Jair Bolsonaro: un año en el poder, entre el desgaste político y señales económicas alentadoras

Marcelo Silva de Sousa

Jair Bolsonaro

RÍO DE JANEIRO.- Jair Bolsonaro asumió la presidencia de Brasil con el compromiso de producir cambios profundos y rápidos en un gigante golpeado por la mayor crisis económica de su historia, una situación de violencia rampante y corrupción generalizada.

Cuando faltan solo tres días para que se cumpla un año desde que tomó las riendas del mayor país de América Latina, el excapitán del Ejército carga sobre su espalda con un inusual desgaste político para un presidente en sus primeros meses de mandato, compensado en parte por señales que alientan un escenario de recuperación económica, según analistas consultados por LA NACION.

La falta de articulación política en el Congreso brasileño; peleas internas por fondos partidarios que dinamitaron el Partido Social Liberal (PSL), que lo catapultó a la presidencia, y los constantes ataques de su familia a líderes internacionales y autoridades causaron una rápida erosión de la popularidad de Bolsonaro.

"Fue un año de desgaste. Llegó con un discurso de romper con la política tradicional, pero vimos algo parecido a lo habitual", dijo Mauricio Santoro, politólogo y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

La luna de miel duró poco. Bolsonaro vive el fin de su primer año con una popularidad por debajo de la de sus predecesores Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inacio Lula da Silva y Dilma Rousseff en los primeros meses de gestión.

De acuerdo con Santoro, el año quedó marcado por gestos y políticas para conformar a la base electoral que le dio la victoria en 2018, resumida en tres grupos: el económico, una clase media y empresarial que clama por medidas de liberalización de la economía; el conservador y evangélico, que busca dominar la agenda de las costumbres, y un último grupo con foco en el combate contra la corrupción y la violencia.

"El presidente está satisfecho con mantener su base, sin preocuparse tanto por la posibilidad de ampliarse. Cree que teniendo ese porcentaje de apoyo, en caso de enfrentar nuevamente a la izquierda le será suficiente", agregó Santoro.

Denuncias por corrupción que salpican a su hijo Flavio y al PSL -que Bolsonaro abandonó semanas atrás- por presuntos desvíos de fondos públicos electorales también contribuyeron para erosionar la aprobación del presidente, de acuerdo con Carlos Melo, profesor del Instituto de Enseñanza Superior en Negocios (Insper) en San Pablo.

Según el Ministerio Público brasileño, existen indicios de una supuesta "organización criminal" en el exgabinete del hijo mayor del presidente, Flavio, cuando era diputado estatal de Río, entre 2003 y 2018. Él y sus asesores habrían cometido crímenes de lavado de dinero y asociación ilícita.

"Las revelaciones van a continuar acechando a Bolsonaro como un fantasma. Él dijo muchas veces que su familia es honesta. Todo su discurso de combate contra la corrupción y la honestidad está bajo sospecha", dijo Melo.

El deseo de un cambio radical propuesto por el ultraderechista de 64 años -que se presentó como un outsider, a pesar de sus casi tres décadas como congresista, que sacaría al país rápidamente de sus problemas endémicos- terminó por convertirse en un búmeran.

Apenas 29% de los brasileños consideran que lo hecho por el gobierno de Bolsonaro en su primer año de mandato es bueno, de acuerdo con una encuesta publicada por la consultora Ibope el 20 de diciembre pasado. En tanto, el 38% de los brasileños consideran pésima o ruinosa la gestión del mandatario.

Tormenta

En el año en que la juventud llevó la preocupación por el medio ambiente al primer plano, Bolsonaro quedó en el centro de la tormenta. El manejo de la crisis por los incendios en la Amazonia -que tuvieron amplia repercusión internacional- y el aumento de la deforestación -en su nivel más alto en 11 años, según un reporte oficial- generaron cuestionamientos sobre el compromiso de Brasil en proteger el medio ambiente, lo que dañó la imagen del país en el exterior.

"Si no hicimos más fue porque faltó, quizá, una mejor articulación nuestra con algún sector de la sociedad y por la inexperiencia de algunos ministros", dijo Bolsonaro a modo de balance de su primer año en una reciente entrevista, y se autocalificó con un siete.

El presidente brasileño tuvo que cambiar a cuatro de sus ministros en el primer año. Y entre algunas derrotas legislativas, el gobierno anotó una victoria mayúscula: la aprobación de la reforma de las jubilaciones.

Con apoyo del denominado bloque del "centro", se modificó por ley el sistema de pensiones, que generará un ahorro de 200.000 millones de dólares para la próxima década, estima el gobierno.

Según analistas económicos y el ministro de Economía brasileño, Paulo Guedes, fue un paso fundamental para sanear las cuentas públicas. Y el cierre del año deja otros datos económicos promisorios para el futuro.

Brasil crecerá este año entre 1% y 1,2%. Aunque todavía 11,9 millones de personas están desempleadas (según informó anteayer el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística), la desocupación está en una trayectoria descendente. La inflación se mantiene baja y controlada -cerrará 2019 en torno de 3,5%-, y el Banco Central brasileño recortó las tasas de interés hasta su menor valor histórico.

"El gran logro de Bolsonaro está en la economía. Revirtió el pesimismo que dominaba hasta el fin de 2018", dijo Gilberto Braga, analista económico y profesor del Instituto Brasileño de Mercado de Capitales (Ibmec).

Luego de la peor recesión de su historia, que empezó en 2014, ¿comienza Brasil a ver la luz al final del túnel?

"Todos los indicadores presentan mejoras y permiten una expectativa positiva de que el desempleo caiga el año próximo a menos del 10% y la economía crezca cerca de 2,5%", estimó Braga.

Los ataques al periodismo, los constantes coqueteos con la dictadura y las ofensas contra los homosexuales, indígenas y otras minorías, que ya eran conocidos en la trayectoria política de Bolsonaro, continuaron durante su primer año de gobierno.

Pero en pocos campos como en el de las relaciones exteriores Brasil terminó disociando la retórica de los hechos. El discurso "antiglobalista", alineado exclusivamente con el Estados Unidos de Donald Trump, y contra la izquierda mundial quedó a un lado.

"El gobierno sintió la presión de la industria y el agronegocio de que la política externa no puede estar basada en ideología", señaló Leandro Consentino, profesor de Relaciones Internacionales en el Insper.

Bolsonaro pasó de llamar a China, su mayor socio comercial, una potencia "depredadora" a reunirse con su presidente, Xi Xinping, en Brasilia y firmar acuerdos comerciales con el gigante asiático.

Más tarde, amenazó con no enviar a ningún emisario a la jura del presidente argentino, Alberto Fernández, por sus diferencias ideológicas, pero terminó delegando la representación en su vicepresidente, el general Hamilton Mourão, que viajó a Buenos Aires. Además, culminó el año diciendo que sería muy "satisfactoria" una visita de Fernández. "Bolsonaro cayó en la realidad", consideró Consentino.

Las claves de su gestión

Entre los factores que erosionaron la imagen de Bolsonaro están la falta de articulación política en el Congreso, las peleas internas por fondos partidarios que dinamitaron el Partido Social Liberal (PSL), las denuncias que involucran a su hijo Flavio y los constantes ataques de su familia a líderes internacionales Según una encuesta publicada por la consultora Ibope el 20 de diciembre, solo el 29% de los brasileños consideran que la gestión del gobierno es buena, mientras que el 38% la califica de pésima o ruinosa Entre sus principales éxitos están la reforma jubilatoria y los signos de crecimiento de la economía brasileña y una caída del índice de desocupación