Una investigación nueva ayuda a explicar la caída repentina de la población de una especie amenazada de ballenas

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Una ballena franca del Atlántico Norte y su cría cerca de la isla de Wassaw, Georgia, en 2001. (Departamento de Recursos Naturales de Georgia vía The New York Times)
Una ballena franca del Atlántico Norte y su cría cerca de la isla de Wassaw, Georgia, en 2001. (Departamento de Recursos Naturales de Georgia vía The New York Times)

El cambio climático es la fuerza silenciosa que está detrás de un descenso repentino en la población de ballenas francas del Atlántico Norte, según un nuevo estudio que refuerza un creciente conjunto de investigaciones sobre las razones por las que estos animales, en peligro crítico de extinción, han pasado de una recuperación lenta a un declive alarmante.

Un análisis de los datos sobre el plancton, las condiciones oceánicas y los avistamientos de ballenas, publicado el miércoles en la revista Oceanography, mostró que las ballenas abandonaron sus zonas habituales de alimentación en el Golfo de Maine en 2010, el mismo año en que el calentamiento del agua provocó que en la zona cayera en picada la población de los crustáceos con los que se alimentan.

Muchas de las ballenas optaron por seguir su alimento hacia el norte, al Golfo de San Lorenzo, pero las medidas de protección contra equipos de pesca y embarcaciones, que las habían protegido en su hábitat anterior, no existían en el nuevo. El enredo en las redes de pesca es la causa principal de muerte de las ballenas francas del Atlántico Norte, y en segundo lugar están los choques con embarcaciones.

“Se movieron tan rápido que nuestras políticas no les dieron alcance”, afirmó Erin Meyer-Gutbrod, ecóloga marina cuantitativa de la Universidad de Carolina del Sur y una de las autoras del estudio. “El medio ambiente ya no es tan predecible como antes, así que creo que todos tenemos que pensar más rápido”.

Para empeorar la situación, los investigadores descubrieron que la disminución de los crustáceos había provocado un descenso de los índices de reproducción.

“Estamos provocando que sus nacimientos se ralenticen y aumenten sus muertes”, dijo Meyer-Gutbrod. “No hay que ser un supermatemático para predecir lo que va a provocar ese cambio”.

Los científicos han contabilizado solo 356 especímenes restantes.

La investigación ayuda a explicar por qué los fallecimientos se dispararon en 2017, lo que llevó a las autoridades en mamíferos marinos a declarar un “evento de mortalidad inusual” que aún está en vigor. Las ballenas suelen enredarse en las redes utilizadas para la pesca del cangrejo y la langosta. Las cuerdas pueden ahogarlas, cercenarles partes del cuerpo o provocarles una muerte lenta por no poder alimentarse o nadar.

Las autoridades canadienses han respondido añadiendo medidas de protección en el Golfo de San Lorenzo, entre las que se encuentran restricciones de velocidad para las embarcaciones y cierres temporales de determinadas pesquerías cuando se detecta una ballena. El martes, el departamento de pesca de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por su sigla en inglés) anunció nuevas normas en aguas estadounidenses para la captura de langosta y cangrejo de Jonás cuyo objetivo es reducir la cantidad de redes que van desde las boyas de señalización hasta las trampas, además de hacer las redes más débiles a fin de que las ballenas que se atascan puedan liberarse.

Los ecologistas reaccionaron con decepción ante las normas esperadas, criticándolas por no estar a la altura de las necesidades de las ballenas.

La solución más eficaz, según los autores del estudio, consistiría en la transición a equipos de pesca sin cuerdas.

“Eso tendría un impacto gigantesco”, señaló Charles Greene, miembro de Ocean Visions, un grupo de investigación y defensa, y uno de los autores del estudio.

A los pescadores les preocupa que esos equipos sean menos eficaces y tengan un precio tan elevado que no puedan comprarlos. De acuerdo con los activistas e investigadores, la clave es hacer que los equipos sean atractivos para ellos.

“Tenemos que averiguar cómo podemos financiarlo de manera adecuada para que puedan hacer este cambio tecnológico”, comentó Greene, exprofesor del departamento de ciencias de la Tierra y la atmósfera de la Universidad de Cornell. “Eso es lo que hizo que la gente pusiera energía solar en los techos de sus casas”.

En las aguas estadounidenses hay varias restricciones de velocidad para proteger a las ballenas de las colisiones, pero los operadores suelen hacer caso omiso de las normas, según una investigación de Oceana, una organización sin fines de lucro.

Unas 10.000 ballenas francas nadaban en el Atlántico Norte antes de que se generalizara la caza de ballenas. Se les consideraba un buen objetivo de caza porque se movían con lentitud, no se alejaban de la costa y flotaban cuando estaban muertas, y además producían aceite y barbas en abundancia, según la Comisión Ballenera Internacional. En la década de 1890, la especie fue cazada casi hasta la extinción, pero el número de ballenas se recuperó poco a poco después de que se prohibió la caza comercial, incluso llegó a haber unos 500 ejemplares antes de que se produjera el declive actual.

Las investigaciones anteriores sugerían que la pérdida de plancton y el calentamiento del agua habían provocado el desplazamiento de las ballenas, pero este estudio presenta la teoría más sólida hasta ahora de que el cambio climático provocado por el ser humano causó esa reducción en su alimento, lo que llevó a las ballenas a nuevas áreas y provocó una disminución de los índices de reproducción.

“Aunque es preocupante por el peligro final al que se enfrentaban las ballenas, no es ninguna sorpresa que parezcan trasladarse hacia el norte en respuesta a estos cambios”, señaló Jaime Palter, profesora de oceanografía de la Universidad de Rhode Island quien no participó en el estudio.

Los callos distintivos en la cabeza de las ballenas les han permitido a los investigadores documentar cada uno de los ejemplares.

Aunque su esperanza de vida natural es de unos 70 años, cuando se encuentran ballenas muertas son irremediablemente más jóvenes. La última víctima fue un macho de 11 años conocido como Cottontail (Cola de algodón), cuyo cadáver encontraron frente a la costa de Carolina del Sur en febrero. Los investigadores le seguían la pista desde octubre, cuando lo vieron con la cabeza y la boca enredados en un sedal que arrastraba por una longitud de unos tres o cuatro cuerpos.

Los científicos afirman que hay esperanza para las ballenas. Este año nacieron diecinueve crías, más que ningún otro año desde 2013. Meyer-Gutbrod dijo que creía que, de alguna manera, sus madres encontraron más comida.

© 2021 The New York Times Company

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