En un internado de Ucrania, los niños desplazados añoran su hogar

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Los niños regresan al internado Mriya, o "sueño", después de una misa dominical en Leópolis, Ucrania, el 16 de junio de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)
Los niños regresan al internado Mriya, o "sueño", después de una misa dominical en Leópolis, Ucrania, el 16 de junio de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)

LEÓPOLIS, Ucrania — En el comedor abovedado de un antiguo internado de Leópolis, Kamila Horbachova y otras adolescentes ponen la mesa, mientras los niños más pequeños se apresuran a sentarse y luego cenan lo que les reparte el personal de la cafetería.

Estos niños desplazados del este de Ucrania (cuyos padres, en su mayoría, no pudieron abandonar trabajos esenciales como los de los hospitales o el Ejército) soportaron una huida llena de dificultades, escapando apenas de un bombardeo ruso y huyendo de sus ciudades natales para refugiarse al otro lado del país.

“Estaba muy preocupada porque nos estábamos marchando solos, sin nuestros padres”, afirmó Kamila, de 14 años, y añadió que cuando subió sola al tren “fue horrible para” ella.

Ahora, los niños navegan por una nueva y extraña realidad: van a la escuela y tienen noches de cine, recuperando un poco de una infancia normal, incluso mientras llaman con desesperación a sus padres todos los días para asegurarse de que siguen vivos.

“Fue un milagro que nos salváramos”, comentó Anna Palova, una joven de 14 años de voz suave, pelo rosa y uñas con manicura. “Solo quiero que esta guerra se acabe y que pueda volver a casa con mis padres”.

Estos 20 niños viven con seis profesores en la escuela Mriya o “sueño”, un antiguo convento que primero se convirtió en internado y luego en refugio. Es uno de los muchos ejemplos de cómo esta guerra ha desarraigado la vida de los niños.

La mayoría de los niños ucranianos, hasta dos terceras partes según cálculos de las Naciones Unidas, han tenido que abandonar sus hogares en algún momento desde la invasión rusa. Muchos se fueron con sus madres, pero algunos, como estos niños, no pudieron. Están encontrando una nueva comunidad juntos después de ser puestos al cuidado de sus profesores y enviados a unos 1200 kilómetros al oeste, a Leópolis.

Los niños ven una película en el internado Mriya, o "sueño", en Leópolis, Ucrania, el 16 de junio de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)
Los niños ven una película en el internado Mriya, o "sueño", en Leópolis, Ucrania, el 16 de junio de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)

Estos niños ya conocían los peligros de la guerra. Su ciudad natal, Toretsk, está a solo 8 kilómetros de la línea del frente entre la parte de la región de Donetsk en manos de los separatistas y la zona controlada por las tropas ucranianas. La ciudad fue tomada por los separatistas apoyados por Rusia en 2014 antes de que las fuerzas ucranianas la recuperaran ese mismo año.

El simple hecho de caminar a la escuela era peligroso. Un informe de UNICEF de 2017 reveló que la mayoría de las víctimas infantiles en la región se debían a minas y otros explosivos que dejaban los combatientes.

No obstante, en los últimos meses, la ciudad fue bombardeada constantemente por el Ejército ruso y las condiciones de vida se deterioraron.

El departamento de educación organizó autobuses para desalojar a los estudiantes de la ciudad. Algunos, como este grupo, acabaron en Leópolis, adonde han llegado más de 75.000 niños de otros lugares de Ucrania desde el inicio de la guerra, según el gobierno regional.

Kamila, de 14 años, estaba en primer grado cuando comenzó el conflicto en el este y dijo que se había acostumbrado a los sonidos de los disparos y los bombardeos ocasionales, pero, cuando los enfrentamientos esporádicos se convirtieron en un ataque constante, la situación, de por sí inestable, empeoró. Se quedaron sin electricidad y, luego, sin agua. Los padres de Kamila, que no podían marcharse debido a que tienen trabajos esenciales en la minería, la sacaron de la ciudad de la única manera que pudieron. Esperaban salvarle la vida.

Cuando miró su teléfono a mitad del viaje, vio la noticia de que la misma estación de tren en la que había estado el día anterior había sido bombardeada. Las fuerzas rusas bombardearon la estación de Kramatorsk el 8 de abril y murieron más de 50 personas que intentaban abordar para dirigirse al oeste. La salida de los niños estaba prevista para esa fecha, pero un giro del destino de última hora hizo que su viaje se adelantara un día.

“Sucedió que salimos antes”, señaló Kamila, con el rostro desencajado mientras decía que todos los días le daba gracias a Dios por haber escapado con vida.

“Fue aterrador”, dijo Oleh Cherkashchenko, de 28 años, uno de los profesores que cuidan de los niños. “Los niños lo entendían: llevan ocho años viviendo en estado de guerra. Ya saben lo que es la pérdida y la muerte”.

Traer a los alumnos a Leópolis también les ha permitido a los profesores escapar de la guerra y continuar con su trabajo. Los que tienen hijos pudieron traerlos con ellos, garantizando también su seguridad.

Nazarii Petriv, quien trabaja para el gobierno de la ciudad de Leópolis en el departamento de política humanitaria y coordina la programación de la escuela, se trasladó al edificio en febrero.

Petriv comentó que los profesores y el personal estaban haciendo todo lo posible para proporcionar apoyo y atención a los niños con necesidades complejas: tienen edades que van desde los niños pequeños hasta los adolescentes, están lejos de casa y han sido testigos de lo peor de la guerra.

“Han sufrido muchísimo en su vida”, dijo.

No siempre ha sido fácil encontrar apoyo. Los niños necesitan alimento, suministros y ropa, pero sus necesidades no solo son físicas. Con el apoyo de UNICEF, la escuela ha podido traer a dos psicólogos locales para que ayuden a los niños a empezar a enfrentarse a las consecuencias mentales y emocionales de la guerra. Joe English, un especialista en comunicaciones de UNICEF que estuvo en Ucrania a principios de este año, dijo que los niños no acompañados “están entre los más vulnerables de la población vulnerable”.

“El impacto psicosocial que la guerra está teniendo en los niños es asombroso y a menudo son los padres y cuidadores los primeros respondientes en términos de identificar y actuar ante el sufrimiento de los niños”, narró. Los niños no acompañados “no tienen ese consuelo básico del cuidado de los padres”, añadió.

Ivan Shefer, un niño de 12 años con el pelo rubio resplandeciente, describió las dificultades que tuvo al venir solo. Solo conocía a una niña mayor en el autobús que era de su escuela. Como la mayoría de los niños, tiene un teléfono y habla con sus familiares en casa casi todos los días, una conexión que reduce los kilómetros que los separan.

“Al principio era un poco tímido, pero ya todo está bien”, afirmó con una sonrisa en el rostro mientras describe cómo ha mejorado en el fútbol y se ha hecho amigo de los otros niños.

No obstante, extraña a su madre y a otros miembros de su familia que se quedaron en el este de Ucrania.

“Solo estoy esperando el momento de volver a casa”, concluyó.

© 2022 The New York Times Company

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