Isabel Wilkerson: "No nos hemos reconciliado con nuestra historia"

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Ilustración de Isabel Wilkerson durante su intervención en el Foro Telos: Recordar el futuro. Enrique Flores / TELOS

¿Qué magia tienen algunos lugares para hacer brillar el talento de los desposeídos venidos de otros lugares menos propicios? ¿Qué maravillas creadas por el hombre nos hemos perdido por mirar un color, una procedencia, una religión?

Hace ya tiempo que se viene hablando de las muchas maneras en las que vivimos en un mundo desigual.

En la edición 2020 del Foro Telos el economista estadounidense Michael Sandel nos hablaba de la meritocracia y la idea falaz de que, en igualdad de condiciones, “si te esfuerzas lo conseguirás” (cuando lo cierto es que, partiendo de una peor condición social o económica, llegar primero a la meta no es lo común sino la excepción).

Este año, escuchando a Isabel Wilkerson (Washington D.C., 1961) en el Foro Telos 2021 es inevitable pensar que el racismo es una forma de meritocracia en la que el único mérito es tener una piel blanca.

El talento de Wilkerson la ha llevado a conseguir cosas extraordinarias para cualquiera, como ganar un premio Pulitzer (1994, Crónica Periodística). Además, fue la primera mujer negra en lograrlo.

“La ciudad os hará libres”

La obra de Wilkerson está profundamente ligada a su vida familiar y a su condición de afroamericana. Su primer libro, The Warmth of Other Suns (2010, no traducido al español) es el relato de la Gran Migración: la tremenda movilización de la población negra sureña que el siglo pasado reconfiguró la composición demográfica estadounidense. Los propios padres de la autora participaron en ese movimiento migratorio.

Las leyes segregacionistas (las leyes Jim Crow, “separados pero iguales”) que se aplicaban sobre todo en los estados del sur de Estados Unidos fueron una de las razones de que, entre el final de la Primera Guerra Mundial y la década de los setenta del siglo pasado, seis millones de personas negras buscaran refugio en otras zonas de EE UU. Sobre todo en las grandes ciudades del norte: Chicago, Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Cleveland, Washington. Cuando empezó la migración, el 90 % de las personas negras vivían en el sur de los Estados Unidos. Al acabar, en los años 70, casi la mitad de la población negra vivía en otras zonas del país.

Esta migración recuerda a los fueros y privilegios medievales, que liberaban de los lazos feudales a aquellos siervos que se acogían a las ciudades.

12 generaciones de esclavos

Wilkerson señala que, como otros, este movimiento migratorio nació del deseo humano de ser libres. Esto es importante porque, hasta entonces, en la historia de Estados Unidos la vida de los afroamericanos estuvo circunscrita a las zonas donde, durante 246 años, 12 generaciones, vivieron en esclavitud, condenados a ocupar los puestos más bajos del escalafón social no por su falta de talento o por su mal comportamiento sino por su color de piel.

Esa característica, sobre la que nadie tiene ningún control, se utilizaba para identificarlos y condenarlos a la esclavitud, sin ninguna posibilidad o esperanza de salir de ella.

Pero a comienzos del siglo XX miles de desposeídos se atrevieron a abandonar sus hogares para que algo pudiera cambiar en sus vidas. Unas vidas vistas como un hilo que atravesaba la existencia desde un pasado de esclavitud hacia lo que esperaban fuera un mejor futuro para las siguientes generaciones.

Sin esa migración son muchas las cosas que nos habríamos perdido: John Coltrane, Thelonius Monk, Toni Morrison, August Wilson, Bill Russell, la Motown (Diana Ross incluida), Denzel Washington, Michelle Obama son todos hijos y nietos de esa Gran Migración. A los ojos de la libertad alcanzada en las ciudades, pienso en dos voces negras y transgresoras:

Josephine Baker, que no habría llegado nunca a París, no habría impactado nunca con su insolente baile de desnudez y bananas con el que parece decir: “esto es lo que soy, por donde lo veas, mi piel es negra”.

Will Smith haciendo de príncipe de Bel Air, un buscavidas orgulloso de sus orígenes.

Cosas que nos han abierto los ojos

La muerte de George Floyd, esa horrorosa muerte televisada, esos ocho pavorosos minutos de injusticia. La muerte de un hombre, la humillación de toda una raza, el dolor por volver a ser objeto de la crueldad, del supremacismo. Volver a las plantaciones de algodón, a la angustia y al dolor de los robados a África, negociados en los puertos para llegar a los territorios americanos y allí asegurar la riqueza de los que, por ser blancos y haber llegado antes, se arrogaron el “derecho” a ser superiores.

Una bota sobre un cuello hizo mirar atrás y entender que muchas de las imponentes estatuas de las bellas plazas de las ricas ciudades de Estados Unidos y de Europa habían estado perpetuando la memoria de ricos prohombres que no eran más que negreros, comerciantes de personas.

Abrir los ojos hizo “caer en la cuenta”. La muerte de Floyd arrancó a los viles de sus pedestales y mostró, una vez más, que pervive la idea de que a las personas situadas en los niveles más bajos de la jerarquía social se les puede hacer casi cualquier daño sin que haya represalias.

“Si seguimos viendo este tipo de cosas es porque no nos hemos reconciliado con nuestra historia. Con la muerte de Floyd reconocimos que no se ha hecho responsable a nadie de 246 años de esclavitud y que nadie ha asumido la responsabilidad de la guerra civil, en la que se luchó por determinar si esas personas debían o no ser esclavas”, señala Wilkerson.

“Tenemos que afrontar la verdad, reconocer la historia y asumir que cualquier país del mundo que fuese parte del comercio de esclavos tiene que hacerse responsable”.

Quizás sea más fácil para las instituciones que para los países saldar cuentas: la National Gallery de Londres acaba de anunciar que hará una investigación sobre donantes, patronos, retratados, empresas y coleccionistas entre 1640 y 1920 para determinar el posible origen esclavista de sus fondos.

Las castas estadounidenses según Wilkerson

“Casta: sistema social en el que el estatus personal se adjudica de por vida (…). Las características que diferencian los distintos estratos son la raza, la religión, el origen, que por accidente adquiere al nacer y, por lo cual, no puede cambiar (…)”

(Giddens, A., Sociología. Madrid: Alianza Editorial, 2009).

Donde hay castas no hay meritocracia ni ascensor social. En el caso estadounidense, en el nivel superior, los descendientes de los fundadores de Estados Unidos, los venidos en el Mayflower, y en el nivel más bajo, los descendientes de la mano de obra esclava.

Entre medias, personas de otras procedencias. Las leyes de inmigración asignaban niveles o estatus dependiendo de los países de origen. Personas procedentes de España serían parte del grupo que se consideraba superior porque, sí, eran blancos pero de la parte baja del grupo. El movimiento eugenista de principios del siglo XX establecía un ranking muy enrevesado de clasificación de los inmigrantes.

Al escuchar a Wilkerson hablar de la estructura social estadounidense (históricamente reconocible por la polaridad blanco/negro) uno no puede dejar de pensar en otros modos de segregación. Tengo la impresión de que la razón por la que horroriza pensar en el sistema de castas indio es por la franqueza con que nombran al grupo inferior, los intocables.

En 2013 un estudio de la BBC concluía que en Reino Unido no existen solo “los de arriba y los de abajo” (ricos y pobres), ni una planta principal, una planta baja y un sótano (clase alta, media y baja). Hace 8 años un barómetro sociológico que medía riqueza, estatus social, educación y cultura determinó que de la mezcla de esos 4 elementos se obtenían siete grupos demográficos:

  • Élite (6 %)

  • Clase media establecida (25 %)

  • Clase media técnica (6 %)

  • Clase trabajadora acomodada (15 %)

  • Clase trabajadora tradicional (14 %)

  • Clase trabajadora emergente (19 %)

  • Precariado (15 %)

Las dificultades por las que atraviesa el precariado para su reconocimiento social fueron señaladas en 2011 por el ensayista británico Owen Williams en su libro Chavs: la demonización de la clase obrera (Capitán Swing):

“El odio a los chavs es una manera de justificar una sociedad desigual. Pero, ¿y si eres rico y triunfador porque te lo han puesto en bandeja? ¿Y si la gente es más pobre que tú porque lo tiene todo en su contra? Admitir esto generaría una crisis de autoconfianza entre la minoría acomodada. Y de aceptarlo, entonces habría que admitir que el deber del Gobierno es hacer algo al respecto, es decir, recortar tus privilegios. Pero si te convencen de que los menos afortunados huelen mal, son brutos, racistas y groseros por naturaleza, entonces es de justicia que sigan abajo”.

Racismo sin racistas

Las sociedades latinoamericanas han sido racistas desde la Colonia. Si en la España del siglo XV la limpieza de sangre aplicó en moros y judíos, en la América colonial tener antepasados africanos o indígenas negaba el acceso a determinadas ocupaciones y círculos sociales. Tras la independencia, la élite blanca y criolla veía a negros, indios y mestizos como un lastre para el progreso por ser “de raza inferior”.

Aunque en países como Brasil, Colombia o Venezuela puede parecer que la diferencia racial tiene menor peso que las diferencias de clase o de género, el antropólogo italiano Livio Sansone sostiene que en esas sociedades hay un ámbito «blando» (fiestas, deportes, religión) en el que la cuestión racial es irrelevante y un ámbito «duro» (trabajo, matrimonio, trato policial) en el que sí importa (y mucho).

El secular racismo queda patente en cuentas satíricas de redes sociales como Whitexican (México) o Coca tan Blanca (Venezuela).

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista TELOS de Fundación Telefónica.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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