. Según Ferdinand, había “discutido con un experto tras otro, tanto al aire como fuera del aire” sobre los méritos de Lingard, de 28 años.

Moyes sabía todo eso, por lo que pidió paciencia. “Le tomará algo de tiempo asentarse, así que démosle una oportunidad”, dijo un par de días después de la llegada de Lingard. Y ahí fue donde se equivocó, porque 24 horas después, Lingard ya estaba ocupado marcando dos goles en su debut en el West Ham, inspirando una goleada al Aston Villa y luciendo por todos lados como el mejor jugador de la cancha.

Desde entonces, Lingard prácticamente no ha parado. Resultó que no necesitaba en absoluto tiempo para asentarse. Tiene cinco goles en siete apariciones con el West Ham. Es el tipo de ritmo que no solo ha persuadido a Moyes de intentar ficharlo con un contrato permanente, sino que también ha atraído la atención del Leicester City y el Aston Villa. Esta semana, regresó a la selección nacional de Inglaterra por primera vez en dos años.

En el fútbol, la reputación sube y baja de manera vertiginosa, pero incluso para esos estándares, la transformación de Lingard —la cual ha descrito como más dinámica— es muy llamativa. No solo se había convertido en un jugador secundario ante los ojos del Manchester United, sino que se había convertido, para el mundo en general, en algo parecido a un símbolo de burla.

Cada mes, un meme tomado de la influyente y preocupantemente premonitoria serie de comedia británica “The Day Today” recorría Twitter preguntando si Lingard había marcado o asistido algún gol en la liga durante las últimas 4 semanas. La broma había iniciado de manera bastante inocente, pero, como suele suceder en las redes sociales, había sido absorbida por la crueldad.

El chiste, por supuesto, era que nunca lo hacía. Lingard había disfrutado de un mes dorado en diciembre de 2018, en el que anotó 4 goles y creó otros 2, pero no había hecho nada más antes ni después de eso. Su reputación se había construido sobre la excepción, en vez de la regla.

Que esa impresión permaneciera se debió, al menos en parte, a que Lingard fue visto como una presa fácil para la burla. Por un lado, no fue su culpa. Los analistas lo atacaron por sus intereses comerciales extracurriculares. Mientras tanto, los medios de comunicación insistían de forma grotesca en calificarlo como una “joven promesa”, mucho después de que hubiera superado esa etiqueta en particular. Los aficionados, al menos algunos de ellos, se opusieron a su planificada imagen pública, particularmente en línea.

Por otra parte, Lingard no se ayudó a sí mismo. Es profundamente injusto y un poco arrogante juzgar a un hombre joven por expresar su personalidad, pero al mismo tiempo es muy probable que las exageradas celebraciones de goles, las payasadas en redes sociales y el uso del apodo J-Lingz no ayudaran a que otros lo tomaran en serio. Hasta cierto punto, Lingard fue cómplice de su “peterpanificación”.

Para enero de este año, la combinación de todos estos factores parecía haber estancado la carrera de Lingard. Apenas había jugado con el Manchester United, a pesar de que, en su opinión, había vuelto de la cuarentena en buena forma y estado. Los únicos clubes interesados en darle una segunda oportunidad eran el West Bromwich Albion y el Newcastle United —el último refugio de los condenados del mercado de fichajes— y, gracias al hecho de que Moyes había trabajado con él en Old Trafford 8 años atrás, el West Ham.

Los resultados de estos últimos tres meses son la prueba de que eligió correctamente. Por supuesto, parte del crédito por el renacimiento de Lingard le corresponde a Moyes, quien lo ha llenado de confianza y seguridad y le ha proporcionado un espacio en el que ha podido prosperar. Gran parte del crédito, también, es del mismo Lingard. Tiene una pizarra en la pared de su casa repleta de un conjunto de objetivos que quiere lograr, como la cantidad de disparos al arco que realiza y el número de jugadores que supera. En privado, es evidente que se toma muy en serio su carrera.

Con demasiada frecuencia se asume que aquellos que no logran cumplir las expectativas en el Old Trafford, el Bernabéu o el Allianz Arena han sido expuestos como fraudes sin talento, una expresión de desagrado ante la idea de fichar a los rechazados de otro equipo.

La realidad no solo es diferente, sino que es precisamente la opuesta: un jugador que ha sobrevivido tanto tiempo como lo hizo Lingard en el Manchester United destacará, en tierra fértil, en casi cualquier otro lugar. Quizás Lingard ya no era lo suficientemente bueno para el club donde comenzó su carrera. Pero el hecho de que lo fuera en algún momento, debería haber sido razón suficiente para haberlo tomado más en serio de lo que lo hicimos.

Posponiendo los problemas

Los entrenadores de los clubes de élite de Europa difícilmente fueron los únicos en respirar aliviados hace un par de semanas, cuando las autoridades futbolísticas de América del Sur confirmaron que la ronda de clasificación para la Copa del Mundo programada para esta semana sería pospuesta.

Por supuesto, fue precisamente el resultado que Pep Guardiola, Jürgen Klopp y varios de sus colegas habían querido y el curso de acción correcto desde el punto de vista de la salud pública. Pero no fueron los únicos beneficiarios.

Un descanso de dos semanas en esta temporada tan frenética tendrá un beneficio considerable para aquellos jugadores que, de lo contrario, habrían viajado miles de kilómetros para jugar 2 partidos en 5 días. Es una bendición inesperada en una campaña que ha llevado al límite a aquellos cuya labor es jugar. Los cuerpos cansados habrán tenido tiempo para descansar y repararse. Las mentes agotadas habrán tenido la oportunidad de reajustarse.

Sin embargo, existe un inconveniente. Por supuesto que hay un inconveniente. Y es que esos juegos ahora tienen que programarse en otro momento y el calendario no es menos indulgente una vez que termine esta temporada.

Hay poco espacio para jugar los partidos aplazados este verano. Los equipos de Sudamérica ya tienen dos fechas clasificatorias pospuestas que jugar a principios de junio, apretujadas antes de otra Copa América (como ya hemos visto en anteriores ocasiones, siempre hay una Copa América. Pero no se preocupen, han modificado esta edición, se alteró el formato para empeorarla). Y habrá poco espacio de maniobra la próxima temporada, ya que el calendario está comprimido de todos modos por los problemas logísticos inminentes de una Copa del Mundo a celebrarse a mitad de temporada, a finales de 2022.

Por supuesto, ya hemos aprendido esta lección en el pasado, pero vale la pena repetirla: hay muy poca holgura en el calendario del fútbol. A menudo, lo que está disfrazado como concesión es, en realidad, nada más que codicia, cada parte interesada feliz de suscribirse a cualquier cosa siempre y cuando obtenga lo que quiere. Y, al final, los que sufren son los que tienen que cumplir estos alocados cronogramas: los jugadores.

La recompensa y el riesgo

Para muchos en el fútbol femenino de Inglaterra, el lunes fue un día de vindicación. Tras meses de negociaciones, la Superliga Femenina —considerada por muchos en la actualidad como la mejor competición nacional del planeta— confirmó que había llegado a un acuerdo televisivo de 3 años con Sky y la BBC, que les hará ganar a sus clubes casi 11 millones de dólares por temporada.

En gran parte, el triunfalismo está justificado. Nadie pagará más por transmitir fútbol femenino en ninguna otra parte del mundo. Sky ha prometido darle a los juegos de la Superliga Femenina (WSL, por su sigla en inglés) el mismo tratamiento —¡Espero que les gusten los montajes rimbombantes y en cámara lenta, aficionados de la WSL!— que le ofrece a la Liga Premier. Este es un nivel de exposición y, hablando sin rodeos, de ingresos, que quienes han trabajado incansablemente para impulsar el fútbol femenino merecen.

La esperanza, por supuesto, es que el nuevo acuerdo ponga en marcha un círculo virtuoso: mayor inversión se traduce en mejores instalaciones, mejores instalaciones atraen (y producen, se piensa, aunque esa parte es discutible) mejores jugadoras, mejores jugadoras generan mejores partidos, mejores partidos atraen a más espectadores y más espectadores generan mayor inversión.

Sin embargo, hay dos advertencias que vale la pena considerar. La primera es que la WSL está cada vez más dominada por dos clubes: el Manchester City y el Chelsea, dos equipos que han llenado sus plantillas con jugadoras internacionales. Ciertamente, la falta de equilibrio competitivo es un problema tanto para el fútbol femenil como para el varonil.

¿Este acuerdo televisivo les dará a sus rivales los recursos necesarios para competir o solo consolidará el dominio de esos dos equipos? A largo plazo, también, ¿el dinero no incentivará a los clubes a simplemente comprar talento en lugar de desarrollar jugadoras locales, un problema que el fútbol masculino ha tenido que lidiar durante años?

Y la segunda, y más urgente: aunque la señal abierta de la BBC mostrará un puñado de juegos (y los partidos serán transmitidos en directo por internet por la misma Asociación Inglesa de Fútbol), la gran mayoría se transmitirá por cable, lo que deja fuera a quienes no paguen por ver el contenido.

Los deportes que en la actualidad tienen muchos más seguidores que el fútbol femenino —entre ellos el críquet y la Fórmula Uno— han descubierto que eso puede ser un obstáculo para construir, o incluso retener, una audiencia. Este acuerdo de la WSL es una sustanciosa recompensa para todos aquellos involucrados en el indiscutible éxito del fútbol femenil en los últimos años. Pero la falta de acceso no es necesariamente un precio que valga la pena pagar.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company