La muerte de un joven de 19 años no se debe normalizar

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El piloto Jason Dupasquier caminando delante de su moto mientras sujeta el casco
Jason Dupasquier, con su moto, el pasado abril. Foto: Steve Wobser/Getty Images.

El motociclismo de velocidad es una actividad peligrosa por su propia naturaleza. A fin de cuentas, se trata de subirse en un vehículo que supera con holgura los 200 kilómetros por hora en el que, al margen del casco y el mono de protección, la carrocería es el propio cuerpo del piloto. Los competidores son conscientes de esta circunstancia, la asumen con naturalidad (no falta quien dice que el riesgo aporta un punto de emoción que lo hace todo más apasionante) y se entrenan duramente para estar preparados si ocurre un accidente.

Por eso, afortunadamente, casi siempre que una moto se cae en un circuito la cosa no tiene mayores consecuencias. Magulladuras, algún raspón, huesos rotos si el trompazo es particularmente violento. En muy pocas ocasiones llegamos a tener que lamentar tragedias. Pero aun así, a veces ocurre.

Este mismo fin de semana, durante la disputa del Gran Premio de Italia en el circuito del Mugello, a poca distancia de Florencia, tuvimos la desgracia de ver una de ellas. Durante la Q2 de los entrenamientos oficiales para la categoría Moto3, el pasado sábado, el suizo Jason Dupasquier perdió el equilibrio en un cambio de rasante y se fue al suelo, con la mala suerte de que Ayumu Sasaki, que venía justo detrás, no pudo evitar golpearle. Aunque un helicóptero tardó apenas unos minutos en trasladarle a un hospital cercano, fue imposible salvar su vida.

Los médicos estuvieron todo un día intentándolo, pero las heridas sufridas fueron demasiado graves. La noticia del fallecimiento se conoció el domingo, cuando ya se habían disputado las carreras de Moto3 y Moto2 pero no había comenzado aún la de MotoGP. La solución por la que optó la organización fue guardar un minuto de silencio antes de la última prueba y después continuar como si nada hubiera pasado.

Pilotos de MotoGP alineados guardando un mintuo de silencio ante la moto de Jason Dupasquier y sujetando una pancarta con el texto
Pilotos de MotoGP guardando un minuto de silencio por Dupasquier antes de su carrera el domingo. Foto: Tiziana Fabi/AFP via Getty Images.

Esta decisión fue tremendamente criticada por muchos pilotos, que consideran que lo adecuado habría sido que, como muestra de respeto, el Gran Premio se suspendiera. "Fue difícil salir a pista. No por el lado deportivo, sino por el humano. Me siento sucio al pensar que hemos corrido en el mismo circuito en el que murió ayer un chico de 19 años. No lo considero una cosa normal, pero no estamos en una posición de pararnos", protestó Danilo Petrucci.

Sus quejas fueron más allá: "En otras situaciones similares en el pasado, al menos se pasaba por un briefing, una reunión con los pilotos. Ayer no se hizo ni eso. Nadie nos dijo nada después del accidente y tres minutos después del despegue del helicóptero el pit lane ya estaba abierto, como si no hubiera pasado nada. Naturalmente nosotros, los pilotos, habíamos entendido la gravedad de la situación. Nadie nos preguntó qué queríamos hacer, pero hay que recordar que dentro del casco hay chicos que piensan que si hoy le ha pasado a un amigo o a un compañero, mañana les puede pasar a ellos". Petrucci añadió una última frase lapidaria, aludiendo a la categoría en que competía Dupasquier: "¿Habría sido diferente si hubiera sido un piloto de MotoGP?".

Francesco Bagnaia se expresó en términos parecidos. "Me caí muy pronto en la carrera, pero me importa un comino. Perdimos a un chico de 19 años y la situación no se manejó adecuadamente. El sábado ya era difícil volver a subirse a la moto y hoy se volvió casi imposible después de tener un minuto de silencio por Jason. No estaba tranquilo. Está claro que es muy difícil manejar esta situación, el hospital tiene que declararlo muerto, pero no acepto que se haya corrido. Nadie nos preguntó nada".

¿Lo adecuado habría sido suspender la competición? Bagnaia opina. "En estos casos hay dos formas: para algunos, no correr por respeto; para otros, correr para respetar a Jason, porque le habría gustado. Somos humanos, cada uno está hecho a su manera. Yo soy muy sensible. Para mí correr fue un error y una falta de respeto. Sufrí mucho durante el minuto de silencio, porque me trajo a la mente el accidente. Lamento mucho esta situación, me parece que se ha afrontado con demasiada ligereza. No es una buena página para nuestro deporte".

De forma muy similar habló también Aleix Espargaró, en declaraciones recogidas por el diario As: "Fue un día muy duro, cuando sabes que un piloto está muerto, te golpea mucho. El sábado, después de lo sucedido, le dije al jefe de mi equipo que averiguara cómo estaba Jason, que no saldría en caso de muerte. Dijeron que la situación era estable y por eso acepté pilotar. Es un deporte que amamos, pero ahora me siento mal conmigo mismo, no entiendo cómo logré borrar todo, poner la cabeza en blanco y terminar el Gran Premio".

Miguel Oliveira, Fabio Quartararo y Joan Mir sujetando una bandera de Suiza.
De izquierda a derecha, el segundo clasificado Miguel Oliveira, el ganador Fabio Quartararo, y el tercero Joan Mir, sujetando una bandera de Suiza, país de origen de Dupasquier. Foto: Tiziana Fabi/AFP via Getty Images.

La cuestión de quién ganó el gran premio se ha convertido en irrelevante; hay que rebuscar mucho para encontrar el dato de que se impuso el francés Fabio Quartararo. Lo que ha quedado para el recuerdo es que fue la carrera en la que murió Dupasquier. Es lo que recordará el público, por encima de cualquier victoria o de cualquier otra consideración meramente deportiva.

Porque los organizadores quisieron seguir adelante, contra viento y marea, con la política de "el espectáculo debe continuar", y pese a la oposición evidente de los propios pilotos. Siendo malpensados, podríamos achacar esta insistencia a la situación económica en que podemos suponer que, tras más de un año de crisis por el coronavirus, se encontrará el sector del motociclismo (como prácticamente todos los demás); quizás hayan considerado inasumible para sus bolsillos dejar de celebrar una carrera. Otra posible explicación es que simplemente hayan pensado que algo tan grave como que un piloto pierda la vida en el asfalto no es suficientemente relevante como para detenerse a llorar por la desgracia.

Elija el lector cuál de las dos interpretaciones, o de otras que pudiera tener, le parece menos macabra. El hecho es que este fin de semana el motociclismo ha pasado por encima del fallecimiento de un chaval de 19 años, de un muchacho con toda la vida por delante, como si fuera algo rutinario, algo triste pero que ocurre sin más y no merece mayor atención. Semejante actitud es cruzar una línea roja inaceptable: es perder la humanidad que nos queda y reducir a los protagonistas del espectáculo a la categoría de objetos, de piezas intercambiables que solo están ahí para entretenernos.

El esfuerzo agónico, el peligro, llegar hasta los límites, todo eso es parte del deporte y por eso admiramos a los profesionales que son capaces de hacerlo. Pero la muerte no. No hay épica ni gloria en el funeral, no hay justificación ni competitiva ni mercantilista para seguir adelante ante un hecho tan duro, no hay carrera en el mundo que esté por delante de la vida humana. No es normal, no puede serlo, continuar con el cuerpo de la víctima todavía caliente. Por suerte, este concepto, que es de sentido común, el público lo entiende perfectamente. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de según qué organizadores.

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