Jerónimo Barrales, el goleador en Grecia que pudo haber sido rugbier y que debutó "en otra vida", contra Marcelo Gallardo

Alejandro Panfil
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Jerónimo Barrales ya es un trotamundos del fútbol que pasó por España, Chile, Grecia, Turquía y Malasia y que a los 33 años encontró su lugar ideal en Asteras Trípolis, club en el que transita por su segunda etapa y en el que lleva marcados 50 goles en cuatro temporadas, más que en ningún otro lugar donde haya jugado.

En la presente temporada lleva 16 partidos, todos como titular, con 10 goles y 2 asistencias, siendo el segundo máximo artillero de la Superliga Griega, solo cuatro menos que el francés marroquí Youssef El Arabi, del líder Olympiacos. Y para estar pasando por el mejor momento de su carrera mucho tuvo que ver su adaptación al medio. Fuera de la cancha le gusta la vida que tiene en Trípoli, en el centro del Peloponeso, donde ya incorporó las costumbres y el ritmo de vida local. De hecho, sus hijos Benicio (6) y Francisca (4) ya están hablando griego con facilidad y tienen un inmenso legado cultural a casa paso que dan. Dentro del club, cuyo director deportivo Nikos Galanakopoulos sigue muy atento el mercado argentino, todo se hace mucho más fácil, ya que es prácticamente un plantel hispano parlante, con siete argentinos y 10 españoles. "Para mí es una ventaja muy grande que hablemos el mismo idioma, en la cancha ayuda un montón, por ejemplo a la hora de decirnos te van, te vienen, cuidado". Otros equipos tal vez tienen un serbio, un nigeriano, un francés y se hace más difícil la comunicación".

El sistema de juego también es vital para el nacido en Adrogué, ya que es un especialista en el juego aéreo. Por eso no es casualidad que en el presente campeonato ya lleve 10 goles convertidos: "El equipo me ayuda mucho porque saben que el cabezazo es mi principal virtud, entonces tratan de buscarme de esa forma, jugando desde afuera hacia el centro y eso me recontra beneficia".

Barrales es uno entre los tantos argentinos que encontraron tranquilidad deportiva y económica en Grecia. Prueba de ello es que a mediados de 2020 se sumó una treintena de argentinos a clubes helénicos. Con dicha legión suele compartir asados porque siempre hay algún amigo en común entre ellos. Y, claro, empatiza con su situación: "El tema de la pandemia y sobre todo la devaluación en nuestro país respecto del euro y el dólar, que estaba un euro a 200 pesos, hizo que los chicos que estaban en Argentina hicieran números y dijeran "pará, si puedo ir afuera y vivir tranquilo y la diferencia monetaria es muy grande". Yo los entiendo perfectamente".

El fútbol no lo llevó a clubes grandes, pero cuenta que no le cambiaría casi nada a la carrera que tuvo, salvo por la lesión de ligamentos que sufrió apenas llegó al fútbol turco para vestir la camiseta de Silvasspor. Porque, más allá de los contratiempos, el fútbol profesional le dio muchas satisfacciones y la oportunidad de conocer múltiples entornos y culturas, como soñaba cuando era más chico. Sabe también que su vida pudo haber sido muy distinta, al menos desde lo deportivo, ya que el primer deporte de equipo en el que estuvo federado fue el rugby, jugando de wing o de full back en las divisiones menores de Pucará, atraído porque ya lo jugaba su hermano Lisandro, dos años mayor y compañero del ex Puma Lucas González Amorosino. En el club de Burzaco, en el que solía pasar mucho tiempo, incluidos los veranos en la colonia de vacaciones, Barrales jugó desde los cuatro hasta los 11 años: "Yo iba al colegio Alfa en Adrogué y también jugaba ahí. Me encantaba el rugby y tenía el físico para jugar, porque de chico era alto, rápido y tenía fuerza. Y ya de grande, mirando algunos partidos por televisión, pienso que me hubiera gustado jugar al rugby, pero no me puedo quejar".

Aunque mantiene la afición, en ese momento se cansó del rugby, confiesa. Ya en los últimos tramos de su paso por el deporte de la ovalada, en simultáneo pasaba muchas horas jugando al fútbol y por sus condiciones sus amigos le insistieron para que se vaya a probar a algún club: "A mi viejo (Jorge), que no tiene ni idea de fútbol, toca el piano y pinta cuadros, le dije que quería empezar a jugar al fútbol, entonces averiguó algo que nos quedara cerca, llamó a Banfield y justo Gustavo Barreiro estaba probando chicos de 11 años. Me ficharon y ahí arrancó todo".

El largo camino a la cima, pero sin garantías, que suelen ser las divisiones inferiores lo llevaron a un día debutar en un Monumental repleto y con las dos hinchadas presentes, una imagen que hoy, en tiempos de pandemia, parece de ciencia ficción. "Era una locura, era hermoso. Me acuerdo que salimos un rato a ver la reserva y yo miraba la cancha y cómo llegaba la gente de River y la de Banfield, yo no lo podía creer. Los estadios llenos con las dos hinchadas eran lo mejor del mundo. Hoy parece de otra vida", recuerda Barrales, quien en ese debut en "otra vida" enfrentó a Marcelo Gallardo, quien marcó el tercer gol con que el Millonario ganó 3 a 1.

Más allá de la derrota, recuerda ese día con gran orgullo, por haber tenido la posibilidad de debutar en primera y por haberlo hecho contra quien es hoy considerado el mejor entrenador de Sudamérica: "Mis amigos me decían "¡che debutaste contra Gallardo!", y yo no lo podía creer. Y lo de Marcelo en la actualidad es para sacarse el sombrero, por la identidad que le dio a River en estos últimos años, una locura. Me gustaría verlo en algún lindo equipo de Europa para ver si puede desarrollar sus ideas, aunque no es fácil".

En Banfield le tocó jugar con históricos como Cristian Lucchetti, Jesús Dátolo, Josemir Lujambio, Darío Cvitanich, y José Sand, de quien intentó replicar algunos movimientos: "El Pepe me hablaba mucho y yo miraba mucho como él aguantaba la pelota, como ponía el cuerpo, todo". También prestaba mucha atención a los conceptos de líder que ya tiraba Javier Sanguinetti: "Yo lo escuchaba mucho, vos te das cuenta cuando alguien no está diciendo boludeces. Y ahora cuando vi que iba a agarrar en Banfield ya sabía cómo iba a ser y no me sorprendieron para nada los resultados que tuvo".

En 16 años, tuvo varios regresos al país, para una nueva etapa en el Taladro y luego pasar por Unión, Huracán y Gimnasia, pero, si bien nunca descarta la posibilidad, hoy no está entre sus prioridades volver a un fútbol donde es difícil encontrar tranquilidad: "Lo que más extraño del fútbol argentino es el vestuario, el día a día con los pibes. Después del resto no mucho, es la verdad, porque las hinchadas están muy metidas en los clubes, cosa que no me parece muy bien, y porque por el resultadismo y la presión es imposible desarrollar lo que querés hacer. A los tres partidos no ganaste, afuera, y no se puede así hacer las codas bien".

Es por ello que tiene ganas de aprovechar sus últimos años de fútbol en un ambiente más amigable: "Quiero meterle hasta lo que me dé, no sé si serán dos o tres años más, no lo sé, y después me gusta mucho el tema de la representación de jugadores, tengo varios amigos que están en eso y me gustaría meterme un poquito en ese tema. Todavía no sé si me voy a quedar por acá por Europa pero me gustaría. No tengo pensado volver a la Argentina, aunque nunca digas nunca".

"Nunca digas nunca", advierte Barrales, el goleador en Grecia que pudo haber sido rugbier y que hizo su debut en el fútbol "en otra vida".